Augusto Isla

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COSAS DE AQUÍ 

EN MANOS DE UN IMBÉCIL

Subiré a los cielos, alzaré mi trono por encima de 

las estrellas de Dios, pondré mi trono sobre 

la asamblea divina, en el extremo norte, subiré a 

la cima de las nubes, seré como el Altísimo*. 

Profeta Isaías (14, 13-14)

 Aaron James es un joven doctor en filosofía por la Universidad de Harvard y actualmente profesor de la Universidad de California, Irvine. Por extraño que parezca su especialidad es imbecilología. Quiero decir el estudio de los imbéciles. El año pasado publicó un libro que lleva por título Trump. Ensayo sobre la imbecilidad. El contenido del libro no es un denuesto, sino una caracterización. El imbécil, en este caso Donald Trump, es una persona, si así pudiéramos llamarlo, que cree tener derecho a todo lo que le viene en gana; que se considera inmune a la crítica y la protesta. Pues que es de tal modo especial que está por encima de las normas, sin más razones que aquellas esgrimidas por la soberbia: “Soy rico, soy triunfador, soy el mejor.” El imbécil se exhibe, llama la atención, entretiene: se comporta como un payaso bobo. Trump es un imbécil de éxito. Conducía un reality show que le daba la fama, basada en su comicidad y su riqueza: es un bufón mediático, siempre asido de su fortuna: “Soy un triunfador colosal”. Sin embargo, de ahí no pasaba. Dice James que “todo apunta que su apuesta por la presidencia comenzó cuando, durante la alocución de la cena de la Asociación de corresponsales de la Casa Blanca celebrada en abril de 2011, el presidente Obama se mofó de su gusto por la decoración estridente, su obsesión con los falsos rumores y su espectáculo televisivo. “Era un chiste que también se refirió a que Trump tal vez jugaba con la idea de su candidatura, a sabiendas que “no podría con ella”. Lo peor es que pudo llegar, A pesar de que su discurso es un desastre, sin articulación, sin el menor respeto a la verdad, ya que sólo le importa el efecto que produce en sus oyentes. ¿Qué le permitió ese salto al mundo político? El circo en que se ha convertido la política estadounidense; ese nivel de degradación que finalmente no es responsabilidad de este payaso bobo-imbécil que se dio el lujo, en la celebración de su triunfo en las elecciones primarios de hacer la publicidad del agua mineral, el vino, los bisteces que llevan su nombre: sí, los trozos de carne de la marca Trump.

La definición que ofrece James de Trump es lapidaria: “es a la vez un hombre espectáculo, un maestro del menosprecio, un payaso bobo sin ninguna consideración cívica, sexista, racista, xenófobo, aquejado de ignorancia selectiva, autoritario, demagogo, una amenaza para la república y un imbécil.” ¿Un fenómeno nuevo? Sí, el de la era del entretenimiento en la red, de la confusión entre lo virtual y lo real, del gobierno desde el twitter: era del abuso del improperio, la trivialización del diálogo con la sociedad, la falsa disyuntiva -a lo Hobbes- entre la anarquía y el orden despótico, No es un manipulador, pues está convencido de sus tonterías: de que todos abusan de su pueblo, de que el calentamiento global es una patraña, de que su país volverá a ser grande. De tal suerte que no hay modo de negociar con un imbécil de esa envergadura, pues es muy probable que al intentarlo “se esfume la dignidad para dar paso a una sensación desconcertada de incapacidad” en palabras de Aaron James.

Todo le favorece: un capitalismo estadounidense en plena crisis. Desigualdad social creciente, exenciones fiscales para empresas y minorías selectas, decadencia sindical, fuga de capitales… ¿Hay alguna esperanza? Para James, sí la hay. Se trata de restaurar el tejido social, repensar a Rousseau y su idea del contrato social; de confiar en el voto popular y, por tanto, abandonar la democracia indirecta que los padres fundadores de esa nación concibieron justamente para evitar el populismo que -ay, las paradojas de la historia- hoy día hunde a ese país y el mundo con la llegada de este deporte abominable, sordo a las voces de sus iguales, desatento a esos dos mandamientos que, a juicio de James, suscribiría el mismísimo Abraham Lincoln: “no dividirás a la población, no manifestarás desprecio por ninguna persona o colectivo y respetarás sus opiniones”.

Dentro de todo, cabe pensar que Trump se ha convertido en una “una fuerza para el bien”. Quiero decir, con James, que ese desalmado pone la republica que lo llevó a la cima, y al mundo, en alerta. Pensemos en México cuya dependencia desnuda nuestras debilidades. Si queremos ser libres tenemos que explotar otros senderos. Ser libres, decía Jean Paul Sartre, es decir no; alejarse, diría yo, de ese imbécil que apesta, “esclavo de sus pasiones, modelo mismo de su falta de libertad.”

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