Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

EL QUERÉTARO CONSERVADOR 

Nos quedamos amables lectores en que Agustina Castro relata al periodista Víctor Venegas de “El Universal” cómo fueron los intentos de liberar del paredón a su esposo Tomás Mejía, “Jamás Temió”, así que cedo la escritura al Armero del siglo XIX:

(Al habla Agustina viuda de Mejía) “una noche, repito, se acercó a verme el capitán Alcaraz que, aunque liberal, también sentía profundo afecto por mi marido.

Señora, me dijo; en virtud de mi posición puedo facilitar la fuga del general.

Me comprometo con mi cabeza a sacarlo hasta fuera de las fortificaciones, tenga usted dispuestos caballos; el general es valiente, es audaz, conoce bien el terreno y es seguro que se salvará.

Pero usted se compromete-, le dijo la señora. No tenga usted cuidado, no juego más que la cabeza y estoy tan acostumbrado a tener en nada la vida, que lo mismo da que sea hoy o mañana cuando la pierda. Anímese usted, un hombre tan leal y valiente como el general no debe morir.

La señora en sus diversas entrevistas con su esposo le indicó la idea del generoso capitán.

Al oírla Mejía se sonreía con la melancólica sonrisa que le era habitual y solo le decía acariciándola tiernamente.

No sea niña, no seas tonta.

Redoblaba ella sus esfuerzos; le hacía comprender el porvenir de miseria que le esperaba tanto a ella como a sus hijos, la suerte de esos pobres niños que quedaban sin amparo; la de ella que no contaba con más apoyo que él. Mejía la escuchaba dolorosamente, silencioso y meditabundo. Cuando concluyó aquélla de hablar le dijo:

De una vez quiero que me escuches lo que tengo que decirte. Soy pobre pero honrado; al morir nada tengo que dejar a ustedes, sino mi cadáver, a mis hijos un nombre sin mancha. Muero satisfecho  porque creo haber cumplido con mi deber. Podré haberme equivocado, pero si me equivoqué -Dios que juzga las intenciones- sabrá apreciar las mías que no fueron otras que la de procurar el bien de mi país.

No quiero manchar con una acción indigna  mi nombre honrado. Peleé como bueno, fui vencido, caí al lado de los míos, ellos mueren, los acompañaré; lo demás sería una infamia y una infamia jamás la cometeré. Al ver la esposa la inquebrantable resolución de Tomasito, como cariñosamente lo llamaba todavía, no insistió y se resignó a perderlo. Muerto el general Mejía, la viuda hizo gestiones para recoger el cadáver; consiguiendo el objeto de sus ansias sólo pensando en huir de “la ciudad maldita” para venir a México a reunirse con su hija, niña de dos años que estaba al lado de su familia.

Sus amigos -si alguna vez los tuvo- la habían abandonado por completo. Con los escasísimos recursos de que pudo disponer alquiló un guayín para transportar el cadáver y ella se vino en un carro de trasporte acompañada de los asistentes, fieles acompañantes de sus momentos de angustia.

Llegó a la Ciudad de México, dio cristiana sepultura al cadáver gastando el resto de lo que poseía en el modesto monumento que aún existe en San Fernando y comenzó para ella  el dolorosísimo viacrucis de la miseria y del olvido.

Antes de abandonar Querétaro, el general Escobedo, tutor legal de sus hijos le ofreció asilo en su casa. No aceptó ella por sentimientos que fácilmente se comprenden. ¿Algún comisionado de Austria le hizo proposiciones  para llevarla a la corte de Viena?

No estaría en mi centro, contestaba la señora: Yo soy una pobre ranchera y no una mujer de la corte. No conozco el idioma y por otra parte, pensar que las consideraciones, las comodidades, el dinero de que podría disponer, eran el precio de la sangre de mi marido, me haría daño, no podría sufrirlo.

Vino a México repito y aquí comenzó la vida de la mujer pobre; hoy se empeña una alhaja cuidadosamente escondida como reliquia consagrada; a la alhaja sigue un objeto de menos valor; agotado todo lo que pueda representar algo empeñable, viene la miseria, la fría y descarnada miseria, apenas paliada con el tejido de gancho realizado a vil precio, con el bordado cedido por la vigésima parte de su valor, con la munición que mata, con la costura del cajón.

Pero llega un día en que ni aun esos recursos con todo y su deficiencia pueden ser ya aprovechables. Las penas las fatigas, las largas veladas pasadas a la vacilante luz de una lámpara de petróleo -a fin de terminar la munición, el tejido, el bordado  que han de proveer para el gasto del siguiente día- han determinado casi una ceguera. La vista se niega a servir. Roto el instrumento para qué sirve el músico.”

