AUGUSTO ISLA / LA HAZAÑA

GOTA A GOTA

Los dictadores suelen aniquilar a la persona, a todo aquel que se interpone en su camino. En México, lo comenzamos a vivir: un pulpo venido del trópico ha logrado ya extender sus tentáculos en todos los ámbitos de la vida pública. Pero en esta ocasión no he de hablar de eso sino del franquismo, de aquella España negra y de lo sufrido, entre otros muchos, por María Moliner, a quien ese abominable régimen, en nombre de una ‘depuración’, la degradó 18 peldaños de la jerarquía académica que le correspondía.

María había nacido en Paniza, Zaragoza. Se formó en el Estudio de Filología de Aragón. Convencida republicana, enseñó en Murcia y creó una red de bibliotecas. El triunfo de Francisco Franco significó ese duro golpe al que me he referido. Pero tal circunstancia, lejos de hundirle anímicamente, la acicateó. ¡Tomó un lápiz e inició la redacción de un diccionario! Ella, sola y su alma. Aunque entrenada ya, pues había participado en un Diccionario Aragonés. Quince años de trabajo. Día y noche. Una hazaña. Ella conocía el Diccionario de la Real Academia Española. Pero el suyo aportaría algo más y lo logró: una arquitectura más actual, concisa, ágil como una gacela. Qué proeza: ochenta mil entradas distribuidas en dos volúmenes que la editorial Gredos publicó en 1966. Sin embargo, el machismo peninsular la discriminó: “si el creador de mi diccionario hubiese sido un hombre, todo el mundo preguntaría, por qué ese señor no está en la Academia”, se atrevió a decir María, aunque sin rencor, pero sabedora de sus altos méritos.

En lo personal, confieso mi amor por ella, amén de que, teniendo a la mano el de la RAE, prefiero la propuesta de María, gran señora, mujer de excepción, paradigma de humildad y paciencia. Y también lección ciudadana para los mexicanos de hoy que, creyendo castigar el pasado, no parecen advertir que, con sus decisiones, castigan el futuro de este gran país.

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Cosas de la vida: en la sala de la casa de mis abuelos, puedo ver una imagen del dictador hispano, dedicada a ellos, quienes por esos años viajaron a España y no perdieron la oportunidad de rendir culto a tan aborrecible personaje.

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