Capítulo IV
8 de junio de 1862, Querétaro.
¡Qué espectáculo ofrecían los arrebolados jardines del convento de las Hermanas Pobres de Santa Clara! Allí, tras los muros de la más severa clausura, vegetaban aquellas infelices que el mundo llama «esposas de Cristo», pero que la realidad de nuestra sociedad —tan dada a las etiquetas y a los linajes— cataloga simplemente como las hijas que no hallaron marido.
¡Pobres mozas! Condenadas al olvido por la fortuna de una hermana menor que, más dichosa o más pícara, atrapó primero el altar matrimonial, dejando a las primogénitas cargadas de dotes y apellidos, pero vacías de libertad en aquel México.
Mientras estas nobles señoritas ignoraban los vicios y las penas del siglo, nuestra ciudad se poblaba de una estampa bien distinta. Los valientes que en las escarpadas cumbres de Acultzingo y en los fuertes de Loreto y Guadalupe vendieron cara su sangre, regresaban ahora convertidos en sombras. ¡Qué dolor causa ver a un héroe trocado en mendigo! Aquellos que no expiraron en el campo de guerra, fueron a dar a los hospitales, donde la escasez de manos y la penuria de recursos mermaban la vida de los jóvenes.
Y a falta de Gobernador, más ocupado en las lides de la Guardia Nacional y en nutrir de hombres de leva al Ejército de Oriente, quedó el mando en manos de los síndicos del Ayuntamiento. ¡Vaya usted a saber qué justicia emana de burócratas cuando falta la cabeza!
Ocurrió pues, querido lector, un escándalo que lastimó a la ciudad. A los restos de los hijos de la patria se les negó el último auxilio de la religión. ¡Ni una misa, ni un réquiem! El municipio, en un alarde de modernidad liberal, decidió que era mejor «estrenar» el panteón civil con estos mártires.
Allí los tienen ustedes: mármoles finos, ángeles de piedra, musas griegas y capiteles neoclásicos que hacían saltar las lágrimas de las madres pobres, quienes jamás soñaron tanta pompa para el descanso de sus vástagos.
Las familias de rancio abolengo, unidas en el dolor a la plebe, suplicaron al Ayuntamiento que se abrieran, aunque fuera por un instante, las puertas de los franciscanos. Pidieron una eucaristía colectiva, un rito que lavara las heridas de la guerra. Pero la respuesta de los señores regidores, envuelta en el papel frío de la burocracia, fue siempre la misma:
—»La ley es el cumplimiento de la moral liberal»—
Querían sanar la nación con leyes, pero dejaban el corazón del pueblo en carne viva. Y como el hombre es animal de fe por naturaleza, al no hallar oratorio abierto ni cesta de confesión —pues ya saben ustedes que en esos tiempos la falta de letras obligaba a los pocos que sabían escribir a registrar los pecados ajenos en gruesos tomos—, el pueblo buscó el alivio en la sombra de las Clarisas.
Aquellas paredes, antes mudas y distantes, se convirtieron en el puerto de los afligidos. Porque, déjenme decirles, por más que la ley dicte y el síndico firme, nunca se le pudo negar la entrada discreta al oratorio a quien buscaba, en el regazo de la oración, el consuelo que el Estado, en su ciego rigor, le negaba.
¡Ay, amigo lector! Si quiere conocer la astucia en su estado más puro, no busques en los tratados de estrategia de los generales, sino en el corazón de una madre mexicana que desea rezar por el hijo que le arrebató la metralla.
Verás tú cómo se las arreglaron estas infelices para burlar a los pésimos alguaciles de aquellos años, compuesta por unos barrigones pueblerinos que tenían más de glotones y holgazanes que de celosos guardianes del orden. Estos señores, puestos ahí por el Ayuntamiento para vigilar que nadie quebrantara las leyes de reforma ni buscara consuelos «fanáticos», se apostaban a las puertas de la ciudad y cerca del torno de las Clarisas con el fin de contar a las mujeres que pasaban, creyéndose muy listos con sus libretas de apuntes.
Pero, ¡ah, malhadados vigilantes!, que no contaban con que la pena es madre es creativa por naturaleza.
Las mujeres, viendo que el número de las que entraban debía coincidir con las que salían so pena de ser arrestadas por «conspiradoras sediciosas», idearon un plan que ya quisiera para sí el mismísimo Ulises. Valiéndose de las hojas secas de las mazorcas —nuestro humilde y soberano totomoxtle—, fabricaron unas muñecas de buen tamaño, armadas con tal destreza que, de lejos, cualquiera las confundiría con una criatura de carne y hueso.
Vestían a estos simulacros con sus propios rebozos de bolita, faldas de percal y hasta les calzaban unos huaraches viejos para que el bulto tuviera peso y presencia.
Al caer la tarde, las madres se acercaban en grupos, cargando a las muñecas como si fueran parientas enfermas o ancianas tullidas que apenas podían sostenerse. Los alguaciles, más atentos a ver si les caía una moneda o a limpiar sus mosquetes oxidados, contaban los bultos:
«Una, dos, cinco, diez señoras… pasen ustedes».
