Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

EL QUERÉTARO CONSERVADOR I

Cansado de la escasa movilidad de la estrangulada ciudad capital de Santiago de Querétaro, en octubre pasado me planteé el perderme en la Sierra Gorda por unos días, concretamente en el mirador de Cuatro Palos en el municipio de Pinal de Amoles. Pensé en invitar a un buen amigo, pero después de muchas divagaciones me dije que era el momento de reencontrarme conmigo mismo y con Dios, por lo que la soledad de las montañas era el sitio propicio para ese fin. Manejé mi camioneta hasta la comunidad de La Cañada, del municipio pinalense, para después subir una pronunciada cuesta de terracería a lo largo de cinco kilómetros hasta llegar a la muy bucólica comunidad de Cuatro Palos, donde dejé el vehículo y me apresté a caminar durante veinticinco minutos por un bellísimo sendero arbolado, enmarcado por bellas florecitas y ardillas, estremeciéndome al escuchar debajo de la hojarasca el movimiento de las víboras de cascabel y la muy segura presencia de escorpiones y ciempiés en su húmedo suelo rojizo.

Después de este baño de naturaleza fértil llegué al punto más alto situado a 2770 metros sobre el nivel del mar, tocándome por fortuna el cielo intensamente azul limpio de toda nubosidad. Acordándome de la conseja popular -repetida tantas veces-, intenté divisar en el lejano horizonte las nevadas cumbres de los volcanes del Valle de México y no alcancé a verlos, quizá por la contaminación que flagela nuestro tiempo o por las condiciones climatológicas del Anáhuac, pero aun así  me di por bien servido al contemplar extasiado el cerro de la Media Luna en su parte oriental, el campamento de Las Trancas, la misión y pueblo de Bucareli, la Sierra de El Doctor, el pico de San Cristóbal de San Joaquín y las altas cimas de los municipios hidalguenses ribereños con el Río Moctezuma o de “El Desagüe”. Una vez saciado mi apetito visual me acerqué a las afanosas mujeres que ofrecen en el lugar servicio de alimentos y hospedaje –a través de una cooperativa integrada exclusivamente por féminas- con el objeto de devorar en la cocinita de leña enchiladas serranas con cecina y aromático café de olla de la localidad, además de informarme de la renta de un modesto cuartito. Apalabrado con las muy trabajadoras mujercitas me dispuse a introducir mis pertenencias al muy humilde cotarro campestre y me dispuse a contemplar el sol poniente, imaginando sobre el campo queretano la Rosa de Bengala de Borges, pero aplicada no a las cúpulas de mi ciudad natal sino a la zona más bella de mi muy bello estado.

El manto de la Señora Noche cubrió con sus sombras mi horizonte y alcé la vista para contemplar el cielo cubierto de estrellas, descubriendo en el oriente la salida de una inmensa luna llena, ¡de octubre!, luminosa como fantasma, que me anunciaba una noche llena de sorpresas. Con ese cuadro encantador me dispuse a orar, entrando inmediatamente en comunión con el Creador, al que agradecí tantas bendiciones recibidas. Cuando el frío templado me advirtió de la llegada de la medianoche terminé mi diálogo con Dios y me dispuse a dormir en un modesto camastro hecho de leños, pegando los ojos inmediatamente y alcanzando el sueño más profundo que en mi vida había tenido. No recuerdo la hora que era cuando desperté sobresaltado al escuchar las ruidosas pisadas de un corcel cabalgando a rienda suelta para luego frenar de manera repentina frente a mi cabañita, lanzando un terrible relincho que impuso pavor a mi ánimo. Con mucho temor salí a ver qué ocurría alrededor de mis aposentos, muy extrañado, porque las mujercitas cooperativistas me habían advertido que esa noche no tenían reservadas cabañitas ni espacio de campismo para ninguna persona, que yo iba a ser el único huésped. La luna ya casi estaba llegando al cenit y los pájaros y gallos todavía no iniciaban su trinar y canto, pero ya se adivinaba la cercanía del amanecer por el intenso frío que sentí.

Al avanzar unos pasos me encuentro con un cuadro impresionante: un hombre de unos cuarenta y siete años, piel morena, pelo negro hirsuto, delgado, con uniforme militar color verde y ojos brillantes y negros montaba el misterioso caballo que me había  despertado. Sobreponiéndome a la primera impresión intenté balbucear unas palabras preguntándole al caballero su identidad, pero él se me adelantó y con voz firme y clara me dijo que no me asustara, que venía a conversar conmigo para aclarar unos temas polémicos de su pasado que no lo dejaban descansar en paz y que deseaba con toda el alma que el Cronista de Querétaro publicara su verdad ahora que se acercaba el aniversario 150 de su muerte y la del segundo Imperio mexicano. ¡Mi sorpresa no tuvo límites! ¡Se trataba nada más y nada menos que de don Tomás Mejía Camacho, el bravo conservador e imperialista que murió junto con Miramón y Maximiliano de Habsburgo el 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas! Una vez repuesto de tanto susto me dispuse a escuchar la verdad de ese penitente de ultratumba, sin bajarse él de su cabalgadura ni yo sentarme en las piedras cercanas ni ofrecerle mi cuartucho para llevar a cabo la conversación.

