Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

EL QUERÉTARO PARROQUIAL

El domingo 21 de enero de 2018 murió mi viejo amigo don Luis Vega Dorantes, a los 101 años de edad, a merced de un paro cardíaco en la clínica del IMSS en Cadereyta de Montes, a 15 kilómetros de su risueña villa de Bernal donde nació y siempre vivió. ¡No sé cómo le hacía para trasladarse de Bernal a Santiago de Querétaro –cada tercer día- para cumplir con su puesto de comisario municipal en la comisaría de policía y buen gobierno ubicada en El Cerrito! Allí lo conocí precisamente en 1988, cuando solamente existía ese “torito” y el de Santa Rosa Jáuregui, para una ciudad de 494 mil habitantes, con solamente tres plazas para comisario. Eran don Luis Vega Dorantes, don Gonzalo López Tinajero y otro del que recuerdo su cara y nombre pero no su apellido: Román. ¡Entre los tres promediaban 75 años! Y así de edad tan avanzada podían con el paquete de aplicar los reglamentos municipales, sobre todo el muy rimbombante Reglamento de Policía y Buen Gobierno.

Imagino su ingrato trabajo, con calor o con frío, con lluvia o agua nieve, en las noches decembrinas y de julio, cuando el consumo de alcohol aumenta y las infracciones están a la orden del día. Les llegaban ebrios tranquilos y ya bolseados por los elementos de la única corporación de policía preventiva que existía: la estatal. Otros llegaban muy agresivos por abusos o presuntos abusos de los cuicos estatales, mentando madres a los “polecías” y a mis pobres viejecitos. Como el lugar era tan pequeño cada fin de semana era un sufrimiento para acomodar a tanto escandaloso infractor. ¡Preferían mis comisarios que los familiares o los propios beodos pagaran pronto para que no se amontonaran tanto, ya que parecían lata de sardinas! Del excusado panorámico mejor ni hablamos. Imaginen también mis lectores a las mamás cuervas y papás zorritos en la histeria total yendo a buscar a sus juniors alcoholizados e irreverentes que se hacían los inocentes ante la mirada de sus progenitores.

También don Luisito recordaba aquel caso en que un respetable esposo fue por su mujer completamente ebria, vestida con una falda corta de color amarillo a quienes los genízaros habían levantado en la entonces carretera Constitución en medio de la lluvia, tambaleándose y sin zapatos. Pero lo que más miedo les dio a   don Luisito y a don Gonzalo fue cuando mandé detener –como secretario del Ayuntamiento- a toda la porra chilanga del Atlante, equipo de primera división que se vino a jugar los sábados y domingos a Querétaro, pero que sus jugadores y directivos no vivían aquí en mi ciudad. Esa noche “los mugrositos” atlantistas habían ganado a mis Chivas Rayadas y la muy corrientita porra del Atlante se ensañó con queretanos y con la porra tapatía, incluso golpearon con sus tremendos platillos metálicos a infantes y ancianos. Cabe decir, aunque enoje a Sergio Bailleres Flores y a los hermafroditos americanistas- que la afición fue mayoritariamente –casi total- Chiva de corazón. El subdirector de Seguridad Pública estatal, Gonzalo Sánchez, me apoyó y pusimos en la comisaría municipal a los principales chilangos revoltosos, sin derecho a fianza y un arresto administrativo inconmutable por 36 horas (maldita Constitución no me dejaba ponerles más en su artículo 115).  Enojado por el resultado y por los terribles actos de barbarie me fui a dormir, cuando mi viejo teléfono suena a las dos am del domingo: era don Gonzalo López Ortega para avisarme que ¡camionadas enteras de la corriente porra atlantista le tenían tomada la comisaría y no había fuerza pública que rechazara a esos hugonotes de Región IV! Acudí en pijama a El Cerrito y les entregué a los fascinerosos pero les advertí que no les entregaría sus instrumentos musicales sino hasta el martes, mismos que les decomisé porque los habían utilizado para golpear gente indefensa.

Llegado el martes siguiente, el alcalde Braulio Guerra Malo me manda llamar fuera de la oficina y le pido al delegado de Carrillo Puerto, Bolívar Rubio Ortega, que atendiera por favor a esos gañanes chilangos cuando llegaran. Todavía lleno de coraje yo pensaba cómo era posible que alguien tan decente como Juan “El Pato” Ríos le podía ir a ese equipo de bárbaros.

