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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
1 mayo, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
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15 de abril de 1862, Ciudad de Querétaro.

¡Francia ha desembarcado! La invasión de los europeos se ha llevado a cabo por la vía del puerto de Veracruz. Los cuarteles anexos a la calle de la Gran Palma se han llenado de mozos y jornaleros de toda la comarca. Un aluvión de uniformes y armas está siendo entregado a lo que de ahora en adelante se le llamará ¡Ejército del Centro! Donde desde Guanajuato, el Potosí, la Sierra Gorda y la zona semidesértica han logrado que se enrolaran miles de activos; todos ellos llenos de un espíritu para combatir al enemigo.

En las casonas de cantera rosa y en los jacales de adobe a la sombra del Acueducto, el rumor se transformó en una verdad de plomo: los franceses, esos que decían traer la civilización en la punta de sus bayonetas, avanzaban hacia el corazón de la República.

Para las familias queretanas, la guerra no era cercana; era un nombre propio que borraba de la mesa familiar.

En las plazas, el pregón de las levas y los llamados al patriotismo de Juárez chocaban contra el silencio sepulcral de las madres. Se sentía una amalgama de orgullo herido y terror visceral. Los padres, veteranos de mil asonadas y revueltas intestinas, sabían que esta vez era distinto. No se luchaba contra un caudillo vecino por un pedazo de tierra o contra los liberales aburridos y herejes, será contra el ejército más poderoso del mundo ¡El de Napoleón!

En el barrio de San Sebastián, el sol de la tarde se filtraba con una crueldad dorada por la ventana de la familia Alcocer. Don Manuel, un curtidor cuyas manos parecían raíces retorcidas, evitaba mirar a los ojos a su único hijo, Julián.

Julián apenas estrenaba un uniforme que le quedaba grande, un chaquetín de paño oscuro y una bayoneta calada que pesaba más que sus diecinueve años. Doña Elena, su madre, no gritaba; el dolor de las mujeres mexicanas de entonces era un río subterráneo, profundo y callado ¡Cómo ahora!

—Es por la Patria, madre— alcanzó a decir el muchacho, intentando que su voz no traicionara el temblor de sus rodillas.

Ella le anudó al cuello un escapulario de la Virgen del Pueblito, apretando los dedos contra el pecho del joven como si quisiera imprimir su alma en la tela. —La Patria es una idea que vive en los libros, Julián —susurró ella con la voz rota, pero tú eres mi sangre. Si te vas, esta casa se queda a oscuras para siempre—

Don Manuel finalmente habló, con la autoridad del vencido: —Vaya, hijo. No dé la espalda al enemigo, porque el apellido Alcocer no sabe de huidas. Pero regrese… regrese, aunque sea a pie, porque su madre no sobrevivirá a otra cruz de madera en el panteón— mientras trata de agudizar su vista que se nubla por los torrentes contenidos de lágrimas que se aguanta de mostrar. Los queretanos son amorosos, pero no saben mostrar sus emociones ¡Es de mujeres! Se dicen.

El toque de tambor resonó en la calle empedrada. Julián cruzó el umbral, dejando tras de sí el olor a pan de casa y el calor del hogar para fundirse en una columna de hombres que avanzaba hacia el este, la Plaza de Armas será el destino de la formación.

Desde el cerro de las Campanas, el grupo de reclutas parecía una procesión de fantasmas blancos. Las mujeres se quedaron en los zaguanes, aferradas a los rosarios, mirando cómo el polvo del camino borraba la figura de sus hijos. En Querétaro, esa noche, nadie encendió las velas por alegría; se encendieron para implorar que el acero francés fuera menos fuerte que el amor de una madre que se quedaba esperando ante una puerta abierta.

En los barrios de la Cruz y del Tepetate, el aire se volvió irrespirable, saturado por el salitre de miles de lágrimas que caían sobre el polvo, convirtiendo la tierra en un lodo de amargura. Las madres queretanas no lloraban como humanas; había en sus voces una desesperación animal, un llanto instintivo que nacía del vacío y la pérdida. Los hijos de los grandes hechiceros tuvieron que enlistarse por edad, no hubo distingo, la leva liberal pasó lista habitación por habitación, dejando en orfandad a los progenitores.

Las mujeres hicieron hasta lo imposible por obtener algún tiempo ganado de sus hijos, es muy probable que no los vuelvan a ver, su sentido de madres se los hace saber, los capitanes Sóstenes Antípides y sus iguales solo observan con desprecio el acto. Sabedores de lo que representa el acto, les hacen recordar a sus propias hace no más de tres décadas; la nostalgia vela los ojos del capitán Maximino González, quien en Coahuila dejó a sus padres y hermanas y no volvió a saber nada de ellos, solo envía dinero para el sostén, sin respuesta.

Algunas mujeres se lanzaban a los pies de los caballos, abrazando las botas llenas de barro de sus hijos, implorando a un Dios que parecía haber dado la espalda a México. Sus gritos rasgaban el viento, silenciando por momentos las órdenes de los oficiales —No dejes de rezar a la Virgencita de Guadalupe ¡Ella te cuida hijo! — gritaban.

