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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
12 junio, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
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8de octubre de 1862, Querétaro.

La ciudad de violáceos atardeceres siente dentro que un ejército invasor derrotado, pero que no se va; los heridos llegan por toda la región, amputados e incluso con hilos de cordura perdidos; hacen que el lugar comience a tener un cierto dejo, no se sabe nada del invasor, y lo poco que se llega a conocer, es por la lentitud de la llegada de algún periódico, un folletín que aporte algo. No se sabe nada de los invasores.

Es justo el momento después de la caída de las armas francesas derrotadas a los pies de los grandes volcanes. El General Ignacio Zaragoza Seguin, que con pecho de estoperoles doblegó a las soberbias águilas francesas en los llanos de Puebla el pasado mayo, no se venció por los cañones enemigos ¡Fue por las picaduras de los piojos!

Vaya vergüenza para los anales militares de la patria. El general que con sus hombres reescribió las hojas en los libros de estrategias de batalla para lograr vencer al enemigo heredero de las glorias napoleónicas ¡Sufrió como un can pulgoso! Esta plaga que se cebó primero en los victoriosos soldados, después, siendo alimento de la inmundicia que supuraban las heridas de los sobrevivientes.

Fue así como el tifo, contagió al prócer general. Apenas en el cercano mes de septiembre, ¡murió de la forma más dramática! Entre convulsiones espantosas y fiebres hemáticas que devoraban sus entrañas, su cuerpo no resistió y rodeado de todos sus generales, ante la expectativa de llorar a un mártir de guerra…expiró.

Aquel que nos salvó de una invasión extranjera, vino a rendir el alma por una miserable infección de cuartel ¡El cielo tiene un lugar especial para estos héroes!

Con ese sentimiento igual al que se sintió en todas las casas de los buenos queretanos tan fatal noticia llegó; claro, aquellos poquísimos que sabían leer y escribir. Que en este bendito país la instrucción es para los pocos Educatio divitum, fueron los que de primera mano se enteraron. Pareciera que estas tierras, todo lo bueno que se destinó para la gente, es ahora banquete para los apreciados adinerados.

Las noticias llegaban por medio del periódico Monitor Republicano, a quien el vulgo, amigo de cortar los nombres, llamaba simplemente El Monitor.

Cada mañana, desde la mismísima Ciudad de México, el postal militar del Ejército del Centro —milicia que comanda el general José María Arteaga, quien ahora gasta sus días reclutando infelices soldados de leva para el Ejército de Oriente— arriba a Querétaro. Llega el infatigable correo con una canasta que apenas custodia una veintena de periódicos, los cuales vuelan al expendio de cesta para el deleite de los privilegiados que logran hacerse de un ejemplar.

Para los destinos del camino de Tierra Adentro, como Querétaro, lograr hacerse de los ejemplares era un costo mensual, la friolera cantidad de ocho reales —gasto justificado por el cobro de la postal militar—, mientras que, para los dichosos habitantes de la capital del país, costaba apenas cuatro reales.

¡Ocho reales, que son el equivalente exacto a un peso de plata!

Así andan las cosas en esta patria atribulada: Todo ha subido Y aunque un ejemplar suelto costaba solo medio real —dinero que bien alcanzaba para comprar un litro de leche fresca—, la chusma se queda en ayuno de letras; dar comida a las personas en vez de instrucción de letras pareciera ser la máxima de la que los liberales gozaban al hacerlo.

Los suscriptores en la gran ciudad reciben el periódico en las puertas de su propio hogar. Los astutos dueños de las imprentas, allá en los barrios donde gobiernan tinteros y cajistas, venden el ciento de periódicos por el costo de tres pesos de plata a los papeleros.

Estos últimos son quienes corren calle en la capital, tocando a las puertas; al abrirles, quienes esperan las buenas nuevas les entregan de inmediato su medio real. Fuera en la calle de Profesa, San Francisco, Plateros o la Gualda.

La diferencia entre el ciento y la entrega, formaba la ganancia de aquellos infelices que, a puros cantos y con las gargantas roncas, gritaban las noticias más importantes del día.

Eso sí, primero debían preguntar al impresor cuál era la nota de relevancia, pues resulta que la mayor de las ironías: ninguno de los que gritaban las buenas nuevas con su voz sabía leer una sola letra. La gente los bautizó con el nombre de «voceadores», era su tono tan educado que la Escala de Milán los recibiría con entusiasmo.

Por la guerra, la leva, los disturbios de pequeñas escaramuzas francesas, casi siempre las hojas del Monitor Republicano tardaban un mes de retraso en aparecer por estas tierras queretanas, haciendo que las noticias «frescas» causaran un asombro de fábula.

Pero cuando el postal militar andaba sin retrasos, traía pronto la veintena de ejemplares, una semana.

Un ejemplar de este Monitor fue a parar a la respetable casa del dulcero Felipe Olguín. En aquella próspera propiedad, el obrador de dulces no descansaba, y las carretas, tiradas a lomo de mula, aún salían cargadas para surtir los opulentos convites de los comerciantes más prolíficos y los próceres más influyentes de la región.

