Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

EL QUERÉTARO MADRUGADOR 

Le pregunto a mis cuatro lectores ¿dónde quedó ese Querétaro tempranero que a las cinco de la mañana ya registraba actividad en el centro y en el área de los mercados públicos? Qué bonito era acudir a misa a La Cruz a las seis am y ya encontrarte a la salida a los vendedores de jugos, gelatinas, tamales y atole, con los consabidos medio crudos pidiendo sus pollas con las horrorosas pero nutritivas yemas de huevo y el ansiado jerez. Qué gratificante era para los madrugadores que pasaban por el entonces jardín Obregón y consumir esos mismos productos en la eterna esquina de Madero con Juárez, o meterte a esas olorosas boticas viejas donde comprabas lavanda, ajenjo, ruda, apestosa pero tranquilizante valeriana, agua de rosas, jabón del entonces no aristócrata Tío Nacho, creolina para quitar pulgas a tus perros, gasolina blanca para desmanchar ropa y hasta la famosísima prodigiosa para poner a trabajar a los crudos. ¡Sí señores! Esos expendios no contaban con las burocráticas licencias (en esa época concesiones) para vender alcohol, pero cómo acudían nuestros abuelos a “hacer la mañana”, es decir, antes de irse a trabajar a la parcela o a la fábrica –después de santiguarse- echarse en el gaznate una prodigiosa o una piedra, para rendir en el trabajo. No se la seguían como otros que yo conozco, sino que solamente les nivelaba la glucosa y el alcohol en la sangre y nadie se espantaba, ni los patrones más sangrones. ¡Nadie requería reloj despertador para levantarse, ya que las campanas de los templos hacían esa función anunciando las misas de seis, siete u ocho de la mañana!

Los enfermos de cualquier mal no tenían que hacer largas filas en las oficinas de Salubridad para ser atendidos como ahora, sino que llegaban desde las cinco de la mañana a cualquier botica de la calle Juárez a que les recetaran y que de una vez les inyectaran arriba del mostrador con una jeringa enorme de metal, de esas que ponían a hervir dizque para esterilizarlas y que –ahora sabemos- contenían muy escondido el germen de la hepatitis C que mató a mi abuelita Josefina Pérez y casi mata a “El Divo de Linares” Raphael. Claro que el decorado de esos expendios era tenebroso: el olor a medicinas naturales, alcohol rojo, vainilla y romero, en una sinfonía con sus muebles de madera y luces mortecinas que apenas se reflejaban en sus viejas paredes pintadas de un verde militar.

En los mercados públicos como el “Pedro Escobedo” (mal llamado Mariano Escobedo a partir de 1967), el “Hidalgo” desde 1949, “La Cruz” (en su ubicación original desde el siglo XVIII frente al templo) y el de “El Tepetate”, se notaba el bullicio antes de las seis de la mañana, en que los mercaderes no establecidos, es decir, los auténticos tianguistas, madrugaban por encontrar un lugar permitido dónde ofrecer sus originales mercancías, todas de primera necesidad y no piratería. ¡Todavía recuerdo cómo se peleaban sus lugares los que buscaban vender en el tianguis de La Cruz (mercado actual Josefa Ortiz de Domínguez) desde las seis de la mañana los domingos en los años ochenta)! ¡Qué hermoso era despertar con el ruido de los caballos percherones y sus carretones de la ex haciendade Carretas repartiendo leche bronca!

Gorderas, tortilleras, tamaleras, atoleras, gelatineras y jugueras abarrotaban el Centro Histórico de puestos que se retiraban a las once de la mañana y que menudeaban sobre todo en la proximidad del ISSSTE ubicado en la Plaza de Armas y en el IMSS sito entonces en la calle Juárez casi esquina con Pino Suárez, en lo que hoy llamamos “Casa de la Asegurada”. Pero todo aquello quedó en el olvido ante el nacimiento de un Querétaro urbano pero hedonista, alejado de la Aldea Local para apostar por la Aldea Global que le ha dado progreso pero no desarrollo pleno.