Alzaban el quepí en señal de respeto y seguramente una mirada libidinosa sobre las que caminan. Una vez bajo el cobijo de los muros del convento, las madres dejaban a las muñecas de maíz sentadas en los rincones oscuros, al pie de las imágenes sagradas o tras las columnas del atrio, mientras ellas se escabullían por los pasadizos secretos para asistir a las anuencias prohibidas.
¡Qué estampa tan sublime, lector mío! Imagínate a los alguaciles, asomándose de vez en cuando por las rendijas y viendo a lo lejos aquellas figuras inmóviles, envueltas en sus mantos, creyendo que las fieles permanecían en un ayuno de silencio, cuando en realidad no eran más que hojas de maíz vestidas de luto.
Mientras tanto, las verdaderas madres, en el silencio del oratorio, desgranaban sus rosarios y entregaban sus llantos a Dios. Al terminar, regresaban, tomaban de nuevo a sus «dobles de paja» y salían a la calle con la frente en alto. Los guardias, que para entonces ya tenían el juicio nublado por el pulque, volvían a contar:
«Diez entraron, diez salen; todo está en orden en la República».
¡Pobres diablos! No sabían que la fe es un pájaro que no se deja enjaular por leyes de papel ni por bayonetas. Así, con la complicidad del maíz y la ceguera de la autoridad, las madres de nuestra ciudad demostraron que, cuando el gobierno se empeña en cerrar las puertas del cielo, el pueblo siempre sabe fabricar sus propias llaves… aunque sean de puro totomoxtle.
Ocurrió que los jóvenes soldados, aquellos mancebos que la patria mandó a la carnicería de las batallas y que el hospital civil —verdadero muladar de incurables— rechazó por falta de espacio y de piedad, terminaron por gracia de la necesidad en los catres de las Clarisas.
¡Ah, pero no se crea usted que esto fue obra de la pura providencia! Aquellas señoras de alcurnia que, entre suspiros y golpes de pecho, buscaban el auxilio de la caridad en el refugio clarolingeo, olvidando que allí el oro pesaba más que la oración.
Porque las buenas religiosas, si bien se entregaron al cuidado de los llagados, no olvidaron que el sustento del convento también requiere de los bienes terrenales. Así, entre caldo de gallina y bálsamos de castilla, se cobraba un costo alto de pago, pues en este mundo, hasta para ser santo se necesita moneda de curso legal.
¡No crea usted que la nobleza de linaje exime de la tacañería, ni que el dolor de madre ablanda siempre la bolsa de los ricos! Para que vea usted de qué madera están hechos algunos corazones de nuestra aristocracia, ponga atención a la escena que presencié —es un decir— en el locutorio del convento.
Allí se encontraba la señora doña Septién de González, mujer de humos tan altos que los mismos ángeles del techo le parecían poca cosa. Llevaba el rostro cubierto con un velo de encaje negro, tejido por ella misma, pero no por luto, sino para que el aire de la calle nadie la reconociera. Esta estirpe ve a los demás como simples mozos. Frente a ella, protegida por la doble reja, la madre abadesa mantenía la calma de quien sabe que tiene a Dios de su parte y la cuenta de los gastos en la otra.
—¡Es un atropello, madre superiora, una verdadera exacción que ni los agiotistas de la capital se atreverían a pedir! —exclamaba la doña, agitando un abanico de sándalo como si quisiera espantar al mismísimo demonio de la carestía—. ¿Veinte onzas de oro por un simple catre y un poco de caldo de gallina? ¡Ni que el aposento estuviera tapizado con las barbas de San José!
—Hija mía —respondió la religiosa con esa voz meliflua que suele esconder una voluntad de hierro—, recordad que vuestro hijo, el joven oficial, no trajo consigo solo la gloria de las armas, sino una pierna de menos y una gangrena que amenazaba con entregarlo a la tierra antes de tiempo. Hemos tenido que comprar bálsamos traídos de ultramar, contratar a un barbero cirujano que no temblara ante la carne herida y, sobre todo, poner a dos novicias en vela perpetua para que el delirio no se llevara su alma.
—¡Dos novicias! —rezongó la Septién de González, cuya avaricia era casi tan antigua como su apellido—. Bien sabe usted que esas mancebas están aquí para servir al Señor, y qué mejor servicio que atender a un defensor de la patria… que además es nieto de los fundadores de esta misma capilla. ¡Debería darles vergüenza cobrar por la caridad!
—La caridad es gratuita, señora mía, pero el aceite de las lámparas, la harina para las hostias y el pan de las pobres hermanas cuestan moneda de la que circula —replicó la abadesa sin perder el tino—. Si preferís, podemos trasladar al joven al hospital civil; he oído que allí los tullidos duermen de a tres en un petate y las chinches son las únicas que les dan compañía.
Al oír aquello, a la ilustre dama se le mudó el color. No por piedad hacia el sufrimiento del hijo amputado, sino por el espanto de imaginar un apellido tan sonoro mezclado con la ralea en un hospital de gobierno. ¡Qué dirían en los saraos! ¡Qué cuchicheos en la Alameda! —¿Qué dirán las señoritas Samaniego?
