AUGUSTO ISLA / LA RESIGNACIÓN

GOTA A GOTA

Confinado en mi breve espacio, obediente a las recomendaciones sanitarias, abrumado por un alud de mensajes, a menudo contradictorios, me encuentro con uno que contrasta el aterrador vacío de las calles de París, Nueva York… y la movilidad al parecer indiferente en la ciudad de México. Y me detengo en el testimonio de un ciudadano, un sexagenario modesto, quien a la pregunta “¿qué piensa usted del coronavirus?”, responde sereno “no estoy preocupado ni nada, qué puedo hacer, si me toca, pues ya me tocó”. Mi admiración vuela hacia él. No es un irresponsable. Es un resignado, un estoico sin saberlo, alguien que, en el fondo, se abandona al azar, a la mala suerte si la pandemia lo atrapa. Pues que la resignación no es sino la aceptación tranquila de una probable desdicha. Epicteto, el gran pensador de la Antigüedad grecorromana decía: “de todas las cosas que existen en el mundo, unas dependen de nosotros y otras no (…) las que dependen de nosotros son libres (…) al contrario, las que no dependen de nosotros son débiles, esclavas y están sujetas a mil contingencias e inconvenientes, además nos son totalmente ajenas”.

La lección de ese mexicano es sabia. Sabiduría mínima de quien encara enfermedad y muerte sin temor alguno. Como él, estoy seguro que millones de compatriotas piensan y sienten lo mismo. La contingencia es también destino. Y mientras ellos sufren esta laceración, el mandamás tabasqueño se pavonea de ser distinto, nunca como los demás, sucios, corruptos, abominablemente conservadores. Su gobierno es el cementerio de la tolerancia, donde solo crecen las flores podridas del Mal. Un virus más letal que cualquier otro.

Y lo veo, al mandamás, digo, en imágenes patéticas, compartiendo los alimentos con la parentela de “El chapo” Guzmán. Desaliñado, con el cabello blanco sobre la frente, la camisa arrugada, glotón mordiendo un taco servido en charola de plástico. Repugnante vulgaridad. Doble provocación: la de complacer a la familia del célebre criminal y la que ofrece una imagen tan poco presidencial. Y también una afrenta a las víctimas del combate al narco. Y me pregunto si para todo esto anhelaba el poder, para burlarse de nosotros, los que apenas aspiramos a vivir un poco más en el entorno de este flagelo, que pareciera, aparte de sus colmillos mortales, un castigo por su arrogancia, sus compulsiones deleznables. Una pena, una vergüenza. Un escándalo que le es indiferente. Como si dijera, espurio vástago del Benemérito: “me hacen lo que el viento a Juárez”. Yo sigo con mis proyectos. Nadie los detendrá. Y “de qué quieren su nieve”. Solo le faltaría: ¿cómo la ven cabrones? Resígnense. Les habla un cínico.

Comentarios

Comentarios