Pasó el tiempo y por ser regidor con licencia – y porque lo quiso MPA- llegué a presidente municipal el 17 de mayo de 1991 al irse de candidato a diputado local BGM, por lo que el informe diario de las comisarías lo recibía yo muy temprano. ¡Cuál fue mi sorpresa que en el informe mañanero de don Luis Vega Dorantes aparecía un ebrio escandaloso de nombre Andrés Garrido! Encaboronado mandé llamar al viejillo para regañarlo por haberse dejado sorprender por el beodo que seguramente a modo de pitorrera dio mi humilde nombre. Don Luis llegó con sus ojillos ladinos y muy seguro me dijo que no fue sujeto de ninguna burla, que el borracho se identificó con una credencial del IMSS y que efectivamente su nombre era Andrés Garrido. Entonces lo regañé por no asentar el segundo apellido, porque seguramente allí no habría coincidencia y el temulento infractor tenía madre, o a lo mejor no.

Seguí siendo amigo de los dos adorables viejecitos, aclarando que a don Gonzalo lo conocía desde 1982 en que su hijo Gonzalo se robó a una dama en una fiesta de la Facultad de Derecho celebrada en su granjita. Pues bien, ya asentado yo en Bernal, las pláticas con don Luis en su zaguán se hicieron frecuentes, matándome de risa con sus anécdotas y sus ojos pícaros que poco a poco se iban apagando. Me contaba de como -cuando fue delegado municipal en Bernal-  por seis años nunca dejó la fiesta. ¡Con razón ya mayorcito, sus hijas le daban de comer puras papillas y licuados! Lo medio mató la muerte de su querida esposa pero allí seguía siempre en su esquina de la calle principal de Bernal, la de Independencia, regalando sonrisas y sabiduría. Con Chucho Rodríguez en la presidencia municipal de Querétaro siguió siendo el rey de la comisaría de El Cerrito, hasta que el desarraigado de Francisco Garrido Patrón lo jubiló a fuerzas, argumentando que estaba muy viejo para ese puesto.

Ya con los ojos casi muertos por un glaucoma trepidante don Luis hacía maldades, pero ahora sin querer. Resulta que un amigo de él andaba de juerga muy seguido por Bernal; llegaba hasta la esquina de don Luis el ridículo Don Juan y lo saludaba, invitando don Luisito al sujeto y a su acompañante fémina en turno – una güera de La Cañada- a tomar pulques enfrente de su domicilio, con una monjita que los expende. Ya en la mesa de la pulquería el Don Juan Región IV y su “rubia” acompañante bebían el néctar de los magueyes y fumaban “Faros”, votados de risa por las pláticas picosas del viejecito. A los ocho días de este encuentro regresó el donjuanesco caón a visitar a don Luis y éste, creyendo que era la misma dama la que traía el deleznable tipejo en esta ocasión (la de La Cañada)- la invitó don Luis a la pulquería de la virtuosa monjita, a lo que la güera de San Luis de la Paz contestó “que a ella no le gustaba la babosa bebida”. Don Luis respingó: “¿cómo? hace ocho días se tomó dos litros señorita”. La sanluisina con nada de paz entró en sospechas y al darse cuenta de que el taimado Don Juan andaba con otras a raíz de lo dicho por don Luis, lo agarró a chingadazos ahí mismo, le quitó las llaves de la camioneta y lo dejó a pie, a una hora en que ya el último camión de Bernal a Querétaro había partido. ¡Todavía el 20 de noviembre de 2017 don Luisito se moría de risa con esta confusión fruto de su ceguera! Mandó poner don Luis,  en el panteón de Bernal, un mensaje a los caminantes y cuya foto reproduzco.

Fue su ceremonia mortuoria en la parroquia de San Sebastián Bernal después de haber sido velado en su casa de siempre, acompañado de sus numerosos amigos y parientes. Perdí a un gran amigo en este mundo pero gané otro ángel en el Cielo. Cuando me dirigía al velorio la noche del domingo 21 de enero de 2018 y el cuerpo de Luisito era trasladado de Cadereyta a Bernal pasé muy cerca de la capilla de San Judas Tadeo en la ex hacienda de Miranda, al rebasar la Cuesta China. Iba rezándole a Luisito y a doña Anita Olvera Anaya cuando sentí una caricia suave y placentera en mi sien izquierda. ¡Pensé que el caón de mi perro “Moro” se había salido de su jaula y me había ido a lamer desde el asiento trasero! Pero no, “Moro” seguía dormido en su aposento: fue don Luis o fue doña Ana Olvera que cumplía dos años de fallecer.

Comentarios

Comentarios