Hoy los mañaneros ya no tenemos más que irnos a un gimnasio o a un deportivo para comenzar el día, porque si quieres desayunar en la calle nomás existen tacos de canasta en Zaragoza y Guerrero o los tamales de Arteaga a las siete de la mañana. El insaboro e incoloro Vips del jardín Zenea abre a las siete am, pero ¿a quién se le antoja su café quemado y sus pírricos y caros platillos? Eso sí, te venden con el alimento y las bebidas la vista del hermoso jardín central en la otrora plaza de San Francisco. Pero qué creen mis amigos: Bisquets Obregón ya tiene quince días abriendo desde las siete de la mañana frente al jardín Santa Clara, con buena carta y excelente panadería; siempre está lleno, lo que comprueba que hace falta oferta gastronómica y de servicios desde las siete. Desde las 07:30 horas ya está abierto el restaurante del hotel “Señorial”, con sus cafés capuccinos y sus huevos motuleños que al mismo Felipe Carrillo Puerto se le antojarían. También a esa hora abre puertas frente al Archivo Histórico “La Zandunga”, con comida bien sazonada y económica.A las ocho am van abriendo otros negocios como el sustituto del legendario café “El Arcángel”: “El Almozero”, cuyos café con leche y churros no están mal, ni sus tortillas hechas a mano, pero lo siento cariñoso para ser antojitos.

A las ocho también ya abrieron la crepas “Vilemot” en el jardín Guerrero, con sus cafés gourmets, lo mismo que el muy chiapaneco “Grumlich”, en lo que fue la zapatería “De Lú”, es decir, de mi elegante amiga Lulú Montes de Pedraza. Si eres rico y tradicionalista a las ocho ya te puedes meter a la mítica “La Mariposa”, con su gran baraja de platillos, bebidas y postres. “Fin de Siglo” ya no lo recomiendo desde que se volvió cervecería y taquería y perdió caché. Todavía extraño ese restaurante de Woolworth donde con un potente aire acondicionado podías sentarte en su barra y desayunar unas exquisitas enchiladas verdes con una muy fría “Pepsi”, cosa que duró hasta mediados de los años ochenta: ahora ni sus palomitas venden, mismas que olían deliciosamente la calle de Madero, antigua calle de El Comercio. Hasta el anti crudería negocio de a un lado, donde se consumen sobre todo empanadas, sigue abierto, pero abre muy tarde.

Si alguien anda crudo y le urge un alipús, aunque sea disfrazado de mimosa, pues debe de tener dinero para meterse a “La Marquesa”, porque “el Tikua” y sus mezcales ya abre hasta la una pm. Los jodidos tienen que aguantarse hasta las diez que abra “El Monje”, “Barrio Alegre”, “Bar 201” o “comprar para llevar” en un Oxxo que no quede cerca de una escuela o templo. Si te atreves a ir a la colonia Casa Blanca y meterte a “El 7”, vas bajo tu responsabilidad porque te pueden matar o asaltar. Algunos hoteles elegantes ofrecen su desayuno brunch en que el bufett está rociado con bebidas espirituosas desde las siete am, pero los jodidos no tienen acceso a ello.

Es increíble ver cómo los otrora tianguistas del Tepetate o de La Cruz ya heredaron o traspasaron sus puestos a gente eggona que va abriendo hasta las diez de la mañana. Solamente los jugos chingones y el señor de la cecina y su chorizo verde (me refiero a la vianda caones) abren temprano.

Los más huevones son los comerciantes del primer cuadro, ya que si te urgen zapatos, ropa, trajes, vestidos de novia, electrónicos, mercería u otras bagatelas tendrás que esperarte hasta las once, aunque algunos –muy pocos- abren a las diez. Sí señores, con tal de no pagar dos turnos a sus empleados, los judíos mercaderes abren sus cortinas a las once am y cierran a las ocho pm, quedando algunos cafetines y restaurantes abiertos solamente hasta las diez. Claro, los bebederos deprimentes y los bebederos elegantes pueden abrir hasta las dos de la madrugada, pero sin cocina abierta. ¡Es desconsolador que una ciudad tan importante como la nuestra no tenga un lugar abierto dónde cenar saliendo de un concierto! Algún hotel como el “Mercury” a lo mejor te espera hasta las 23 horas, pero fuera de éste en todos los demás lugares ya cerraron cocina y solamente venden alcohol. No te queda más que ir a “La Cabaña” -night club- o a un puesto de tacos y garnachas a llenar de humo y grasa de otro hogar tu elegante vestuario. Claro, y no necesito aclarar, que un Divo no va de pants a un concierto, y menos con la Filarmónica del Estado. En conclusión, los queretanos nos hemos vuelto menos madrugadores y más huevones, sobre todo porque en las noches hay más servicios etílicos que gastronómicos y eso no es de una ciudad de clase mundial. Les vendo un puerco huevón y alcoholizado.

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