Estaba llorando yo en mi buhardilla pinalense cuando el médico Páramo me sobresalta para decirme que me cobije bien, pues esa noche nevará en Pinal de Amoles, que en el closet había cobijas de lana y un calefactor aceptable. Le agradecí a mi generoso anfitrión y continué la parte más triste de la historia de esta valiente viuda del sueño imperial del iluso Habsburgo.

“La noble mujer tiene que desempeñar los oficios más humildes, a fin de conseguir un pedazo de pan qué llevar a sus hijos.

¿Y los amigos, y los partidarios y los admiradores del general? Se pregunta. ¡Ah! No escasean las flores y las coronas en el sepulcro del fusilado en el Cerro de las Campanas. Hace quince años las colonias de Los Arquitos no era el barrio aristocrático que todos conocemos. Por una que otra hermosa finca terminada o en construcción, había centenares  de chozas humildes, de jacales miserables donde se albergaba la población obrera.

Corría el año de 1877. Acababa de subir a la presidencia de la República el señor general don Porfirio Díaz y el nuevo gobierno apenas empezaba  a dar sus primeros pasos en la senda de la organización administrativa.

Un día, los escasos habitantes de la parte menos poblada y -por ende- la más pobre del barrio de Los Arquitos, vieron con asombro que un lujoso carruaje -que conducía una elegante comitiva- atravesaba las desiertas calles de la naciente colonia, deteniéndose de cuando en cuando para dar paso a un caballero anciano de tez rubicunda y barba entre cana, que con cierto interés parecía tomar informes  en las chozas del barrio.

La comitiva se dirigió allí; bajó nuevamente y encarándose con una señora que con las mangas remangadas hasta el codo se ocupaba en batir lodo para tapar quizás los agujeros de los muros, le dijo cortésmente:

¿La señora doña Agustina Castro, viuda del general don Tomás Mejía?

Servidora de usted, contestó la interpelada, no respuesta aun del asombro que le causara la inesperada visita.

El señor Presidente de la Republica, que espera afuera, desea le conceda usted el favor de una entrevista- replicó el caballero.

Un rayo que hubiera caído a los pies de la señora, de seguro no le produce  el efecto que estas palabras.

Pálida, cortada y convulsa, no acertaba  a balbucear la más ligera frase. Entretanto, el señor general Díaz -que efectivamente, era quien buscaba a la señora- penetró a la habitación. Repuesta un tanto la viuda de la sorpresa que le causara la visita presidencial, hizo entrar  a todos aquellos caballeros a la única habitación de que se componía la casa y toda turbada ofreció al presidente el único objeto que podía servirle de asiento: un cajón de vino. El presidente la tranquilizó con sus francas maneras; le dijo que -conocedor de su situación- había ido a buscarla: sabiendo  que tenía dos niños quería auxiliarlos con lo poco que pudiera y que puesto que la ley le prohibía decretarle una pensión como a viuda de militar, quería por lo menos que el niño pudiera educarse sin ser gravoso a la madre.

Se informó el general Díaz de adonde se encontraban los chicos (la niña tenía once años  y el hombrecito 9)  y como le dijera la señora que se hallaba en el colegio, fue personalmente a buscarlos, acariciándolos y mimándolos como si fueran sus hijos.

El niño fue puesto en otro colegio y la madre recibió una pequeña pensión para que pudiera atender a la educación de los huérfanos. El

niño creció, entro al colegio militar y después de un tiempo, salió para el Ejército federal.

Enfermedades ligeras y juveniles y otros motivos que ignoramos, hicieron que el joven abandonara la carrera de las armas y la miseria que parecía haber abandonado aquel hogar, volvió abatirse como ave de rapiña haciendo presa a la desventurada familia ¡Hay señor! -me decía la pobre mujer al referirme el rasgo generoso del general Díaz, El señor presidente ha sido nuestro salvador; cuántas veces recurrí a él pidiéndole protección, encontré su apoyo y jamás me negó lo que le pedí. Positivamente fue nuestro salvador y nunca tendremos palabras suficientes para encomiar sus nobles servicios. Lo que yo decía hace trece años no fueron vanas  palabras, he enseñado a mi hijo a respetar el nombre de nuestro protector.

Y como le preguntara qué es lo que había dicho hace trece años, me enseñó  la siguiente carta que por aquel entonces publicaron los periódicos: (Continuará)

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