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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
17 abril, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
4
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Casa de la familia Olguín, 21 de marzo de 1861.

La penumbra que reinaba en el comedor de los Olguín resultaba engañosa y lúgubre; la luz de los candiles luchaba contra un cielo de plomo que bien podría haber pasado por las doce de la noche, de no ser porque el reloj de pared marcaba apenas las cinco de la tarde.

Afuera, un nubarrón colosal, denso como el hollín, se cernía sobre la ciudad. Sin embargo, la cúpula de nubes era tan densa que había sepultado el día en una noche prematura. Este cielo cargado de electricidad y presagios, anuncia la llegada de esos chaparrones torrenciales que definen el carácter de esta tierra. Son estas lluvias las que han forjado el clima perfecto para la zafra; un calor húmedo y persistente que abraza las hectáreas de cañaverales que sitian a toda la pequeña ciudad de verdes frescores.

La humedad se desprende de los carrizales como un aliento pesado, emanando de cada uno de los ojos de agua donde la antigua acequia natural del río solía sestear. Pero hoy, ese reposo ha terminado. El agua, recordando su curso ancestral mucho antes de que el hombre trazara calles sobre ella, comienza a henchir sus caudales. Con un rugido sordo, el río se desborda para reclamar, paso a paso, el espacio que siempre le perteneció por derecho natural.

Esa noche, la atmósfera en la casona de los Olguín exhalaba una solemnidad tensa, casi febril. María Luisa, una entre la procesión de diecisiete hermanas, estaba a punto de ser pedida en matrimonio por el joven Septién, amigo de la casa y heredero de una fortuna que, como todas en 1861, pendía de un hilo.

Pero los esponsales ya no tenían el brillo de antaño. La ciudad agonizaba bajo una quiebra contundente; el flujo comercial se había detenido en seco tras la expulsión de las órdenes religiosas. El vacío dejado por el incienso era llenado por el polvo del registro civil. El clero secular —curas, hasta los más altos dignatarios— habían sido despojado de sus mitras y privilegios, reducidos por la ley a simples ciudadanos. Ya no eran ellos quienes custodiaban el libro de la vida y la muerte; ahora, el registro de cada nacimiento, cada unión y cada último suspiro descansaba en las manos burocráticas de los síndicos municipales.

¡Qué tragedia para las buenas conciencias! Los sacramentos habían huido de la ciudad. No solo pesaba la prohibición por las nuevas leyes, sino que, sencillamente, ya no quedaba quién oficiara. Las bodas, las primeras comuniones y las confirmaciones eran ahora recuerdos de un mundo que se hundía bajo el barro de la inundación.

En el comedor, el tintinar de los cubiertos de plata sobre la porcelana apenas disimulaba el nerviosismo de los comensales. Don Felipe Olguín presidía la mesa con una dignidad recuperada a la fuerza. Hacía poco que había sido rescatado de la humedad de las mazmorras, tras pagar una fortuna en fianzas para limpiar su nombre de las acusaciones de «trasiego de bienes de plata»: ese supuesto contrabando de tesoros eclesiásticos que los republicanos buscaban con saña.

Frente a él, los padres del joven Septién Doña Lolita y Eustolio, observaban con ojos de tasador cada rincón de la casona. Buscaban en los Olguín una bonanza que los salvara. Su linaje, dedicado por décadas a la importación de sedas orientales y del nuevo algodón norteamericano, se encontraba en una paradoja cruel: tenían las arcas llenas de mercancía, pero los bolsillos vacíos de monedas.

—Hilos de oro —pensaba Don Felipe, mientras observaba el porte del pretendiente—. Es una fortuna tejida, pero estática. Si logramos unir nuestras estirpes, el azúcar de mis campos y la seda de sus almacenes serán el único refugio contra la tormenta— vacilaba jugando con el chorro de ron añejo que daba vueltas en su vaso de cristal fino, mientras escuchaba las arengas de lo buen hijo que era el pretendiente que, en voz de la cascarrona madre, sonaba más bien a tratar de “venderlo bien” para que todos quedaran complacidos.

