Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

EL QUERÉTARO CONSERVADOR

Estoy tendido en una poltrona vieja de la casa de mi amigo Rubén Páramo Quero en el muy frío Pinal de Amoles, observando la caída de agua nieve y frustrado por no poder emprender mi caminata al mirador de Cuatro Palos a causa del gélido ambiente, pero encontré sosiego en un hermoso libro que mi amigo cronista pinalense escribió sobre un reportaje hecho por el periodista de El Universal -Víctor Manuel Venegas- a la viuda de Tomás Mejía en 1891, doña Agustina Castro, a veinticuatro años del fusilamiento de aquél –junto con Miramón y Maximiliano- en el Cerro de Las Campanas. Venegas comienza describiendo a la muy digna pero ya no tan bella dama, oriunda de San Luis Potosí y no de Tolimán como muchos pensamos.

“Alta, esbelta, mostrando en su fisonomía los sufrimientos y azotada por la miseria, restos de opulenta hermosura. Blanca, con esa blancura mate que solo tienen los lirios y los cisnes, con hermosísimos ojos negros de pupila sedienta de luz; ojos a los que no han podido robar su brillo 20 años de lágrimas y duelos, la señora de Mejía es el perfecto tipo de mujer hermosa.

Su rostro de óvalo perfecto, de frente abovedada, boca pequeña y nariz griega, está coronado con abundante cabellera que el pesar ha emblanquecido, dejando apenas rastros de ébano en la nieve.

La señora Castro de Mejía, aunque solo tenía cuarenta y cinco años, representaba tener sesenta, y sin embargo su hermosura ha podido sobrevivir al naufragio de sus ilusiones, de sus esperanzas, de sus dichas. Es lo único, ¡amarga ironía!, que la acompaña de su pasado sonriente, de su época feliz. En rigor no puede decirse que hoy sea una mujer bella; fue hermosa y hoy es respetable.

Me recibió afablemente, con delicadezas que sólo las mujeres saben tener y dignidad propia de una reina. Ha caído, sí, pero no ha descendido. Ha caído como los gladiadores: en postura arrogante y con la cara vuelta al sol…”

La entrevista entre Venegas y María Castro tuvo lugar en una casucha pobre en una colonia pobrísima de la hoy Ciudad de México, porque quiero pensar que don Tomás Mejía fue un gobernante muy honrado y solamente le había heredado una modesta casa en Tolimán, y que Porfirio Díaz, ya entonces presidente de la República, entregó la pensión militar a la primera esposa del general Mejía y no a esta pobre que lo acompañó en sus últimos días vitales.

Cuenta Venegas en su relato sobre María Castro que ésta era “Inteligente, mujer de mundo, elegante en el decir, apasionada al relatar ¡qué de recuerdos despertó en mi mente! ¡Qué de evocaciones históricas surgieron al influjo de la palabra! ¡Qué de imponentes figuras pasaron en agitado tropel! ¡Qué de cuadros caleidoscópicos se sucedieron en el curso de su pintoresca conversación!

Al encanto de su palabra, naturalmente elocuente, vi Querétaro, la ciudad levítica, la regicida, aparecer ante mi vista con sus empinados campanarios, sus risueñas colinas, sus hermosos edificios.

El Cimatario, las Teresitas, el Cerro de las Campanas, surgir ante mí, llenas de colorido, brillantes de realidad. No era una evocación, era una reconstrucción de una época con sus luchas, con sus combates, con sus odios y sus pasiones, con sus hombres y con sus mártires.

La ciudad se aprestaba a  defenderse. Allí era la batalla decisiva que debía de resolver de la suerte del Imperio. Mejía. el de tez de bronce y alma de acero, no queriendo comprometer una ciudad tan querida para él, conferencia con el Emperador, le propone no amurallarse en Querétaro, sino salir a buscar al enemigo, dar una batalla campal y solo en caso de un desastre ir a buscar refugio a la población.

Maximiliano no cede. Quiere a toda costa encerrarse en la ciudad que deberá ser su tumba. “General, dice a Mejía, lo que necesitamos es gente. Usted es popular. En un momento puede levantar un ejército”.

Mejía vacilaba. Por un lado, su deber como soldado le obligaba acatar sin observaciones la voluntad de su soberano; por otro, su afecto hacia Querétaro le hacía temer los desastres de una guerra para la ciudad. Por fin venció el deber al afecto y Mejía expidió una convocatoria al pueblo. Su popularidad era un hecho. En unas cuantas horas acudieron a su llamamiento más de cinco mil hombres, todos del pueblo.