Carraspeando me confirmó lo que yo me imaginé: “soy Tomás Mejía Camacho, nacido en 1820 aquí cerca, en el rancho El Toro, de la hoy Delegación Bucareli del municipio de Pinal de Amoles, nada de que nací en Xichú ni en Tierra Blanca Guanajuato, soy queretano como el que más, aunque en el año de mi nacimiento todavía la alcaldía mayor de Cadereyta y el corregimiento de Letras de Querétaro no se juntaban para crear el estado de Querétaro. Nací un año antes que se consumara la independencia nacional, pero mi padre, Cristóbal Mejía, fue un militar insurgente, nacido en esta tierra, que luchó contra los realistas en Sierra Gorda y precisamente fue él, don Cristóbal Mejía, quien me enseñó desde muy chico el arte de la guerra, ya que además fue comandante insurgente en San Pedro Escanela y luego en Bucareli, con el grado de coronel de la Comandancia Militar de Sierra Gorda. Es mentira que un tal Darío Bissarda (Isidro Barradas, brigadier español, encargado de la reconquista de Nueva España) me haya instruido militarmente en Jalpan; eso es un chisme inventado por el poeta Juan de Dios Peza”. “Me enlisté en el ejército nacional para defender a México en la guerra contra los Estados Unidos entre los años de 1846-1848, cuando nos despojaron de más de dos millones de kilómetros cuadrados los malditos gringos y por ello, al coquetear con los Estados Unidos de Amnesia los liberales –y Juárez en particular- decidí hacerme conservador y más tarde imperialista.”

“Siempre respeté las ideologías y fui generoso en las batallas con los rivales  vencidos, nunca maté y mucho menos asesiné; a la gran mayoría de mis prisioneros les dejaba en libertad o los confinaba a las cárceles pero nunca fusilaba, mucho menos a los jefes y oficiales de alta graduación, y de ello pueden dar fe Mariano Escobedo y Jerónimo Treviño, a quienes dejé en libertad después de haberlos derrotado en Río Verde”. Me siguió contando que “nunca abrazó la ideología liberal por ser pro yankee ésta, además de que él, Tomás Mejía, era creyente y devoto de Santa María de Guadalupe, la Reina de México y Emperatriz de América”.

“Los mismos pocos liberales queretanos pueden dar cuenta de que jamás robé al erario público y que respeté sus vidas y haciendas, dejándolos inclusive en libertad a pesar de las reprimendas que yo recibía de mis superiores como Leonardo Márquez; entre los beneficiarios de mi buen corazón están el mismísimo general José María Arteaga, Hipólito Alberto Viéytez, los hermanos Frías y Soto y don Bernabé Loyola.”

Con emoción poco disimulada y ojos vidriosos por las nacientes lágrimas que se negaban a brotar del todo me contó que “más que Mariano Escobedo o Benito Juárez, quienes le ofrecieron a él y a su esposa su libertad para escapar del sitio o del ex convento de Capuchinas en la ciudad de Querétaro y evitar el fusilamiento fueron Hipólito Alberto Viéytez –a la sazón secretario general de gobierno de Querétaro a la Restauración de la República-, el general republicano Jerónimo Treviño y el capitán Alcaraz, pero yo renuncié a esos favores para no huir como un bandido y manchar el nombre de mis hijos, además de que no estaban incluidos en el proyecto de fuga ni Miguel Miramón ni Maximiliano de Habsburgo”. “Al morir dejé en la más completa miseria a mi segunda mujer, la potosina (no tolimanense como aseguran) Agustina Castro, veintidós años menor que yo, la que me dio dos niños: una mujercita que nació baldada y un varoncito, mismos a los que en 1877 ayudó el presidente de la República, don Porfirio Díaz, con ayuda económica y una beca para estudiar, concretamente al varón, al mismo que inscribió en el Colegio Militar. Mi mujer Agustina se negó a irse a la corte austríaca en donde los familiares de Maximiliano la asistirían junto con mis retoños. La pensión del ejército la recibió mi primera mujer, lo que quiere decir que la ayuda a mi familia Mejía Castro salió del bolsillo personal del general Porfirio Díaz”.

Comenzaba la aurora a enseñar sus rosáceos dedos en el firmamento oriental cuando me atreví a pedirle que no se fuera sin antes decirme si fue héroe, traídos o mártir, a lo que con voz clara y casi gritando me respondió: “ni héroe ni traidor, mucho menos mártir, ya que si bien caí en defensa de mi fe no me siento digno de ese honor por parte de la Iglesia Católica, pero de una vez niego que haya sido traidor a mi patria. Yo creí en un proyecto político que me ofrecía respeto por mi religión y mi virgencita de Guadalupe, pero que también era contrario a la intrusión de los Estados Unidos en los asuntos mexicanos. Si no fui republicano ni liberal fue simplemente porque éstos siguieron permanentemente la filosofía yankee del Destino Manifiesto y entregaron México a los nefastos gringos. Caí en Querétaro, pero con la cara al sol y con la frente en alto, dejando a mis hijos un nombre limpio”.

Al azuzar a su noble bestia para emprender la retirada, el general Tomás Mejía –a quien los serranos siguen llamando “Jamás Temió”- me lanzó un último adiós y un objeto metálico rogándome que rezara por su alma. Entonces el cielo del amanecer pinalense se encapotó y unos truenos seguidos por rayos impresionantes me turbaron el alma y el cuerpo, por lo que decidí meterme a mi cotarro a esperar que escampara en el exterior y bajara mi tormenta interior. Prendí una vela que estaba en mi humilde mesita de noche y me dispuse a examinar el objeto de metal que me lanzó don Tomás Mejía y ¡¡¡mi estupor no tuvo límites cuando descubrí dentro de la cápsula de plomo un papelito firmado por “Jamás Temió” donde me expresaba que ésa era la bala con la que le dieron el tiro de gracia aquella mañana del 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas!!!

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