Convento de San José de Gracia de Señoras Pobres Capuchinas. Querétaro, a 25 días del mes de marzo del año del Señor de 1863.
El frío cañón de un fusil oprimía con pertinaz rudeza la nuca del mismísimo capitán Sóstenes Antípides. Hallábase el infeliz en las entrañas de aquel recinto capuchino, donde solo el pavoroso murmullo de la antigua acequia rompía el silencio, asemejando con sus aguas las lúgubres lamentaciones de una tumba. Afligíase el arrogante liberal, rabioso de que la distracción de aquel torrente le hubiera tendido tan villana trampa.
—Ni un solo respiro, mi ilustre capitán… A menos que desee que un tiro le acomode el lustroso peinado —resonó una voz entre la sombra.
Sintió Antípides helársele la sangre y rodar por sus patillas un sudor de muerte. Mas, pretendiendo pasarse de listo, comenzó a deslizar con disimulo la diestra hacia el pomo de su sable.
—¡Cuidado con esa mano, Antípides! Suelte el acero, o le juro por la memoria de nuestra santa madre María que le dejo la frente con un agujero digno de figurar en la gaceta: ¡El gran capitán cayó por la descarga de un rifle! — Soltó el infelice la empuñadura con harto enojo.
Obligáronlo a dar la vuelta con paciencia y, a la tenue luz de un distante farol, quedó al descubierto la figura de su captor: ¡válgame el Cielo, lector amado!, que no era sino la mismísima Madre Abadesa Sor María de Jesús Escalante, empuñando un robusto y lustroso fusil Springfield con la frialdad de un cazador de monte. Su valentía apreciaba su hábito ¡Impecable!
Tragando saliva y con las pupilas encendidas en ira, balbuceó el capitán: —¡Usted…! Pero ¿qué demo…? — No bien hubo articulado palabra, cuando la Reverenda le propinó un severo culatazo en el rostro, agregando con grande firmeza: —¡No blasfeme! Guarde sus plegarias para cuando comparezca ante el supremo creador.
Y con solo un guiño de sus ojos, ordenó al caporal que atendía los menesteres del convento que despojara de sus pertrechos al oficial.
—Olvida usted, mi carísimo capitán —prosiguió la religiosa con fino sarcasmo—, que mientras sus soldaditos aprendían a marchar en el patio del cuartel, estas servidoras de Dios ya conocíamos cada ladrillo, cada cimiento y cada caño de esta noble ciudad. Creyó usted que por embestir a las ciudades conventuales tenía la partida ganada… Mas aprenda que, en los cimientos de Querétaro, las órdenes no las dicta el enano de Juárez. En estas tierras nadie viene a imponer su ley; somos nosotros quienes elegimos a quiénes tolerar en la administración de nuestra riqueza. Si le asisten dudas, pregunte a su superior, el general José María Arteaga, que no pocas veces estuvo aquí y, por providencia divina, en las mismísimas condiciones que usted. Solo que aquél, por fortuna, tuvo la prudencia de entenderlo a la primera—
Pretendiendo recobrar la altivez perdida, intentó el capitán entablar alegato: —Comete usted una gravísima impertinencia, hermana. Ahí afuera me aguardan tres batallones de la patria. Si no me ven salir en diez minutos, le empeño mi palabra de que no dejarán piedra sobre piedra de este y los demás claustros.
—Sus tropas andan despavoridas, dando tiros al aire y huyendo de los fantasmas y del fango —replicó la abadesa sin inmutarse—. Aquí abajo nadie ha de oír sus gritos. Y de este pasadizo no saldrá usted a dictar órdenes… a menos que sea con las manos bien atadas a la espalda.
Y dirigiéndose a la oscuridad, añadió—: Échele el lazo, Nabor. Que el señor capitán ha de conocer al fin el sitio donde se guarda el verdadero tesoro.
Calculando la distancia entre el cañón y su pecho, cobró audacia, aun aturdido por el golpe: —¡Si me matan, los liberales reducirán a cenizas las hermandades de mujeres, las injuriarán, las torturarán quemándoles los pies y las arrojarán a las calles a pedir limosna…!
—¡Nada que no hayan hecho ya los cerdos de sus hombres! ¡Malditos sean! —interrumpió la religiosa, descargando un segundo culatazo que esta vez le abrió la frente, haciendo correr un hilo de grana por su entrecejo.
—Nadie habla de quitarle la vida, Sóstenes… al menos por ahora. Pero la comedia ha mudado de bando: ya no es usted el verdugo de estas pobres monjas, sino nuestro rehén de honor. ¡Escúlquenlo de prisa! Que no tenga dagas escondidas.