Madres, mujeres fuertes, cruces de sostén moral en sus hogares, se arrancaban los rebozos y se cubrían el rostro, negándose a ver el sol de un día que les robaba su sustento y su alegría. Para ellas ni siquiera saben quiénes son los franceses, no les cabe en sus mentes entender —Es por allá más allá del mar madrecitas— les explican los capitanes —Sus mercedes, ni siquiera sabemos el lugar del mar—.

En la de Plaza de Armas, el drama alcanzó su punto de ebullición.

Doña Encarnación, cuya estirpe había fundado molinos y levantando templos, vio a su último varón, un niño de apenas trece años con la pelusa del primer bozo aún en el labio, subir al carromato de leva.

—Llévenme a mí — estalló la mujer, cayendo de rodillas con los brazos en cruz, una estatua de dolor viviente frente a la mirada gélida del capitán de reclutamiento —¡Beban mi sangre vieja y dejen que la suya siga regando estas tierras! ¿Qué será de Querétaro sin sus hombres? ¿Quién cargará a los santos? ¿Quién moverá las piedras del molino? ¡Nos dejan un desierto de viudas y un cementerio de recuerdos! —.

Su hijo se siente aturdido ante lo que hace su madre, no sabe cómo reaccionar, enjugando sus lágrimas hace por domar el bridón que recién le asignaron, un brioso garañón de montas buenas y ancas anchas. Rehiletea con fuerza y tratando de salir despavorido a la batalla, al tratar de darle cordura le alcanza a gritar a su madre que aún lamenta de rodillas —Vaya en paz madre mía, no os quedéis de hinojos, su hijo es valiente y regresará con los olivos de la victoria ¡Vaya con Dios! Que yo haré lo propio por regresar a sus brazos, es una promesa.

Todos los mancebos que veían la escena hicieron por gritar de tal forma que se escuchó un solo alarido ¡Por la victoria!

Otro joven, con el rostro bañado en un llanto que le quemaba las mejillas, intentó asomarse para ver a su madre desde lejos, sabía que sí la veía poco lloraría poco. El fuete del sargento marcó el inicio de la marcha. El estruendo de los cascos sobre el empedrado ahogó el último adiós.

Los tambores llamaron a formación, todos tenían sus montas y sus uniformes impecables, un bautizo de fuego del pesado lastre de la guerra de invasión.

Bajo el cielo encapotado de la ciudad de Querétaro, con el viento agitando los estandartes del Ejército del Centro, en vivos azules con letras doradas, el General José María Arteaga se alzó sobre los estribos de su caballo frente a una marea de hombres y jóvenes en su mayoría, de rostro curtido y mirada encendida.

Su voz, metálica y vibrante, resonó contra las paredes de los conventos y los corazones de los soldados del Ejército del Centro antes de emprender la marcha hacia la gloria o el sacrificio en Puebla.

… ¡Soldados de la Libertad! ¡Hijos predilectos del suelo queretano y del centro de la Nación!

Mirad hacia el oriente. Más allá de esos cerros que nos han visto nacer, una sombra extranjera pretende oscurecer el sol de nuestra independencia.

El invasor, que presume de ser el primero del mundo, ha osado hollar con sus botas de mercenario la tierra sagrada que nuestros padres regaron con sangre para hacernos libres. Creen que vienen a un desierto de esclavos, ¡pero se encontrarán con un santuario de gigantes!

El águila de nuestro escudo, esa que despedaza serpientes sobre el nopal eterno, hoy siente cómo el aire se enrarece.

El buitre de los mares, alimentado por la soberbia de un trono lejano, intenta clavar sus garras en nuestras cordilleras. ¡Pero se equivoca el César francés! Nuestras alas son más anchas que sus ambiciones y nuestro pico más duro que sus cañones de bronce.

Vamos al encuentro del General Zaragoza y del valiente Ejército del Norte. No vamos como extraños, vamos como hermanos de sangre y de ideales. Puebla nos espera, no para que seamos testigos de la historia, sino para que la escribamos con el acero de nuestras bayonetas.

¡Que el mundo lo sepa de una vez por todas! En México, el invasor solo encontrará dos cosas: un palmo de tierra para ser derrotado, o seis pies de ella para ser enterrado. ¡Ni un paso atrás, que la Patria nos mira y la posteridad nos juzgará! —.

El General Arteaga, con su quepí en la mano y la mirada empañada por un respeto casi religioso, se detuvo ante aquel muro de rebozos negros y ojos hinchados.

Antes de dar la orden de partida definitiva, su voz no buscó el estruendo del mando, sino el eco de la inmortalidad para consolar a quienes se quedaban con el alma partida.

—¡Madres de la Patria, santas mujeres de Querétaro!