En un cómodo asiento se dispone a enterarse de los males que aquejan a nuestro ejército que venció a los invasores europeos. Mientras le van pasando los pedidos para la región y surtir a los pedidos de la ciudad, que, aunque está atorada en su devenir comercial, continúan las entregas.

¿Y qué decir de las reverendas religiosas queretanas? Aquellas que todavía se hallan bajo el resguardo y clausura de sus ciudades conventuales, ajenas a las tormentas de la guerra de Invasión. Ellas continúan con sus lujos, sus delicados ejercicios de coro y sus aparentes penitencias.

Como se estila en esta sociedad de espejos, ¡todo sea por el eterno descanso de las almas de todos los queretanos! O al menos esa era la piadosa intención…

Cada solicitud de rezo que se le hacía a las monacatas para impetrar los favores del cielo, se cotizaba rigurosamente a ¡dos reales por petición! Una tarifa excelsamente cobrada y recaudada por la mismísima madre superiora de las Clarisas, en este mundo, hasta las llaves del cielo tienen su precio en plata; precio que se paga gustoso en estos rumbos de Dios, donde el pecado prolifera a la par de las calamidades.

Qué decir de las preocupaciones de cada día. Ah, pero no crea carísimo lector que el industrioso impresor de El Monitor agotaba su tinta únicamente en las fatigas de la crítica a los conservadores — que seguro traman algo, diría el vate, andan muy callados—.

Si al leer se dirigía la mirada a la parte inferior de aquellas páginas primeras, topaba con una sección fija, pulcramente separada por una línea horizontal, a la que el lenguaje de la imprenta denominaba El Folletín.

Allí, imitando con no poca cursilería las modas de la vieja Europa, los editores se recetaban novelas históricas, cuentos y relatos románticos por entregas, capítulo por capítulo; de suerte que las damiselas y los caballeros de alcurnia recortaban diariamente aquel pedazo de papel para que, al cabo de los meses y terminada la obra, mandaran empastar los folletines y lucirlos como respetables libros en sus bibliotecas personales, dándose aires de gran sabiduría.

¡Dios quiera que eso continúe!

En este paradójico año de 1862, al lado de las novelas traducidas de autores ingleses y franceses —¡vaya ironía de la patria, leer a los mismos que hoy nos invaden con bayonetas! —, se abría un tímido espacio a la incipiente literatura de nuestra tierra y a las crónicas de costumbres mexicanas, donde nos mirábamos al espejo de nuestras propias ridiculeces o al menos de las de la gran ciudad.

Ya en las páginas postreras, el negocio mundano cobraba vida, pues la última hoja se entregaba por entero al comercio y al bullicioso acontecer de los copetudos y encajes de la capital, atestada de anuncios de medicinas milagrosas que prometían jarabes para la tos, ungüentos contra las fiebres y tónicos divinos para purificar la sangre de los hipocondríacos.

Al lado de estos embustes se ofrecían telas importadas, sombreros de alta copa, junto con los indispensables horarios de las diligencias que salían rumbo a Querétaro, Toluca o Puebla, mezclados con avisos clasificados tan extrañamente diferentes que lo mismo lamentaban la pérdida de un caballo o un perro, que solicitaban los servicios de nodrizas y mozos de buen natural.

Y para sazonar tanta miseria, no faltaba lo frívolo de la gran ciudad de México, donde entre reseñas de la moda de París, se deslizaban textos satíricos y versos punzantes que se burlaban con sutil disimulo de los vicios de nuestra alta sociedad conservadora, o arremetían con abierta mofa contra el orgulloso ejército francés, que antes de probar el plomo en el combate, ya sufría el castigo de la agudeza del ingenio mexicano.

Las hijas de nuestro industrioso dulcero, el buen Felipe Olguín, suspendían el aliento y suspiraban sus quimeras con rubor, soñándose transportadas a la gran capital, vestidas a la usanza parisina y viviendo las delicias de lo moderno, lo actual y ¡lo europeo!

Pues sepa el discreto lector que muchos comerciantes de nuestra hidalga ciudad de Querétaro, haciendo de la necesidad virtud y del oportunismo negocio, ya ve que estos lares ni se estila, aprovechaban este ciego furor por las modas extranjeras.

Poco les importaba que estuviéramos en mitad de una sangrienta guerra de invasión y que, a Dios gracias, ¡les hubiéramos ganado a los soberbios franceses en Puebla el pasado mayo, aunque los muy testarudos no se hayan ido del territorio! No, señor; el mercachifle no tiene más patria que su bolsillo, y por ello se esmeraban en pregonar que lo traído de la gran ciudad y del viejo continente poseía más gracia y valor que lo legítimamente producido en el suelo patrio, alentando la vanidad de los tontos y el vacío de las cabezas de nuestras jóvenes.

—¡Andad, niñas, a poner los cazos en tono con el azúcar y el agua, que ya pronto se llenarán de dulces membrillos! —arreaba con voz de trueno y maternal imperio la señora madre a sus hijas, interrumpiendo de golpe aquellas fantasías de opereta y novelas románticas—.

