Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

EL QUERÉTARO BUCÓLICO

La peregrina y risueña Alameda Hidalgo, es desde 1790 el parque principal de la queretanidad pese a haber sido objeto de ataques conscientes e inconscientes durante todo este tiempo.

Es el principal pulmón de la ciudad de Santiago de Querétaro, nuestra Gran Manzana de la Joya del Bajío Oriental, refugio de los enamorados, paraíso de los viandantes, santuario de toda clase de fauna y flora que convive con el barullo del tráfico citadino y que al internarse uno por sus pasillos, como en un acto de magia, te olvidas de los fantasmas de la metrópoli para alcanzar la quietud del alma.

Por las mañanitas frescas huelo su tierra mojada y contemplo la niebla en la fronda de sus árboles, con el cantar de las aves que anuncian que el astro rey ha salido, en un marco de verdura infinita, mientras que en el cenit bañado de oro las avecillas anuncian su regreso en alegres parvadas. ¡Todavía recuerdo con emoción aquella mañana de julio de 1991 en que el eclipse de sol engañó a estos simpáticos animalitos que creyeron que llegaba la noche anticipadamente y se alojaron en sus nidos, y al cabo de unos minutos reaccionaron con enojo al ser despertados porque volvió el día!

Entre sus árboles, en tardes de estío con la hojarasca en el suelo, puedo ver al corregidor de Letras Miguel Domínguez paseando del brazo de su joven esposa, Josefa Ortiz de Domínguez, aspirando los perfumes del atardecer; lo mismo que a un archiduque rubio de ojos azules ofreciendo o pidiendo fuego para el tabaco a un distraído paisano que con asombro atina a saber que se trata de Maximiliano de Habsburgo, mismo que también pasó una formidable revista en los campos de La Alameda en marzo de 1867. Con horror, miro su suelo bañado en sangre y oigo los alaridos de los muertos y heridos en las sangrientas batallas del 24 de marzo y 27 de abril de 1867, en que murieron diez mil hombres que no supieron reconciliar los dos proyectos de México que existían entonces. Así también admiro la pequeña figura de Francisco I. Madero acompañado de su queretana esposa, Sarita Pérez, incitando a la revolución contra la reelección; pero aumenta más mi gozo espiritual cuando creo ver y oír en su porfiriano kiosko a la banda de la División del Norte estrenando la “Canción Mixteca” con todo y letra y contemplar la figura de Francisco Villa, con los ojos razados de lágrimas, abrazando al compositor José López Alavés. En esa orgía de sueño e Historia, contemplo al gobernador José María Truchuelo sembrando personalmente todas las mañanas arbolitos para reforestar el parquecito, que durante el Sitio de Querétaro y la Revolución mexicana fue devastado por la guerra y por las bestias hambrientas que lo convirtieron en su pastizal.

Creo ver a don Alfonso Loarca y al señor Pedro Manuel Acevedo y a don Noradino Rubio Ortiz discutiendo sobre la propiedad original del predio que ocupa La Alameda, abrazándose las tres figuras en favor de Querétaro. Caigo en un letargo de paz y tranquilidad, durmiéndome en una de sus bancas, cuando de pronto me despiertan unos chiquillos en bicicletas rentadas con don José Félix, al mismo tiempo que un fuerte rugido del león “Manuel”, me dice que ya es tiempo de volver a la realidad.

Este bastión verde de la ciudad de Santiago de Querétaro fue construido entre 1790 y 1803, como un espacio para el solaz y esparcimiento de los queretanos, que hicieron de dicho lugar el preferido para el recreo, la convivencia familiar y hasta para el romance y ejercitación física. Para algunos fue construida en terrenos de la hacienda Casa Blanca propiedad del señor Pedro (o Manuel) Acevedo y que vendió la fracción al Ayuntamiento. Para otros, pertenecía a los terrenos de la hacienda de Callejas propiedad de don Ramón Samaniego y su esposa Guadalupe. Los iniciadores de la plantación fueron los señores Juan José García y Juan Fernández Domínguez en 1802. En 1909, en su esquina norponiente, don Francisco I. Madero realizó un mitin para establecer su Partido Anti reeleccionista en Querétaro. También allí, el compositor oaxaqueño José López Alavés, compuso la letra de su inmortal “Canción Mixteca” cuando acompañaba al monumental coro y orquesta del ejército de la División del Norte, el 15 de abril de 1916. Si Mario Arturo Ramos dice que esto no es cierto es porque López Alavés habló de que la música la había compuesto en la Ciudad de México, sí, queda claro, pero la letra fue en esta Alameda.

El 5 de febrero de 1988 fue entregada completamente renovada, conforme al proyecto original, al pueblo de Querétaro por el presidente de la República Miguel de la Madrid, el gobernador Mariano Palacios Alcocer y el munícipe Manuel Cevallos Urueta.

Pero el papel histórico más importante de la Alameda fue en 1867: Maximiliano llegó a Querétaro para presentar la batalla final el 19 de febrero, y en los días que precedieron al famoso sitio tiene tiempo y ánimo de entablar relaciones amistosas con el joven sacerdote Francisco Figueroa y pasear desde La Cruz hasta el centro de la ciudad, pasando por la Alameda, que en las mañanas es el sitio preferido de los soldados para lucir caballos, sillas plateadas y trajes nacionales. Después de este paseo matinal, soldados y oficiales acuden a misa, en donde pueden ver a su antojo grupos de hermosas muchachas, con las que a señas concertan una entrevista o –si son ignorados- ir a hacer el oso por las tardes bajo un balcón florido esperando que la dulcinea salga por él y le dé la más mínima esperanza. ¡Claro que en aquellos tiempos era deshonroso para las señoritas queretanas pasear a solas con un hombre, forzosamente tendrían que obtener el permiso de los padres y ser acompañadas de un chambelán! Maximiliano organizó en este paraje una vistosa parada militar para infundir ánimo a su tropa que se aprestaba a confrontar al ejército juarista, todavía no sabiendo ni el día ni lugar, si salían a encontrar o esperaban a éstas.

LA CASA DE LOS PERROS: Ni se hagan ilusiones villamelones queretanos, afectos al futbol soccer. El Mundial de 2026, llamado del TLC, está diseñado para los Estados Unidos de Amnesia y no para México y Canadá. Seis u ocho partidos tendrán lugar en nuestro país y seguramente será en ronda de dieciseisavos. Agregue usted que serán 48 las selecciones participantes y que en México ya existen mejores estadios que nuestro vetusto y treintañero Corregidora, pues no tenemos chance de ser mundialistas de nuevo aunque el gobierno estatal se mueva; contra la mafia de FIFA nadie puede, es un poder trasnacional. Está como cuando quisimos tener al Papa Francisco I nada más porque un distinguidísimo paisano nuestro era el embajador en El Vaticano. Pero como se vale soñar supongamos que nos toca un partido: no nos van a dar un Alemania, Brasil, Francia, Italia, Holanda o Argentina; si nos va bien sería Timbuctú contra Islas Fidji, a ver si las alegres queretanas salen con esos seleccionados al jardín Corregidora a chupar cheves y a embarazarse estilo La Malinche, tal como sucedió en 1986 con alemanes, escoceses, uruguayos, daneses y españoles. Les vendo un puerco soñador, con cara de Decio de María e Infantino.

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