Sépase, benigno lector, que apenas los de la tropa echaron de ver que su arrojo resultaba inútil y que su capitán tardaba en salir, cundió entre los soldados un espantoso desorden. Dándolo ya por difunto en los encrucijadas paredes de aquel sagrado recinto; el cabo ordenó a toda prisa la retirada con el destemplado toque de su trompeta.
Entretanto, una viva y nutridísima descarga de fusilería, disparada con denuedo desde las celosías y balcones, aceleró la vergonzosa huida de aquellos infelices hacia su cuartel, situado en la calle de la gran Palma, quedando no pocos de ellos tendidos en el suelo, pagando con la vida su atrevimiento.
Entretanto, condujeron al cuitado prisionero por debajo de los tramos de la escalera, para hacerlo descender a una dilatada bóveda de cañón que sirve de firme cimiento a tan vasto convento de las religiosas Capuchinas.
Hallándose allí, no pudo Antípides menos que pasmarse al contemplar la grandiosidad de aquella obra. Gruesísimos pilares de cantera gris sostenían un ingenioso sistema hidráulico, pertrechado con diversas compuertas que distribuían abundantes caudales de agua por las entrañas de la ciudad; todo ello oculto a la pública vista, cual si el vulgo ignorara del todo la existencia de tan beneficio artificio.
Llegaron, al cabo, a una estancia rodeada por cuatro gruesos muros sin claraboya alguna, donde una falsa puerta servía de sostén a un soberbio arco, trazado con tanta destreza que bien semejaba la gran arcada rosa que sostiene el acueducto principal. Fue solo entonces cuando el capitán llegó a comprender la magnitud de tan titánica e ingeniosa obra de estiaje, quedando con la boca abierta ante lo que sus ojos contemplaban.

-Sabe, mi ilustre capitán —habló entonces un gallardo y acicalado mozo, que no era otro sino Felipe Olguín hijo—, que no ha sido tarea expedita echarle el lazo a un ratón de su tamaño; hartas veces le pusimos el queso a la vista, más se mostraba y no cedía a la tentación.
Sostenía el joven entre los dedos un delicado y lustroso cigarro de fina confección, de nobles matices, el cual, al recibir la chispa, perfumó aquel tenebroso recinto con agradables efluvios de cedro y tintes ocres, mientras apura con deleite cada calada.
—¡Pero cuñado! —exclamó Antípides con voz lastimera—, ¡qué ventura volver a veros! Vamos, dile a la Reverenda Madre que mande desatarme, que estas malditas riatas me están desollando las muñecas.
—Mire mi capitán “cuñado” —replicó Olguín, dibujando con socarrona mueca de reverencia—: esto no es una de sus acostumbradas francachelas, en las que bien sé que ha tenido la audacia de apostar a los dados la lozanía de mi hermana Consuelo. ¡Sabe el Altísimo la de ganancias que habrá sacado!, pero ni me imagino el estrago si la suerte le hubiese sido contraria. —Apuró otra bocanada a su elegante cigarro y, señalando a la redonda, prosiguió:
—Esto que contempla, capitán, ni los más viejos del lugar saben a ciencia cierta quién lo construyó: unos dicen que el propio Marqués de la Villa del Villar, que, al no querer contacto con los indios, los obligaba a moverse en la ciudad española por estos pasadizos para que no se rozaran con los peninsulares; otros más dicen que fueron los franciscanos para conectar los barrios de la ciudad. Es un ingenioso artificio que provee de agua a toda la población por pasadizos tan profundos, con calles, que bien nutren las pesadillas de la gentuza cuando escucha ruidos subterráneos por las noches.
Alzó Antípides la mirada, retorciéndose de dolor mientras la sangre le manaba sin cesar del golpe recibido.
—Hemos tenido aquí —añadió el joven dulcero— a no pocos majaderos que, igual que usted, pretenden adueñarse de estas nobles tierras. Vienen hinchados de vanidad, con sus ínfulas de sabios, pretendiendo enmendar lo que otros levantaron con sudor. ¡Válgame Dios, que para el caso es la misma milonga tratándose de liberales o de conservadores! ¡Son todos de la misma ralea! Apenas escalan al solio del poder, se les extravían las buenas intenciones… o al menos tal ha sido la historia.
Dicho esto, compadecido al fin, desató las amarras del prisionero y le alargó un lienzo para que restañara su herida, concluyendo con notable firmeza:
—Mas no he conocido a un solo mortal que no se pregunte pasmado: ¿por qué en estas tierras todo florece con dicha? ¿A qué celestial patrono se encomiendan estas benditas almas para que sus tierras gocen de tan envidiable bonanza?… Aguce la mirada, capitán; ahí, debajo de la piedra maestra, descubrirá quién es el verdadero protector de estas tierras — mientras señalaba con su dedo un símbolo en la cantera.
Continuará…
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