Viene el sitio; llega el memorable 15 de mayo la ciudad cae en poder de los republicanos y Maximiliano, Miramón y Mejía son sujetos a consejo de guerra que debía decidir su suerte. Y aquí se revela el temple del alma, la indomable energía, la sublime abnegación de esa mujer que se llama Agustina Castro, joven de sólo 29 años hermosa sola y próxima a ser madre, no piensa en nada de esto, no quiere saber nada más, sino que su marido está en peligro, que ella quiere salvarlo, que debe hacerlo.

Sin tener en cuenta las fatigas del viaje, el peligro de una larga caminata, por caminos malos, en medio de un país revuelto en que las pasiones hierven, los odios se agitan y la anarquía reina, en el estado delicadísimo de su salud., marcha a San Luis  a ver al presidente Juárez, a rogarle le conceda la vida del padre de su hijo, a suplicarle tome la suya si es necesario en cambio de la del esposo querido.

Llega a San Luis, Juárez con su bondad congénita la recibe, toma parte en sus penas, se une a sus pesares, pero sobre el hombre, sobre el sentimiento, sobre el corazón, había una ley suprema, la conservación de la república, la salvación de México. Los sentimientos del hombre tenían que estrellarse contra el impenetrable muro del deber. La desolada madre acude a cuantos medios están a su alcance y su angustia le sugiere. Llora, suplica, ruega, todo en vano.

Sólo le queda esperar del cielo el consuelo que los hombres le niegan.

No se da por vencida en sus tentativas; gestiona una nueva entrevista con el presidente  y Juárez se niega en esta vez recibirla. ¿Sería que el titán tuvo miedo de ceder ante el llanto de una mujer?

Ha tenido un serio disgusto con la señora de Miramón le dice a la de Mejía. Es imposible que  la reciba a usted.

La pobre mujer vuelve a suplicar, vuelve a llorar, sus lágrimas no encuentran eco. Busca  a la señora Miramón, le dice que juntas ven al presidente, que juntas le rueguen a ver si se apiada de sus súplicas; que todo debe sacrificarse cuando se trata de la salvación de un ser querido.

Va a ver al general Treviño.

General le dice, Tomasito le ha salvado a usted la vida,  reclamo el pago de esa deuda, sálvelo usted  y tome mi vida a cambio.

Treviño, en cama, herido gravemente y casi sin poderse mover del lecho, no vacila un solo instante. Olvidando sus propios dolores, sólo piensa en que alguien solicita sus auxilios y en el acto va a buscar al presidente. Nada logró su intervención.

Ve a la esposa infortunada, le dice que el caso es difícil, pero que él no desespera aun; prodigándole los consuelos compatibles con su triste situación, la aconseja y la rodea de atenciones y solícitos cuidados. Otro tanto hace el general Sóstenes Rocha, se pone incondicionalmente a las órdenes de la señora, le ofrece recursos, medios de transporte y le hace todo género de servicios. ¡Ah! caballero me decía la señora al referirme  estos tristes detalles, he tenido más atenciones de los enemigos de mi marido que de los que se decían sus partidarios y amigos.”

Estaba yo picadísimo leyendo los lamentos de doña María cuando fui interrumpido por mi anfitrión Páramo que ya me estaba esperando con un platón gigante de cecina fresca con ensalada y una jarra de agua de frutas frescas. Le externé mi admiración por su trabajo de recopilación y en el acto me subí a su terraza para continuar leyendo a Venegas.

“¿Nadie de los suyos, le ayudó en sus gestiones?

Nadie, sólo Dios, contestó la señora levantando los ojos al cielo y enjugando una lágrima que se deslizo furtivamente por su mejilla.

         Viendo la inutilidad de sus esfuerzos, la futura viuda, con la desesperación en el alma, la muerte en el corazón y el llanto en los ojos, emprendió ese camino del calvario que se llama el regreso a Querétaro.

La enfermedad se acentuaba más y más. Las penas, los sin sabores, las amarguras minando su débil constitución, habían hecho estragos en su delicado organismo, poniéndola a las puertas del sepulcro.

Débil, febricitante, aniquilada, cadáver ambulante, sólo su extraordinaria energía y el inmenso cariño que a su marido profesaba, pudieron prestarle fuerzas para emprender el viaje. A los dos días de marcha, el 3 de junio de 1867 -y acompañada únicamente de los asistentes de su esposo-, hallándose en medio del camino, ya casi sin recursos, pues por delicadeza no quiso aceptar lo que le ofrecieron en San Luís, sintió los primeros dolores precursores de la maternidad.” (Continuará)

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