Recuerden bien las proporciones para el ate de membrillo, mis hijas: el fruto bien escogido, el azúcar en su punto, el agua justa, moler con paciencia, colar y cuidar con infinito cariño el fondo de los cazos para que no se nos queme la labor —les insistía una y otra vez, con aquel celo propio de las matronas que saben que la vida se gana con el sudor de la frente, dejando a un lado los suspiros de papel —como ella alguna vez los tuvo—.

Y es que, para honra y provecho de su linaje, la familia Olguín se había consagrado a este noble y azucarado menester por luengas décadas, transmitiendo el secreto del almíbar y la mermelada de padres a hijos, cada generación perfeccionó el proceso, ahora depurado y ambicioso por el número de pedidos que continúan.

Pero como el destino suele jugar sus caprichos en las palas de madera, quiso la providencia que en diecisiete ocasiones no se pudiera lograr más que un solo varón en la descendencia; de suerte que las mujeres de la casa, lejos de ser damiselas, proveían con generosidad las manos, el vigor y la astucia necesarios para mantener en pie el negocio más prolífero y de mayor nombradía en toda la región: ¡los dulces cristalizados y las exquisitas conservas!

Así, entre el aroma frutal, las bellas queretanas ocultaban sus deseos de teatros y modas francesas, batiendo con fuerza el cobre de los cazos para endulzar la boca de los mismos próceres que, muy pronto, habrían de decidir el rumbo de la atribulada República.

Mientras las laboriosas doncellas ejecutaban sus quehaceres del obrador de dulces, la chismorrería y el comadreo —esos vicios tan propios de estas tierras — no dejaban de dejarse sentir entre el humo y el aroma de los almíbares.

—Heladio, el hijo del tendero, ha tenido a bien dirigirme la palabra, y me da el corazón que lo hace con santas intenciones de amor — soltó la mayor con fingido desaire, provocando que las hermanas pequeñas pararan la oreja con presteza de liebres —¿Qué te dijo? ¡Anda, desbucha y cuéntanos! — exclamaron a coro, mientras las pícaras no dejaban de mover la pesada pala, girando los brazos en incontables y fatigosas maniobras.

—Pues ayer, cuando fuimos a recibir la carga de membrillos que traían las mulas, aprovechando la soberana distracción de nuestro hermano mayor, el único varón de la casa, pude acercarme un poco más al mocito, y él, que no es lerdo, lo comprendió al vuelo — ¡Ya te decía yo que el muchacho no era tan burro como aparenta! — irrumpió otra de las hermanas, soltando una risotada.

—El caso es que se aproximó con timidez —continuó la enamorada— y me dijo al oído que yo era muy bonita… —¡Válgame Dios! ¡Eso se los dicen a todas, infatuada! —la atajó la más juiciosa, mientras tropieza con una cubeta— Anda, no vayas a dar crédito a semejante lumbre, que las palabras de los hombres son vanas —Pues yo sentí muy bonito en el pecho cuando me lo dijo — replicó la primera, frunciendo el ceño con orgullo— Estoy bien segura de que las infames niñas de la familia Iturbe en esta ocasión ¡no me van a quitar al susodicho! —.

—¡Eso, hermanita! Así es como se debe defender lo propio ante las rivales — aplaudió la benjamina de la familia, una criatura que apenas rozaba los ocho años y que ya mostraba tener más colmillo que un viejo abogado queretano.

—¡Ya les dije que no se distraigan con amoríos de periódico, niñas de mis necedades! — tronó de nuevo la voz de la matrona, cortando de tajo aquel concilio de vanidades—.

—Sigan moviendo el dulce hasta que se vea el fondo del cazo, que la pala rompa el hervor en dos; es en ese preciso instante cuando debemos de inmediato voltear el dulce a los moldes si no queremos que se nos eche a perder la jornada… ¡Eh, tú, Casilda! Deja de estar en la lela y trae ya los moldes bien aceitados para que no se pegue el ate; y de inmediato, diles a todos en el obrador que es la hora del volteo… ¡Anda, muchacha, corre y no me camines a paso de tortuga! — .

Puerto tomado por los franceses, mismo día.

En la lejana Veracruz, tras la tregua malograda, los barcos de guerra desembarcan en el suelo patrio, un mariscal ha llegado con más hombres para conquistar de nuevo estas tierras.

Es un hombre ralo, de porte marcial, bigote espeso, chueco y mirada cerrada, más propenso al arrojo. Con paciencia de hierro, con treinta mil soldados y caballería francesas dispuestas a roer nuestra patria; un fino estratega, tiene ideas nuevas de como apretujar el cuello del enemigo, sátiro, se alimenta del temor del enemigo.

El Mariscal Élie-Frédéric Forey, quien al poner su primer pie en estas tierras solo exclamó:

—¡Tierra de inmundos! — y eso, El Monitor, tardó un mes en avisar, por las interrupciones de la invasión.

Continuará…

Etiquetas: HISTORIALA APUESTA DE ECALA

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