Augusto Isla

GOTA A GOTA

La masacre

Solo puede ocurrir en los Estados Unidos: estamos en Michigan. Quien abre una cuenta de banco, recibe como regalo un arma de fuego. Sin más ni más, después de llenar un formato, el nuevo cuentahabiente, sale feliz con su escopeta. Así comienza el documental de Michael Moore “Masacre en Columbine” (2002), que alude a ese incidente trágico que tuvo en una escuela secundaria en la que dos adolescentes desquiciados asesinan a una docena de compañeros suyos, sin ton ni son, por el puro placer de matar.

¿Un fenómeno excepcional? Tal vez no. El satírico cineasta indaga con rigor el origen de un conflicto que se relaciona con el derecho de los ciudadanos a la defensa para su protección y la de sus familias. ¡Qué paradoja! En una sociedad, paradigma de la democracia, la gente no cree en la seguridad que habría de brindarle la autoridad. Vive con miedo, con el arma escondida bajo la almohada, pero también por amor a las armas. Amor y miedo que anidan en un pueblo inmenso en una cotidianidad violenta atribuible a los rockeros, a los videojuegos, a las series televisivas, y  que no parece oponerse al comercio lucrativo de las armas, pues de ese lucrar también  vive y se enriquece.

Tiranos de aquí y allá, Panamá o Irak; encuentran en los Estados Unidos el mercado ideal para adquirir el fuego que sostiene su terrorismo. Moore, en su narrativa, nos recuerda con ironía esa inmoralidad del ‘imperio’ con estampas odiosas, musicalizadas con esa hermosa balada interpretada por Louis Armstrong, “El mundo es maravilloso”.

Pero más acá de esas exportaciones siniestras, en la entraña del imperio, la autodefensa facilita y propicia la violencia. La nutren una sensación de peligro generado por la presencia de ese “otro”, mal visto por la población blanca, ese “otro” intruso que altera la paz del sueño americano: negros y latinos, satanizados por la suspicacia racista; pero también esa prepotencia que se confunde con la libertad, promotora incluso de asociaciones dispuestas a defender el derecho a poseer esos instrumentos de muerte. Como aquella que en esos años presidía, con insolente discurso, el héroe fílmico Charlton Heston, protagonista de películas como “Ben-Hur”, “la sombra del mal”, “El planeta de los simios” en su primera versión. Un Heston, anciano ya, encorvado  y patético a quien Moore entrevista en si mansión, sólo para confirmar la obcecación del oscuro personaje, a quien le deja en un rincón de su jardín la fotografía de una niña asesinada por un compañerito de escuela, testimonio de los extremos a los puede llegar la libertad tan pregonada.

No debería sorprendernos, pues, la masacre de las Vegas. Está en la sociopatia de una sociedad cuya historia está íntimamente ligada a la insania colectiva cuyo fruto más reciente es la elección del decadente plutócrata Donald Trump.

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