Andrés Garrido del Toral

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QUERETALIA

EL QUERÉTARO FUTBOLERO 

Por séptima vez somos eliminados en octavos de final y el anhelado quinto partido en un Mundial de futbol profesional no llega allende nuestras fronteras. Solamente fuimos capaces de llegar a esa meta en México 70 y México 86, vapuleados 4-0 por Italia en Toluca y por Alemania en Monterrey en penaltis, respectivamente.

México ya sabe ganarle a los grandes pero no en partidos decisivos, en aquellos encuentros donde se juegan la vida y continuación en un torneo. Tenemos a la mejor generación de futbolistas profesionales y la mayor cantidad de jugadores de exportación jugando o calentando bancas en Europa, pero los resultados son los mismos. Quizá lo que haga falta no es cambiar de jugadores ni de entrenadores sino de dueños de la pelota y el dinero.

¿Qué nos pasa que no podemos ser capaces de avanzar de esa meta conseguida consecutivamente desde 1994? No lo puedo explicar si no echo mano de la Antropología y la Psicología, por ello acudo a Octavio Paz para que nos explique nuestra atadura a los fracasos, a nuestro sino de tragedia y nuestro miedo al éxito.

“La historia de México es la del hombre que busca su filiación, su origen. Sucesivamente afrancesado, hispanista, indigenista, “Pocho”, cruza la historia como un cometa de jade, que de vez en cuando relampaguea. En su excéntrica carrera, ¿qué persigue? Va tras su catástrofe: quiere volver a ser sol, volver al centro de la vida de donde un día –en la Conquista o en la Independencia – fue desprendido. Nuestra soledad tiene las mismas raíces que el sentimiento religioso. Es una orfandad, una oscura conciencia de que hemos sido arrancados del Todo y una ardiente búsqueda: una fuga y un regreso, tentativa por restablecer los lazos que nos unían a la creación.”

“¿Qué es la chingada? La chingada es la Madre abierta, violada o burlada por la fuerza. El ‘hijo de la chingada’ es el engendro de la violación, del rapto o de la burla. Si se compara esta expresión con la española ‘hijo de puta’, se advierte inmediatamente la diferencia. Para el español la deshonra consiste en ser hijo de una mujer que voluntariamente se entrega, una prostituta; para el mexicano, en ser fruto de una violación.”

“La Virgen es el consuelo de los pobres, el escudo de los débiles, el amparo de los oprimidos. En suma, es la Madre de los huérfanos. Todos los hombres nacimos desheredados y nuestra condición verdadera es la orfandad, pero esto es particularmente cierto para los indios y los pobres de México. El culto a la Virgen no sólo refleja la condición general de los hombres sino una situación histórica concreta, tanto en lo espiritual como en lo material. Y hay más: Madre universal, la Virgen es también la intermediaria, la mensajera entre el hombre desheredado y el poder desconocido, sin rostro: el Extraño. Por contraposición a Guadalupe, que es la Madre virgen, la Chingada es la Madre violada. Se trata de figuras pasivas. Guadalupe es la receptividad pura y los beneficios que produce son del mismo orden: consuela, serena, aquieta, enjuga las lágrimas, calma las pasiones. La Chingada es aún más pasiva. Su pasividad es abyecta: no ofrece resistencia a la violencia, es un montón inerte de sangre, huesos y polvo. Su mancha es constitucional y reside, según se ha dicho más arriba, en su sexo. Esta pasividad abierta al exterior la lleva a perder su identidad: es la Chingada. Pierde su nombre, no es nadie ya, se confunde con la nada, es la Nada. Y sin embargo, es la atroz encarnación de la condición femenina en el pueblo conquistado.”

“Si la Chingada es una representación de la Madre violada, no me parece forzado asociarla a la Conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias. El símbolo de la entrega es la Malinche, la amante de Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al conquistador, pero éste, apenas deja de serle útil, la olvida. Doña Marina se ha convertido en una figura que representa a las indias, fascinadas, violadas o seducidas por los españoles: Y del mismo modo que el niño no perdona a su madre que lo abandone para ir en busca de su padre, el pueblo mexicano no perdona su traición a la Malinche. Ella encarna lo abierto, lo chingado, frente a nuestros indios, estoicos, impasibles y cerrados. Cuauhtémoc y doña Marina son así dos símbolos antagónicos y complementarios. Y si no es sorprendente el culto que todos profesamos al joven emperador –”único héroe a la altura del arte”, imagen del hijo sacrificado–, tampoco es extraña la maldición que pesa contra la Malinche. De ahí el éxito del adjetivo despectivo “malinchista”, recientemente puesto en circulación por los periódicos para denunciar a todos los contagiados por tendencias extranjerizantes. Los malinchistas son los partidarios de que México se abra al exterior: los verdaderos hijos de la Malinche, que es la Chingada en persona. De nuevo aparece lo cerrado por oposición a lo abierto.”

“¡Viva México, hijos de la Chingada! Verdadero grito de guerra, cargado de una electricidad particular; esta frase es un reto y una afirmación, un disparo dirigido contra un enemigo imaginario, y una explosión en el aire. El que chinga jamás lo hace con el consentimiento de la chingada. Es un verbo masculino, activo, cruel: pica, hiere, desgarra, mancha; lo chingado es lo pasivo, lo inerte, lo abierto. Para el mexicano la vida es una posibilidad de chingar o de ser chingado. El Macho es el gran Chingón. Una palabra resume la agresividad, impasibilidad, invulnerabilidad, uso descarnado de la violencia…”

“Nuestro grito es una expresión de la voluntad mexicana de vivir cerrados al exterior, sí, pero sobre todo, cerrados frente al pasado. En ese grito condenamos nuestro origen y renegamos de nuestro hibridismo. El mexicano condena en bloque toda su tradición, no quiere ser ni indio ni español.”

Les vendo un puerco chingado que no vive el presente ni construye su futuro por tener resentimientos de cinco siglos. ¡He
dicho!

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