Vengo ante ustedes como un hijo que reconoce el sacrificio más grande que se haya ofrecido en el altar de la Nación. Ustedes no han entregado hombres a la guerra; han entregado sus propias entrañas, el fruto de sus desvelos y la luz de sus hogares para que México no muera en la oscuridad de la servidumbre ¡No seremos esclavos de ninguna corona!

No miren sus brazos vacíos con desesperación, sino con la frente en alto. Sus hijos no van al matadero; van a la eternidad. Si el destino nos sonríe y la victoria corona nuestras sienes, ellos volverán convertidos en héroes, y la historia dirá que fueron sus manos las que forjaron el acero de la libertad — alza la voz con fuerza, mientras trata de domar en círculo a su monta que resplandece ante las palabras, pareciera la comprende, sin perder la mirada de las plañideras continúa con arrogancia:

—Pero si la providencia dispone que deban caer, si el invasor reclama su aliento en los campos de batalla, ¡no lloren como quienes han perdido un hijo! Lloren como quienes han engendrado a un Dios de la Patria.

Sepan que un joven caído defendiendo su suelo no se pudre en la tierra, sino que se convierte en la raíz misma de nuestra soberanía. Cada gota de su sangre será el rocío que alimente las alas del Águila, y sus nombres serán susurrados por el viento en estas plazas mientras exista un mexicano que respire libertad.

Ustedes son el verdadero ejército de reserva. Su dolor es el fuego que mantendrá encendidas nuestras hogueras en el frente. Prefieran un hijo muerto con honor que un hijo vivo bajo el yugo de un emperador extranjero.

¡Vayan en paz, madres valientes! Que la gloria de México será el pañuelo que seque sus lágrimas y el orgullo de haber dado vida a los defensores del mundo será su consuelo eterno. ¡Sus hijos son ahora hijos de la Historia!

¡Viva la Independencia! ¡Viva la República! ¡Viva México! — gritó ante la furia de todo el ejército, que con vivas y aplausos salen en columna hacia el cerro de la cima y tomarán el camino hacia la capital que ya bulle, en el camino se encontrarán con los batallones de San Juan del Río y el segundo batallón de caballería de Tepeji.

La columna del Ejército del Centro era el corazón palpitante de México puesto en marcha. Siete mil quinientas almas avanzaban bajo el sol de 1862, conformando una maquinaria de guerra donde el heroísmo se manifestaba en tres niveles de sacrificio y destreza.

A la vanguardia, con el polvo del camino cubriendo sus rostros, marchaban tres mil hombres que encarnaban el heroísmo más puro: el del civil que abandona su vida por un ideal. Eran artesanos, campesinos, carpinteros y comerciantes; hombres que apenas ayer sostenían el martillo o el arado y hoy empuñaban el fusil.

Estos «mozos», en la flor de su juventud, eran el Fervor Patriótico hecho carne. Sin entrenamiento formal, compensaban la falta de técnica con un valor temerario. Eran el muro humano de la República, dispuestos a enfrentar a los veteranos de Crimea con nada más que su fe y sus viejos fusiles Enfield, reliquias de guerras pasadas que ahora disparaban el fuego de una nación que se negaba a ser colonia.

Flanqueando a los ciudadanos, con paso firme y mirada de hierro, avanzaban dos mil soldados de línea. Ellos eran el Heroísmo de la Disciplina. Veteranos forjados en el estruendo de la pólvora, cargaban sobre sus hombros no solo sus armas, sino la responsabilidad de ser los maestros de la victoria.

Su heroísmo residía en la Generosidad del Maestro. Eran los encargados de transformar el ímpetu ciego de los civiles en eficiencia mortal, enseñando a manos callosas por el campo a manejar con precisión los mecanismos de percusión. Eran el pilar que sostenía la estructura, la calma profesional en medio de la tempestad de la guerra.

Perdiéndose entre la maleza y las crestas de los cerros, dos mil quinientos jinetes y exploradores rurales formaban la vanguardia invisible. Estos voluntarios representaban el Heroísmo del Acecho. Conocían cada pliegue de la Sierra Gorda y cada secreto del altiplano como si fueran las líneas de su propia mano.

Eran la Astucia Letal. La caballería de Querétaro y Guanajuato, legendaria por su destreza, se movía como un rayo para hostigar las líneas de suministro, apareciendo y desapareciendo como espectros. Su valentía era silenciosa y estratégica, sirviendo como los ojos y oídos del General Arteaga, asegurando que el invasor nunca durmiera tranquilo.

—El capitán Sóstenes Antípides se acercó al gobernador de Querétaro José María Arteaga, ambos al mando de la gran columna —¿Qué ventura nos espera señor general ante los embates del ejército de Napoleón? —Arteaga miró hacia lo alto del gran camino que les espera mientras da un largo toque al cigarro que lleva en la boca, se lo quitó con su mano derecha, dando una sonrisa le espetó: —De algo estoy seguro, capitán. Este Napoleón es el tercero, no el gran general; por lo que de seguro nos enfrentamos a un ¡Ejército de tercera!

Continuará…

Etiquetas: FRANCIAHISTORIAJuárezVERACRUZ

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