Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

EL QUERÉTARO CONSERVADOR

Para casi terminar, quiero mostrar a mis cinco lectores cuál era el ambiente y cuadro de la humilde casa de la viuda de Mejía y el aspecto de ésta y de su hija que nació baldada justo antes del fusilamiento de su padre en Querétaro, según como las vio el periodista Víctor M. Venegas en 1891:

“Allá, cerca de la garita, en una de esas casas, recuerdos del México antiguo; casas en que la luz huye espantada de la oscuridad, el aire no osa penetrar y el sol apenas se atreve a espiar por la mal ensamblada puerta; en una de esas casas que hace recordar a Londres por sus brumas, a Irlanda por sus miserias, a Constantinopla por su abandono, vegeta en el olvido una digna y noble mujer.

Figuraos un estrecho pasillo que sirve de patio y de entrada. En un ángulo un brasero que por el ningún polvo que lo cubre, por las ningunas trazas de rescoldo que presentan sus hornillas, acusa que poco, muy poco, se tiene necesidad de sus servicios. Atravesad rápidamente ese patiecillo para que no os contriste el aire de miseria que revela y penetrad en la puerta del fondo, frontera a la entrada. La decoración cambia… allí hay aún más tristeza; la miseria, si cabe, se acentúa todavía más.      

El cuarto, pequeño, de paredes que algún tiempo fueron blancas, deja ver a trechos, como descarnadas costillas de sucio esqueleto, el gris adobe y la fina toba volcánica formando el simétrico emparrillado de rejón.

Decorando, hacen más visible la pobreza de la habitación, un desvencijado ropero, restos de relativa opulencia, en el fondo; una mesa en un costado, al pie de ésta, una viga con cuatro maderos, que sirven de banca y una silla, escapada de un ajuar de comedor, en un ángulo. Nada que haga parecer la visible caducidad de las paredes; nada que haga recordar el asomo siquiera de la más insignificante comodidad. La miseria. La más cruel y horrorosa miseria reina allí en absoluto.

Cuando penetré al aposento sentí la impresión de frío que debe sentirse al descender al fondo de una tumba. El cuadro que presencié era conmovedor. A la izquierda, cerca de la puerta, una joven pálida, vestida con humilde traje negro, sentada en el piso, tejía maquinalmente algún punto de Crochet; a su lado dos hermosos niños de cabellos rubios como el oro, uno; de fisonomía dulce y hermosos ojos la otra, jugaban con un carrete. ¡Quizás jamás hayan conocido más juguete que aquél! 

La joven mostróse sorprendida, quizás contrariada. Tal vez instintivamente me reprochó el que hubiera ido a sorprender el secreto de sus miserias. “¿La señora viuda del general Mejía?” Pregunté. Con afable sonrisa me indicó, acompañándola de un movimiento de la mano, a una señora en que hasta entonces no había reparado  y que se adelantó a recibirme.

Alta, esbelta, mostrando en su fisonomía los sufrimientos y azotada por la miseria, restos de opulenta hermosura. Blanca, con esa blancura mate que solo tienen los lirios y los cisnes, con hermosísimos ojos negros de pupila sedienta de luz; ojos a los que no han podido robar su brillo 20 años de lágrimas y duelos, la señora de Mejía es el perfecto tipo de mujer hermosa.

Su rostro de óvalo perfecto, de frente abovedada, boca pequeña y nariz griega, está coronado con abundante cabellera que el pesar ha emblanquecido, dejando apenas rastros de ébano en la nieve.

La señora Castro de Mejía, aunque solo tenía 45 años, representaba tener sesenta, y sin embargo su hermosura ha podido sobrevivir al naufragio de sus ilusiones, de sus esperanzas, de sus dichas. Es lo único, ¡amarga ironía!, que la acompaña de su pasado sonriente, de su época feliz. En rigor no puede decirse que hoy sea una mujer bella; fue hermosa y hoy es respetable.

Me recibió afablemente, con delicadezas que sólo las mujeres saben tener y dignidad propia de una reina. Ha caído, sí, pero no ha descendido. Ha caído como los gladiadores: en postura arrogante y con la cara vuelta al sol…”

Me sigue contando Rubén Páramo que es falso que los restos del general Mejía los conservara la viuda insepultos por tres meses en su casa en la hoy Ciudad de México. También me repite que el capitán Alcaraz, liberal  que apreciaba al general Mejía, le ofreció a la señora  Mejía que le facilitaría la huida de éste, misma que no aceptó el bravo serrano, diciéndole don Tomás a su esposa lo siguiente: “De una vez quiero que me escuches lo que tengo que decirte. Soy pobre pero honrado; al morir nada tengo que dejar a ustedes, sino mi cadáver y, a mis hijos, un nombre sin mancha. Muero satisfecho porque creo haber cumplido con mi deber. Podré haberme equivocado, pero si me equivoqué -Dios que juzga las intenciones- sabrá apreciar las mías que no fueron otras que la de procurar el bien de mi país. No quiero manchar con una acción indigna  mi nombre honrado. Peleé como bueno, fui vencido, caí al lado de los míos, ellos mueren, los acompañaré; lo demás sería una infamia y una infamia jamás la cometeré.”

