Augusto Isla

GOTA A GOTA

La compasión

Amanecí en Toluca, cubierto por suave niebla. Me levanto a trotar en un parque cercano. Siento un leve mareo. Miro hacia arriba. Los postes de luz se agitan. Todo se estremece. Regreso a casa y enciendo el televisor. Pronto me entero  de la tragedia de la ciudad de México. Edificios colapsados. Pánico. Muerte; la naturaleza se ensaña con la gran urbe. La autoridad, de lentos reflejos ante lo nunca visto, no sabe qué hacer. Pero sí, la ‘sociedad civil organizada’. Entonces, surge la compasión multitudinaria ante la catástrofe, ese sufrir por el sufrimiento ajeno. Después de tres décadas, aún no sabemos la dimensión de los efectos: víctimas mortales, discapacitados, personas en trastornos emocionales. ¿Se ocultó la información o se carecía de instrumentos de medición? Flota la duda sobre la magnitud de aquella tragedia, que hace unos días se repite geográficamente extendida: Oaxaca, Chiapas, Puebla, Morelos… Caprichos telúricos de septiembre.

Pero hemos aprendido un poco. Todos, al unísono, respondemos mejor. La solidaridad cobra más fuerza: gobierno, ejercito, topos, voluntarios, expertos internacionales. La tristeza se entrevera con la alegría del rescate de vidas; las lágrimas, con el canto del “Cielito lindo”. No faltan la tensión, la angustia, el desacuerdo movido por la desesperación, las falsas noticias. La tecnología es un auxilio nuevo, la cadena de amor se rompe con la omnipotencia de los medios que a ratos lo confunden todo: los rumores de las redes sociales. Pero la misericordia se impone a los brotes de rapiña. El heroísmo de los humildes resplandece frente a la indiferencia. Nuestros defectos se desvanecen frente a nuestra noble estirpe. Nos volvemos a encontrar en las ruinas bajo el sol candente, bajo la lluvia. Sumamos esfuerzos, muchos para salvar una vida, aunque sea una sola. Exigimos delicadeza, respeto para tratar los cuerpos defenestrados: las víctimas son sagradas; se multiplican manos, palas, finos instrumentos para detectar el aliento de los que resisten atrapados bajo los escombros. Nos regocijamos por el más leve indicio de vida. Todos somos uno. Uno somos todos. Ahí está México, infatigable voluntad de sobrevivir. Gran corazón. En la adversidad extrema, descubrimos lo que valemos, lo que cada uno vale. En el dolor compartido, recordamos a Shakespeare: “Hemos venido al mundo como hermanos: caminemos, pues, dándonos la mano y uno delante de otro”. Eso se llama solidaridad.

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