Augusto Isla

GOTA A GOTA

Los reaccionarios

La revolución francesa, pese a sus ideales ilustrados, tropezó pronto con sus detractores: reclamos furibundos de restaurar los valores a un orden cristiano. Los más ilustres pertenecían a la nobleza: Joseph de Maistre (1753-1821), considerado el profeta de la contrarrevolución vio en la Revolución un acontecimiento satánico: una amenaza ontológica de la pérdida de sentido de la existencia. Era un genio furioso. Al igual que Louis de Bonald (1754-1840), un nostálgico del Estado teocrático.

Para Bonald, la sociedad encuentra su origen en el poder que viene de Dios. Obedecer al Creador Supremo es la  única manera de respetar al hombre. Bonald abominó de la Declaración de los derechos humanos que verá su término cuando se reconozca la Declaración de los derechos de Dios. Lo que hoy nos parecería insólito estaba en el corazón del pensamiento de este aristócrata: el elogio de la intolerancia. El hombre debe ser intolerante en todo aquello que se aparta de lo verdadero. Los ideales de la Ilustración –individualismo, liberalismo, igualitarismo, solo conducen al despotismo. Es necesario restablecer las jerarquías, la unidad, la moral pública. El ejército es el modelo que debe inspirar la organización social.

El cristianismo es la única sociedad posible. El ideario teocrático, el único posible. La separación Iglesia-Estado es una aberración, prohija las diferencias que son un mal de la democracia. De conformidad con el ideal teocrático, la iglesia católica por supuesto, debe cristianizar al Estado. De otra suerte, abrimos el paso a la democracia que nos acerca a la condición animal que iguala al hombre y la mujer. La mujer está destinada a la vida familiar. Por tanto no debe recibir educación pública: las niñas, con sus muñecas; los niños con sus soldados de plomo. Acatando estas inclinaciones misóginas, todo estará bien. Sólo los niños tienen derecho a la educación, pero en centros lejanos a la familia, en los que, a la manera espartana, estarán sujetos a la uniformidad: la misma ropa, el mismo alimento.

De Maistre y Bonald: dos discursos contra la modernidad; dos enemigos de la razón democrática, dos expresiones del fanatismo. ¿Anacrónicos? No tanto como veremos en nuestra próxima colaboración. 

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