En medio de la falta de liquidez que asfixiaba a Querétaro, aquel matrimonio no era solo la unión de amor, era un pacto de supervivencia entre dos apellidos que se negaban a ser arrastrados por la corriente de la historia.

Tras una velada donde el joven Septién se desvivió demostrando sus dotes musicales —baratijas sentimentales a los ojos del patriarca—, el futuro consuegro intentó retomar el hilo de la ambición, ensalzando aquel comercio de sedas que los había encumbrado. Sin embargo, para la madre, la música seguía siendo el pilar sagrado de la unión. Fue entonces cuando Don Felipe, el comerciante de dulces curtido por la mazmorra y el lodo del río, cortó el aire con la frialdad de una guillotina:

—Pues, a juzgar por lo que me relata doña Lolita, ¡el muchacho es un catálogo viviente de virtudes angélicas! —soltó Don Felipe con un tono burlón que se filtraba entre el humo de su tabaco veracruzano que le pinta los bigotes canos de dorados hilos—. Ya solo falta que nos anuncie que es un tenor de fama mundial y que le guardan un palco en la Escala de Milán —nadie rió—.

El dulcero se inclinó hacia adelante, fijando sus ojos de lince en el pretendiente, ignorando la elegancia del piano.

—Pero dígame una cosa, jovencito, ¿qué sabe hacer usted con estas manos? —se las tomó y el joven pudo sentir la rudeza de unas manos que han trabajado desde niño en la fuerza y el azúcar— Porque estoy seguro de que, si de música pretenden vivir usted y mi hija, y me perdonarán si peco de franco, ¡se van a morir de hambre antes de la próxima zafra! Aparte de jugar al barítono, ¿qué oficio tiene en los dedos? Creo que no me alcanza a comprender… ¿De qué arcas va a sacar los reales para mantener el decoro de mi hija? — le soltó las manos delicadas de un artista.

Don Felipe lanzó una mirada de soslayo a los padres del muchacho, apenas pidiendo una disculpa que no sentía.

—Lo veo, con el perdón de sus padres, demasiado verde para querer dar frutos con mi hija. Ha de saber que, en esta casa, bajo este techo donde el agua nos llega a las rodillas, ¡hasta el perro tiene que jalar la carreta para ayudar en el obrador! Aquí nadie vive del aire, ni más ni menos.

El joven Septién se quedó gélido, como si el agua del Río Grande le hubiera subido de golpe por los pies. El silencio en el comedor se volvió sepulcral, roto solo por el golpe seco de Don Eustolio sobre la mesa.

—¡Ande, conteste, cabrón! —le arengó su propio padre, con la impaciencia del que ve un negocio a punto de naufragar—. Que le han hecho una pregunta de hombre y no una invitación al baile.

—Mire, Don Felipe, le hablo con el corazón en la mano… no creí que yo le cayera tan mal. ¡Si hasta me saludaba con alegría en la plaza! —balbuceó el joven, con la voz quebrada por la humillación.

—Es que nunca sospeché que te gustara una de mis hijas, muchacho. Yo a todas las veo todavía pedorras, chiquillas que no saben de la vida —respondió Don Felipe, recargándose en su silla con una calma amenazante—. Y no te voy a mentir: ¡me caes de maravilla! Pero una cosa es que me caigas bien para echar un trago y otra muy distinta es que te quiera de yerno. Si de verdad pretendes el honor, tendrás que meterte al obrador por lo menos dos años. Ahí veremos si tienes el temple para quedarte con mi hija o si solo eres pura fachada de seda.

—¡Pero papá! —interrumpió María Luisa, con el rostro encendido— Mamá me aseguró que ya tenía su venia, que solo era cuestión de acordar la fecha…

Don Felipe la cortó con un gesto seco de la mano, sin quitarle la vista al joven Septién.

—Mire, mija, entiéndalo bien: no voy a permitir que un holgazán de esta naturaleza, que no sabe usar las manos más que para acariciar teclas, sea el que cuide su futuro. Si quiere entrar a esta familia, que me demuestre de a mínimo que sabe menear las ollas de cobre y poner el dulce en su punto sin quemarse las pestañas. Somos muchas manos trabajando en esta casa y una más, que sepa sudar, nos caería muy bien.

