Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

EL QUERÉTARO CONSERVADOR

Continúo con las memorias de Agustina Castro, la viuda de Tomás Mejía, en una entrevista concedida en 1891 a Víctor Manuel Venegas para “El Universal”:

“Cercana al camino había una hacienda: “La Quemada” era la media noche; aunque con temores se atrevieron a solicitar albergue en la hacienda, les fue concedido, naciendo una hora después un niño que heredó el nombre de su padre.

A la madrugada la infeliz mujer emprendió su marcha para Querétaro, no obstante la reiteradas instancias para que se quedara y el delicadísimo estado de salud. ¡Pero qué importa la vida cuando se trata del cumplimiento del deber!

Una vez en Querétaro dedicó todo su tiempo, todos sus momentos a prodigar consuelos al ser querido de su corazón. Todo el tiempo que se lo permitían estaba en la prisión acompañando a su marido y rodeándolo de  solícitos cuidados; las horas que no dedicaba al prisionero las empleaba en agenciar la salvación de su marido. Vio a Escobedo, le suplicó, le lloró. Le prometió que si salvaba la vida del general, éste no volvería empuñar las armas, pacificaría la Sierra Gorda y entraría a la vida privada. ¡Promesas que quién sabe si podría cumplir! Escobedo nada pudo hacer por ella.

Llegó el 17 de junio, víspera del fusilamiento de los tres caudillos. Sobre Querétaro se había extendido una nube de tristeza que llegaba al fondo de los hogares.

La ciudad, monárquica por excelencia, simpatizaba con el Imperio (aquí está mal Venegas, Querétaro estaba con Maximiliano pero no con el imperio de los franceses) y al sentimiento de amargura por verse en poder de los republicanos se unía el que en cada casa, en cada familia se lloraba la ausencia de un miembro de la prisión de un hijo o la pérdida de un amigo.

Había otra circunstancia, además, para que se esparciera esta atmósfera de duelo. Había circulado rápidamente, por más empeño que se pusiese en ocultar la noticia, que perdida toda  esperanza -al día siguiente- sería el fusilamiento de Maximiliano y sus generales.

       La esposa de Mejía algo temió, por esa intuición delicadísima que sólo poseen las mujeres. Aun antes de abrirse las puertas de la prisión, ya estaba allí con su preciosa carga, su hijo en brazos. Penetró ávida de conocer la verdad que su corazón le hacía presentir; pero la gran tranquilidad de los presos hizo alejar su temor.

Maximiliano, correctamente vestido de uniforme, la saludó galantemente y aun tuvo algunas chanzas discretas para con ella. Miramón, como de costumbre, altivo pero sereno, y Mejía con su fisonomía impasible. Estuvo acompañándolo durante todo el día. Cuando estaba con él, rara vez alguien entraba a molestarlos en sus asuntos; quizás por cierta delicadeza  nadie, ni los mismos carceleros, querían privar a la esposa de la satisfacción de conversar algunos momentos más con su marido.

Por eso le extrañó que de una manera casi intempestiva entrase Maximiliano al aposento de Mejía.

General- dijo dirigiéndose a éste: “Con su permiso, me llevo a su esposa, tengo algo que hablar con ella”.

Mejía nada contestó, cruzó una rápida mirada con el emperador y añadió: “anda, hija”.

La señora tuvo el instinto del peligro y se replegó contra su marido: estaba llorosa, balbuciente y cortada.

No me llevan para ocultarme algo, pero no lo conseguirán. Lo que pase quiero siquiera presenciarlo, ya que no lo puedo evitar ni compartirlo contigo.

El general trataba de calmar a su esposa protestándole que nada tenía que temer y entre tanto Maximiliano, mudo testigo de esta dolorosa escena, viendo que el tiempo urgía, tomó a la señora de los brazos y casi en peso la sacó de la habitación. Llevándola a  la suya y cuando se hubieron calmado sus arrebatos, le habló en estos términos: “Señora, no quiero ocultarle a Ud. que nuestra situación es desesperada, sin embargo, quizá halla una esperanza. No me olvido de mis amigos y compañeros más queridos, entre los cuales cuenta preferente lugar el general Mejía. Si muere cuente Ud. con que sus hijos tendrán una pensión que les permita vivir, si no en la opulencia, sí decentemente y como conviene a su decoro.

La pobre mujer al oír estas palabras se deshizo en lágrimas y el médico mismo del emperador -que le servía a la sazón de secretario, pálido como un difunto-, no pudo evitar que las suyas corrieran por sus mejillas.

Vamos, señores, valor; jamás creí que tuvieran tan poca presencia de ánimo.

No hay que afligirse-, dijo tendiéndole la mano a su secretario; ánimo y resignación.

El médico confuso, afligido, no tenía alientos para contestar. Densamente pálido vacilaba como un ebrio próximo a caer.