—¡Está bien, está bien! —claudicó la doña, abriendo su bolsa de terciopelo con el mismo dolor con que se abre una herida—. Pagaré las veinte onzas, pero exijo que mi hijo sea atendido con vajilla de plata y que las clarisas no dejen de rezar un solo minuto por su pierna perdida… y por la fortuna de esta familia, que con estas guerras se nos está quedando tan corta como el pantalón de mi pobre muchacho.
Salió la Septién de González del convento barriendo el suelo con su falda de seda, quejándose de la «codicia» de las monjas, mientras en el interior del claustro, el mancebo herido encontraba más consuelo en la mirada de una enfermera de toca blanca que en todo el oro que su madre regateaba con tanta furia.
¡Los bienes amigo lector para remediar los males! Decía el profeta.
Pero lo que las abadesas no previeron en sus libros de cuentas fue el peligro de juntar el hambre con las ganas de comer o, mejor dicho, la convalecencia con la clausura.
Imagine usted a esos jóvenes de caballería rostros atezados por el sol de Veracruz y pechos adornados con las cicatrices de la gloria, reposando en las celdas bajo la mirada de las novicias y clarisas jóvenes. Estas infelices, que habían entrado al convento no por vocación, sino por el mandato de un padre autoritario o la falta de un novio con dote, se encontraron de pronto frente a la vida misma que se les había negado.
¡Válgame Dios, qué estragos hace la pasión cuando ha estado guardada por tantos años tras las rejas!
Donde antes solo se escuchaban salmos y latines, empezaron a oírse suspiros que no eran precisamente de arrepentimiento. Las manos que vendaban las heridas se demoraban más de lo necesario sobre la piel de los mancebos; y los ojos de los soldados, nublados por la fiebre, encontraban en las cofias blancas un cielo más cercano que el de las alturas. Entre ellos suscitaban:
—»¡Miradla, Jorge! —decía un joven capitán de mirada ardiente— No camina, sino que flota sobre las baldosas como si fuera la mismísima Atenea nacida de la espuma de un rosario. Su rostro, enmarcado en el lino blanco, tiene la blancura del mármol del Pentélico, y sus manos, al vendar mi carne lacerada, poseen la gracia de una musa que dicta versos de vida sobre un pergamino de dolor—.
Otro, que apenas lograba distinguir las sombras por la debilidad, añadía con voz quebrada:
—Es un durazno de copa, que con sus ojos de azabache atraviesa la oscuridad de mi mente. Ved ese perfil, más perfecto que el de una moneda antigua; es la fresca mañana de río, que los antiguos plasmaron en las pinturas del Carmen, pero vestida de sayal, ocultando bajo el hábito una belleza que haría palidecer al mismo sol. ¡Qué desperdicio de vocación, tener a virgen guardada entre muros, cuando su sola sonrisa podría detener a diez batallones!—.
Aquellos de caballería heridos, que quizás en la vida no habían pasado de leer los bandos de órdenes, se volvían poetas de la noche a la mañana. Veían en el movimiento de las monjas el ritmo de las vacantes y en su silencio la solemnidad de una bailarina ¡Su mente les hace ver fantasías de narraciones de caballeros!
Para el soldado herido, la clarisa que le acercaba el jarro de agua no era la hija de un hacendado venida a menos; era una divinidad de los lienzos de cabrera, más bien habían bajado del lino óleo solo para aliviar su suplicio. Y así, entre el delirio y la devoción, los pasillos del convento se poblaron de musas de la guerra, demostrando que no hay ley liberal ni clausura religiosa que pueda impedir que el hombre, ante la belleza, caiga de hinojos y le rinda el tributo de su admiración más profunda.
Se suscitaron romances tan encendidos que harían palidecer a las novelas de caballería, no será mi prosa quien le haga desvanecimientos a su moral, amigo lector.
Eran amores furtivos, sellados con miradas en el claroscuro de los pasillos o breves notas ocultas entre los pasillos de la enfermería. La pasión, esa loca que no entiende de reglas de Santa Clara ni de leyes Lerdistas, estalló en el silencio del convento.
Aquellas mujeres, que se creían muertas para el mundo, descubrieron que su corazón latía con la misma fuerza que los cañones de Puebla, y los jóvenes, agradecidos por los cuidados y rendidos ante la dulzura de sus enfermeras, olvidaron el rigor de la milicia por el rigor del amor.
Aquellas, se sienten culpables después del arrebatado encuentro. Ellos, embelesados por el elixir de amor.
Así pasaban los días en aquel México de 1862: entre el desatino de los alguaciles, el cobro de dotes por cuidados médicos nuevo regazo de copón y el incendio de las almas que, tras los muros de la religión, encontraron en el dolor del herido el pretexto perfecto para amar por vez primera.
Cosas de nuestro siglo, que nos demuestran que donde hay paja y fuego, ni las leyes de Reforma ni las de la Iglesia, pueden detener la marea de los sentimientos.
El amor busca el rincón de la oportunidad, y el destello de lo nunca antes sentido ¡Con ello atrapa!
Continuará…






