Augusto Isla

GOTA A GOTA

Pedro, el bienamado

una cena en que una amiga celebraba su cumpleaños, acudió nada menos que Silvia Pinal. Nada sorprendente si consideramos que ambas, Silvia y mi amiga, habían sido compañeras de curul en el Congreso de la Unión. En un momento dado que observé  sola a la diva, me acerqué para expresarle mi admiración. Ocurrió hace ya muchos años. Estaba guapísima aún. Me trató con gentileza. Le recordé su actuación en ‘Viridiana’ de Buñuel, el retrato magnífico que le pintó Diego Rivera. Y por supuesto le pedí que me hablara de Pedro Infante con quien filmó, entre otras cintas, ‘El inocente’, comedia muy divertida. Me relató que habían sido amigos, que era un hombre muy simpático. Un caballero que jamás abusó de su fama para seducir a sus parejas cinematográficas; un hombre que no bebía ni fumaba; cuidadoso de su cuerpo; una gente sencilla, cercana a su pueblo al que favorecía con su generosidad. ¿Radicará en esa imagen que proyectaba el secreto de su popularidad? ¿En eso que llamamos carisma que trasciende los años, los muchos años hasta llegar a las nuevas generaciones como una planta inmarchitable?

Infante fue un ídolo, un dios mundano. Irrepetible. Poseía genio: actor intuitivo, cantante emotivo, versátil. Como actor representó al carpintero, al charro, al cura, al enamorado, al motociclista…. Como cantante abordó con igual soltura todos los géneros populares: desde el vals hasta el bolero, pasando por el corrido, la canción ranchera, la tonadilla picara, siempre acomodando su voz a cada cadencia melódica.

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Mazatlán le vio nacer, Guamúchil alentó su crecimiento como ser humano, como artista. Su padre inculcó en él su amor a la música. Muy joven llegó a dirigir una orquesta. Pero aquel mundo provinciano era reducido para su talento. Con éste abrió las puertas de la ciudad de México, no sin tropezar alguna vez. Pero lo levantó la seguridad en su mismo, la perseverancia. Hasta alcanzar la cumbre, aun siendo desigual tanto en la actuación en el canto.

Su mejor trabajo actoral: el de Pepe el toro en ‘Nosotros los pobres’ (1947), primera de una trilogía bajo la dirección de Ismael Rodríguez, que recreó la atmósfera de la vecindad, con un sentido heroico de la pobreza, un tanto acartonado y sentimental, muy distante de Luis Buñuel quien pocos años después incursionó en ese mundo despojándolo de toda poesía, pues sus personajes, lejos de ser víctimas, pueden llegar a ser despiadados. Pero Rodríguez era un artesano, mientras Buñuel alcanzó la cima del arte. Y sin embargo, Pedro salva, con autenticidad de héroe urbano de las clases populares, la narrativa melodramática de su director.

Como actor dramático, nos con conmueve. Basta citar ‘Un rincón cerca del cielo’. Como comediante nos entretiene en “Dos tipos de cuidado’, alternando con Jorge Negrete, una voz educada pero fría; o en ‘Los Tres Huastecos”… Pedro filmó más de sesenta películas, siempre comprometido pero a menudo sobreactuado.

Su peor trabajo: el indio Tizoc, premiado en Berlín por la ignorancia europea de lo que son los indígenas. Fue horrible verlo como un indio solitario, con el bigote atildado de mestizo vestido con calzón de manta, un iluso enamorado de una María Félix, confundida con la Virgen María. Ahí, Rodríguez, de nuevo, parodió la realidad, con una narrativa carente de toda investigación antropológica. Todo era grotesco: la imagen de Pedro, de la Félix, el habla del indio… Una facha, como suele decirse coloquialmente.

Por mi predilección bolerística, su sensualidad, su tesura melódica, me quedo con un ramillete de canciones como ‘Cien años’, ‘Bésame mucho’, ‘Luna de octubre’, ‘Historia de un amor’. ‘Deja que salga la luna’…

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Pese a su galanura, no fue un mujeriego, ni un misógino. En su vida le acompañaron, Guadalupe López con quien procreó a los 17 años, María Luisa León, Lupita Torrentera e Irma Dorantes. Y en el cine le adornaron las más bellas: Elsa Aguirre, Silvia Pinal, Marga López, Rosita Quintana, Rosita Arenas, la increíble Miroslava, y, por su puesto la feliz en esa historia trágica de amor imposible entre un indio y una señorita citadina, que al final, como era de esperarse, muere en sus brazos.

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En una encuesta callejera, un reportero pregunta a gente de mediana edad o ya mayor. “¿Con quién asocia el nombre de Pedro?” La respuesta surge de inmediato ¿Pedro. Pedro? Pedro Infante. El ídolo está vivo. Aunque muchas circunstancias hayan cambiado en nuestro México, permanecen en nuestra memoria su risa franca, su frente amplia. Su talante popular. Es pedro, el bienamado.

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Yo estaba interno en una escuela apostólica en Tlalpan. No recuerdo por que salí una mañana. Me asomo a un puesto de periódico y leo: “Pedro Infante ha muerto”. No cumplía aun los cuarenta años. Pero vive, repito, en el corazón de todos aquellos que reconocen la nobleza mexicana. ¿Nostalgia, esperanza? Las devociones son un misterio. Pedro es identidad, imagen de un México oculto en la sombra de nuestra desdicha.

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