Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

JOSÉ ANTONIO LOARCA 

Vio la luz en la centenaria ciudad de Santiago de Querétaro el 12 de febrero de 1938, del matrimonio de don Antonio Loarca Tejeida y doña Elisa Gutiérrez Verdad, en su domicilio ubicado en la calle 5 de Mayo, entre las calles de Río de la Loza y Altamirano, para cambiarse después a la calle Reforma. Su ascendencia puede encontrarse entre los Loarca de La Cañada. Sus estudios primarios y secundarios los hizo en el viejo Instituto Queretano de la avenida Madero y luego en El Molino, no pudiendo proseguir con la prepa por haber quedado huérfano de padre a los diecisiete años, edad en la que se hizo cargo de los negocios familiares, sobre todo trabajando —hasta personalmente— en el sembrado de cebolla, chile y alfalfa en el rancho de Callejas, antigua hacienda de la que todavía se observa el casco en la avenida Constituyentes esquina con 20 de Noviembre. Allí mismo tenía su establo lechero y era común verlo —inclusive ya casado— sembrando sus terrenos de cultivo en lo que hoy es la Chevrolet, la Embotelladora La Victoria y el Auditorio “Josefa Ortiz de Domínguez”, a pie de carretera de la añeja Panamericana. Callejas perteneció a su tío Alfonso Loarca y sus límites llegaban casi a la cima de El Cimatario.

Toño era tan trabajador que él mismo realizaba la ordeña y luego vendía la leche en su expendio de 5 de Mayo, casi esquina con Gutiérrez Nájera, cuando descansaban sus trabajadores. Los chiles de su cosecha los vendía y distribuía personalmente en el Mercado “Pedro Escobedo” de la hoy Plaza Constitución. En esas arduas labores andaba cuando conoce a la bellísima Esthercita Palacios Alcocer —de 17 años de edad— y tras dos años y medio de noviazgo contraen matrimonio el 2 de junio de 1962, feliz unión de la que nacieron Antonio, Roberto, Esther, Verónica, Elisa, Lucero y Carlitos, todos ellos buenos y educados hijos.

Dueño de una inteligencia y bondad sobresalientes, rápido hizo fortuna transportando pollos de la empresa Nutricos a Tepeji del Río, sacando camiones de carga a crédito, pero que pagó al ser un negocio muy redituable, mismo que despertó las envidias de ciertos conocidos y la empresa le rescindió el contrato, por lo que Loarca Gutiérrez no se quedó cruzado de brazos y comenzó a incursionar en el transporte de pasajeros, urbano y suburbano. También probó suerte de manera exitosa en la construcción con sus amigos Marcelo López Morales y Alfonso Ramos senior.

Aunque don Toño tenía los huesos gruesos y aparentaba estar llenito, siempre cuidó su alimentación e hizo ejercicio toda la vida; jugó muy bien al futbol en el Queretano y ya mayor practicaba tenis, squash, frontenis, natación y montar a caballo. Gustaba de la música mexicana, pero también de las voces de Sarita Montiel y Paloma San Basilio. Fue un incansable bailador, sobre todo del pasodoble español, aunque no le disgustaba la salsa. Viajó por todo el mundo en compañía de Esthercita, los museos lo apasionaban, pero siempre tocaba tierra hispana porque sentía especial predilección por ese país. Su canción preferida era “Morenita Mía” del regiomontano Armando Villarrreal, y creo que las mejores versiones son la de la Estudiantina de la UAQ y la de Marco Antonio Muñiz y la Rondalla Tapatía.

De carácter afable, prudente, inteligente, discreto, empeñoso, supo ganarse amigos y su círculo íntimo lo formó con el ingeniero Marcelo López Morales, el licenciado Antonio Espinosa Ugalde, Rafael Roa Torres, Samuel Sandoval, el médico Rafael Montes Rodríguez, el ingeniero Edmundo Jiménez Suso, Isidro Fernández Siurob, el veterinario Álvaro Larrondo Ojeda y su concuño ingeniero Armando Ramos Martínez. Sus cuñados los Palacios Alcocer fueron como sus hermanos, siendo sus consentidos Manuel y Mariano, por quienes sentía especial predilección. Toño fue buen hijo, buen padre, buen yerno, buen cuñado, buen tío y buen esposo. Educado por naturaleza, fue algo celoso de sus hermosas hijas y corría a los novios y aspirantes a las diez de la noche invariablemente.

A pesar de sus éxitos empresariales le llamaba la atención la política local y nunca realizó su sueño más grande, ser alcalde de Querétaro, entre otras razones porque en la sucesión municipal de 1976 se le “atravesó” un jovencito de 23 años llamado Mariano Palacios Alcocer, por decisión del mismísimo José López Portillo, presidente de la República; y ya después ese joven llegó a gobernador del estado en 1985 y no podía postular a su cuñado por reglas no escritas de la política priista. Aun así, Toño participó en el Partido Revolucionario Institucional con los ganaderos, lideró la cnop en tiempos del gobernador Antonio Calzada Urquiza y tuvo cierta amistad con Rafael Camacho Guzmán por liderar también a los concesionarios del transporte de pasajeros.

Fue taurino a morir y frecuentemente se le veía en el palco de la Plaza Santa María, acompañado de su apreciable familia. Su torero preferido fue Paco Camino, aunque no le disgustaba el Divo de Monterrey, es decir, “el modesto y abstemio” de Manolo Martínez. Con sus parientes Eduardo Loarca Castillo y Lalo Gutiérrez El Loco se pasaba horas con risotadas que le provocaban hasta dolor de costillas por las ocurrencias de los citados personajes.

Toño también gustaba de pasar las tardes del fin de semana en su risueña casa de La Cañada, construida sobre un terreno que le regaló su tío Alfonso, y donde tenía un barril hinchado de tequila original, envasado especialmente para él, mismo que vaciaban quien esto escribe, sus hijos Roberto y Reynaldo y Sergio Sánchez Bayardo en noches de bohemia, rellenándolo después los muy pen… con agua dizque para “que Toño no se diera cuenta”.

Fue un enamorado de los carros buenos y tuvo especial esmero en conservar su Crown Victoria rojo vino de dos puertas, que cuando su hija Esther lo llevaba a la Facultad de Derecho nos hacía sentir un poco más jodidos a los miembros de la perrada.

Incondicional de los libros, gustaba de leer historia y novela histórica, dejando inconclusa Noticias del Imperio de Fernando del Paso cuando un tráiler le invadió su carril en la carretera vieja al puerto de Acapulco el infausto 28 de octubre de 1988. ¡Cómo lloró Querétaro su partida! El templo del Rayo fue insuficiente para albergar a los queretanos que nos dimos

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