“Sin duda alguna el general Mejía es un personaje ilustre de la historia de Querétaro y México muy a pesar de las opiniones de pseudo revolucionarios y liberales actuales que no tienen ninguna calidad moral para juzgar a este personaje. Los hechos hablan por sí solos: el general Tomás Mejía, mexicano, natural pame-jonás puro, sin mezcla de sangre, nacido entre las montañas de la Sierra Gorda queretana, en el municipio de Pinal de Amoles,  oriundo de Bucareli –para ser preciso, respetado por los liberales y admirado por los conservadores, fue valiente y leal  hasta la muerte y magnánimo en la victoria”- termina el cronista pinalense Rubén Páramo.

A pesar de que sí hubo intentos de republicanos por salvar a Tomás Mejía de la pena capital, la aplicación de la Ley del 25 de enero de 1862 no salvaba del patíbulo a “Jamás Temió” aunque tuviera como abogado al mejor letrado liberal de la época en Querétaro: Próspero C. Vega, que llevó una magnífica defensa, pero la notoriedad de los cargos era evidente, a saber: Delitos contra la independencia y la seguridad de la Nación, en su modalidad de servicio voluntario de mexicanos en las tropas extranjeras enemigas; enganchar a ciudadanos de la República –sin licencia del Gobierno- para servir a otra potencia o para que se unan a extranjeros que hayan invadido el país; rebelión contra las instituciones políticas y las autoridades legítimamente constituidas, alzamiento sedicioso dictando alguna providencia propia de la autoridad; asonadas y alborotos públicos portando armas; arrogarse ilegítimamente el poder supremo de la Nación o de algún estado (Mejía ocupó su última gubernatura queretana del 17 al 26 de noviembre de 1863); reo cogido infraganti en cualquier acción de guerra.

Esta durísima norma hecha en tiempos de guerra no permitía el indulto. Manuel Doblado dijo de ella que “era una Ley dura en sí misma, pero dictada en odio al crimen y no contra determinadas personas”. Quiero decir a mis lectores que en la etapa de declaración ante el Fiscal no admitía abogado defensor, y que se le daba muy poco tiempo de defensa al acusado, apenas tres días para contestar las imputaciones.

Personajes de la época y actuales siguen considerando que el llamado juicio contra Maximiliano, Miramón y Mejía fue una farsa, un circo, una trágica comedia, porque bien pudo Mariano Escobedo fusilarlos de manera expedita de acuerdo a la ley en cita. Coincido con don Justo Sierra cuando escribe que “el juicio sirvió para que el Gobierno respondiera de sus actos ante la opinión pública extranjera”.

Maximiliano creyó siempre q ue el Derecho Internacional (Jus Gens) y sus inmunidades y fueros lo protegerían, olvidando su Ley del 3 de octubre de 1865 por la que se asesinaron a muchos prominentes liberales. Miramón sabía que era odiado y aparecía en leyes que no le otorgaban el indulto. Mejía fue mencionado como excepción en la primera ley de indulto, es decir, no se lo concederían, pero en la segunda ley de amnistía su nombre fue borrado por Manuel Doblado en un claro gesto de nobleza ante el noble serrano queretano.

Las contestaciones de Mejía en su juicio fueron muy inocentes, admitiendo sus culpas justificando el por qué de manera tímida, quizá su odio contra los gringos; solamente hasta la tercera ampliación de declaración se atrevió a recordarle a sus verdugos el que les había salvado la vida a Mariano Escobedo y a jerónimo Treviño, entre otros muchos jefes liberales.

No sé si es candidato para ocupar un lugar de honor en el Panteón de las Personas Ilustres de Querétaro, pero yo sí lo dejaría cenar en mi casa, educar a mis hijas y ser su amigo si es que hubiera vivido en su tiempo. A ver qué opina la Secretaría de la Defensa Nacional el día que la autoridad municipal decida revivir este polémico asunto. Les vendo un puerco noble y patriota.

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