Maximiliano se paseaba por el cuarto acariciándose distraído su luenga barba rubia.

Pasado un momento y dirigiéndose a la señora exclamó:

“Nuestras esposas deben estar resueltas para todo. ¿No los militares jugamos a cada momento la vida Para morir ¿Qué más da morir en el campo de batalla, que morir en otra parte? Lo que debe apenar es morir por crimen y en este punto, el esposo de usted tiene un nombre sin mancha”.

En esos momentos entró Mejía al aposento del emperador.

Gracias, señor, exclamó tendiéndole la mano, que aquel estrecho con efusión.

La esposa no comprendió ni pudo comprender hasta más tarde, cuánto significaba el agradecimiento de Mejía a Maximiliano, que al arrastrarla a su cuarto le evitó que oyera leer a su esposo la sentencia de muerte, misma que debía ser ejecutada al siguiente día.

Vuelta al aposento de Mejía, la señora le pregunta ansiosa:

¿Qué pasa? ¿Qué es lo que me ocultas?

Nada hija tranquilízate, no hay ninguna novedad.

Entonces, ¿Por qué están poniendo un altar en el cuarto del emperador?

¡Ah! -contestó el general con voz pausada que le era habitual- porque mañana vamos a oír misa.

Y continúo conversando tranquilamente de asuntos diferentes.

Cerca de las diez de la noche le dijo a su esposa -entregándole al niño que durante la entrevista había tenido en brazos-:

“Hija, van hacer las diez, temería que te viniesen a indicar que es hora de retirarte. Vete. Duerme, tranquilamente; no te aflijas, que aun no es tiempo. Cuídate; estas muy desmejorada. Si no por mí a lo menos por los niños. ¡Qué harán estos pobrecitos si tú te enfermas  y llegas a faltarles!”

La señora salió casi consolada de la prisión, sin sospechar siquiera que era la última vez que vería a su marido. Al día siguiente, a las siete de la mañana, las balas republicanas destrozarían los pechos de Maximiliano, Miramón y Mejía. El Imperio había terminado”.    

Una vez más me interrumpe el doctor Páramo con su generosidad y me invita a consumir un jarro de atole de rompope bien caliente para soportar el invernal clima de Pinal de Amoles, pero le suplico que una vez que me lo termine no me prenda la televisión, mucho menos a mis Chivas sangradas del Guadalajara. Vuelvo a mi lectura pero ahora en un mullido lecho que me preparó mi anfitrión en un cuarto antiguo con techo de vigas pobladas de escorpiones y alacranes.

“Al terminar  la señora su relación, de la cual brevemente hemos extractado ya ligeros apuntes, el sudor perlaba por su frente  y gruesas lágrimas corrían por sus mejillas. Casi me arrepentí  de mi impertinente curiosidad que me habían llevado hasta hacer sangrar  una herida que ni el tiempo he logrado cicatrizar. Iba a disculparme de mi torpeza, cuando ella, comprendió sin duda mis intenciones:

No se apene usted, me dijo; cuando se vive triste, sola y abandonada como yo, los recuerdos, por tristes que sean, son un lenitivo; parece, al sumergirse  en ellos, que se acerca uno a las personas queridas, ausentes tanto tiempo ha de nuestro lado.

Usted perdone, señora, contando siempre con su indulgencia deseo preguntarle. ¿Es cierto que, como he leído no sé dónde, una persona de influencia, algunos llegan a asegurar  que el general Escobedo, ofreció salvar la vida al general Mejía rehusándose éste si no podían salvarse sus compañeros?

Algo hay de cierto, pero no como lo han referido. El general Escobedo, desde el primer momento me habló con entera franqueza diciéndome que era imposible la salvación de Tomasito por no sé qué circunstancias de la ley.

Escobedo le debía a Tomasito la vida y aún recuerdo que en alguna ocasión en mi misma casa se le proporcionaron caballos y recursos para salvarse de una situación comprometida. Al caer Tomasito prisionero lo vi. Y con leal franqueza no me ocultó la verdad.

Una noche, estando en el alojamiento que en su misma casa me proporcionaba el señor Frías y Soto -quien no obstante sus opiniones liberales no vaciló en tenderme la mano protectora-, una noche, repito, se acercó a verme el capitán Alcaraz que, aunque liberal, también sentía profundo afecto por mi marido. Señora- me dijo- en virtud de mi posición puedo facilitar la fuga del general.

Me comprometo con mi cabeza a sacarlo hasta fuera de las fortificaciones, tenga usted dispuestos caballos; el general es valiente, es audaz, conoce bien el terreno y es seguro que se salvará.

Pero usted se compromete-, le dijo la señora. No tenga usted cuidado, no juego más que la cabeza y estoy tan acostumbrado a tener en nada la vida, que lo mismo da que sea hoy o mañana cuando la pierda. Anímese usted, un hombre tan leal y valiente como el general no debe morir.” (Continuará)

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