Don Felipe se giró entonces hacia Don Eustolio y Doña Lolita, quienes permanecían petrificados. Sus palabras cayeron sobre ellos como una losa de cantera:

—Don Eustolio, Doña Lolita… el aprecio que les tengo es genuino, somos familias de esta ciudad y nos conocemos de siempre. Pero miren a su alrededor: Querétaro está derrotada. No habrá boda religiosa, no habrá sacramento, ¡y esa es la única unión que a mí me importa ante Dios! No voy a consentir que mi hija viva en una unión pecaminosa, condenando su alma a la perdición por firmar papelitos con ese pinche juez civil que, con el perdón de ustedes, ¡es un verdadero pendejo y un tonto de capirote!

Don Felipe sentenció la noche golpeando la mesa con un puño que olía a melaza y a encierro:

—Así que lo pongo en claro para que no haya engaños: o se viene el joven al obrador a doblar el lomo durante dos años… ¡o no hay boda! Y solo daré mi permiso cuando el cielo se aclare y haya modo de casarlos por la Santa Madre Iglesia, como Dios manda… ¡Es más! Esto se acabó, órale todos fuera—.

Con aquel zarpazo verbal, Don Felipe dio por sentenciada la reunión.

No permita usted, amigo lector, que estos modos le espanten el ánimo; si acaso le resultan rudos, es que poco conoce del temple de estas tierras. Así son por estos lares: hombres de palabras como piedras y de voluntades tan firmes como la cantera de nuestros templos.

En Querétaro, cuando el orgullo y la fe se ponen sobre la mesa, se estila hablar con la verdad desnuda, por más que escueza a los oídos delicados.

Linderos del Rastro, 22 de marzo de 1861.

La tempestad de la noche anterior ya había herido de muerte a varias haciendas entre ellas la llamada Carretas. Aquella bajo las arquerías del gran acueducto —cuyo nombre secreto pocos labios se atrevían a pronunciar—, los canales de siembra habían sido borrados de la tierra, convertidos en surcos de lodo y desolación.

Pero lo peor estaba por venir. El río, en un acto de soberbia natural, ignoró los desvíos que el antiguo concejal Diego de Tapia había trazado siglos atrás para proteger la traza urbana. El cauce cambiado: aquel que corría libre desde las presas de la Cañada directo hacia el barrio del Retablo de Nuestro Señor San Agustín en línea recta, regresó como un cobrador de deudas implacable, surcando las calles de la ciudad.

La corriente no solo fluyó; se apoderó. Desde la calle del Puente Antiguo la pequeña garita de madera y adobe, donde los soldados republicanos montaban una vigilia tensa bajo la lluvia, fue arrancada de cuajo, dejando apenas un rastro de astillas y uniformes empapados perdiéndose en el torbellino al dar vuelta la corriente desde el Puente Antiguo, los seis murieron en el arrastre.

¡Entró a la ciudad por el lado norte! Cómo siempre lo había hecho naturalmente.

Al pasar por la calle del Tesoro el agua arremetió contra la opulencia de la casona de los Iturbide. Las paredes de adobe, reblandecidas por el asedio constante, se desplomaron como gigantes de papel, mientras el estrépito de la cantera al chocar contra el suelo se perdía en el estruendo de la lluvia.

Al llegar a la calle de los Carmelitas la inundación rodeó el recinto sagrado del templo con una saña casi herética. Los escalones a desnivel, diseñados con la sabiduría de quien teme al fango, quedaron sumergidos, transformando la reja de cantera en una isla solitaria que apenas lograba mantener a raya el lodo que amenazaba con profanar el altar.

Al llegar a la calle de la Alhóndiga, frente a la imponente muralla de San Francisco, el desastre alcanzó proporciones épicas. El río, cargado de escombros, reventó los altares expuestos en un estallido de madera tallada y santos de yeso.

