Augusto Isla

GOTA A GOTA

La despedida

Asmático, tierno y cruel. Alma aventurera, nacido para la acción. Hablo de Ernesto Guevara “El Che”, el compañero de Fidel Castro en la lucha revolucionaria, el argentino enamorado de Cuba, el hombre de Estado, el que podía ocuparse del proceso de industrialización o de la gerencia del Banco Central en esa isla tan promisoria como trágica.

El “Che”, héroe y villano, soñador y carnicero, capaz de masacrar a los contrarrevolucionarios, el que vivió la experiencia de lo posible, el que fracasó en su intento de extender por el mundo el odio antimperialista. Pues luego de colaborar con Castro en la construcción de una sociedad nueva, abandona la isla de sus amores. Se va al Congo donde los ingratos líderes locales los despojan de todo liderazgo y cuando percibe que poco le queda por hacer, a su refugio cubano y busca en Bolivia (noviembre de 1966) detonar el cambio ahí vive sus últimos días. Sin la anhelada participación campesina sucumbe con sus expedicionarios, unos cuantos que le acompañan. El ejército del presidente René Barrientos lo cerca hasta atraparlo. Ahí está el sargento Mario Terán para ejecutarlo. Los disparos apuntan al corazón para no desfigurar el rostro y dar testimonio de que es él y nadie más quien ha caído para regocijo de la CIA y el mundo que lo considera un peligro.

El guerrillero está exhausto después de once meses de desencanto. Ha perdido una veintena de kilos. Ha sido una batalla suicida. “El Che” lo instruye. Y se despide de sus hijos y de su esposa Aleida March. A ellos les pide que recuerden “que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada”: ella le confiesa que la extraña, no sin advertirle que “ha llegado el momento de enviarle un adiós que sabe a camposanto”.

Hay un “Che” mortal que piensa, lee de todo, a Marx, a Lenin, a los clásicos griegos…; asume su responsabilidad, su sacrificio. Y otro inmortal, icono de un sentimiento de justicia, trascendente, seguro de que la revolución es poesía, canto incluso. Hoy y por los siglos de los siglos, lo veremos cómo esa imagen eterna de un rostro que, captado por la cámara visionaria de Alberto Corda, mira hacia un horizonte en el que el hombre, libre de sus llagas históricas, encontrará aquí en la tierra un rincón habitado por los ángeles serenos.

Hace medio siglo en octubre de 1967, se fue, pero sigue aquí, vivo, como una lámpara encendida para siempre.

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