El almacenamiento de grano, la sangre vital de la ciudad, fue invadido por una marea negra que pudrió las esperanzas de la próxima estación en cuestión de minutos.

Ahí, a un costado, la dulcería de don Felipe Olguín sufrió el embate final del destino. El agua rompió los delicados ventanales con la facilidad de un cristal fino, arrastrando estantes de madera de cedro, tarros de confitura y años de trabajo hacia el fondo de la tienda. Fue una pérdida total, un naufragio de azúcar y cristal. No fue solo la hacienda lo que se perdió bajo el lodo; fue la paz de una estirpe.

La consternación se tornó en tragedia absoluta al confirmarse el rumor que corría por las calles anegadas: uno de los cuidadores de la tienda, atrapado en el torbellino mientras intentaba salvar la mercancía, fue succionado por la corriente. Su cuerpo, despojado de vida y dignidad, no fue hallado sino hasta el amanecer, encallado en los linderos del ojo de agua de la calle del Rastro, con los seis cuerpos de los soldados republicanos.

Incluso los muertos no hallaron descanso. La Plaza de la Muerte, el camposanto franciscano, fue removida por la fuerza del agua, que parecía querer despertar a los antepasados para que contemplaran cómo la ciudad se hundía bajo el peso de una naturaleza que no sabe de perdones ni desvíos de ríos ¡Torpeza ancestral!

Cuando el capitán Sóstenes Antípides y el recién nombrado coronel Lucio Andrade —jefe de la oficialía de guardia del naciente Ejército del Centro, bajo el mando del gobernador de Querétaro José María Arteaga— se dispusieron a inspeccionar los estragos, el panorama les heló la sangre. El caudal del Río Grande no solo era majestuoso; era una serpiente ponzoñosa, ennegrecida por los tintes y desechos de las textilerías que, mezclados con el lodo, daban a la corriente un aspecto de brea hirviente.

Se quedaron atónitos ante la magnitud de la ruina.

—Esta pinche agua se lo tragó todo, mi coronel —murmuró Antípides, ajustando las riendas con manos trémulas—. Parece que el río se está cobrando, de un solo bocado, los pecados de la ciudad.

El capitán espoleó a su monta, intentando en vano que el animal cruzara el caudal que rugía como una bestia herida. Andrade lo observó en silencio, con la mirada perdida en un cadáver que flotaba a lo lejos, antes de soltar una pregunta que cortó el aire:

—¿Usted cree en los castigos divinos, capitán? ¿O cree que la tierra tiene memoria? — Sóstenes sorprendido por la gravedad de su superior en medio de aquel caos, respondió con humildad:

—Poco sé de esas letras, mi señor. Yo solo sé de caballos y de obedecer. Pero si usted me enseña lo que ve, tendré algo que rumiar esta noche para ver si me hago mejor cristiano.

—Mire ese lodo, capitán —continuó Andrade, señalando los escombros—. El general Escobedo siempre dice que la ciencia explica el mundo, pero que la fe es la que nos hace soportarlo. Él es hombre de ideas afiladas, pero hasta los más sabios le temen a lo que no pueden domar.

Andrade hizo una pausa, y su voz bajó de tono, cargándose de un peso ancestral.

—En enero, cuando caímos ante Tomás Mejía en el Potosí, estuvimos a un paso de la fosa. Usted sabe cómo es el «Mesías de la Sierra»: un general indio de una pieza que no perdona a los traidores, pero que respeta el valor. Nos dejó marchar por pura caballerosidad. Antes de darnos la espalda, se recortó contra el horizonte y nos lanzó una advertencia que hoy, viendo este río, me quema la sangre.

—¿Qué le dijo el general Mejía? —preguntó Sóstenes, deteniendo su caballo.

—Dijo que cuando el agua se convirtiera en nuestro mayor problema y los muertos flotaran en las calles, entendiéramos que es la naturaleza cobrando su diezmo. «Nadie doma lo que Dios puso en su cauce», nos gritó. «Y quien lo intente, lo pagará con la vida».

Continuará…

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