Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

El Querétaro Parroquial

Invité a mi amigo y director Sergio Arturo Venegas Alarcón a caminar un atardecer por el parque de la Colonia Cimatario, para que viera cómo quedó después de una exitosa intervención municipal, donde ya no se veran teporochitos dormidos en sus bancas ni fogosas parejas pasándose las manos por todo el cuerpo. En eso estábamos cuando llega a nuestra mente la figura egregia, como de Octavio Paz adulto, del maestro José Juárez López, el jurista poeta, que vivió gran parte de su vida a unos metros de nosotros, en la calle Fray Isidro Félix de Espinosa número 8. Le pido a Sergio Arturo que me platique sus charlas y experiencias con este gran hombre y me dice:

“Retórico, entre la cátedra, la poesía y el discurso político, el licenciado José Juárez López (qepd) llenó toda una época en los actos públicos de Querétaro, especialmente en la década de los sesenta. Dirigente de la CNOP, subprocurador de Justicia del estado, juez de Distrito, diputado local y presidente de la Junta de Conciliación y Arbitraje, el viejo catedrático de Derecho de la Universidad Autónoma de Querétaro fue, ante todo, un inspirado tribuno.”

“Nadie ha superado su verbo al analizar el tiempo y la circunstancia de los gobernadores. De Saturnino Osornio, Ramón Rodríguez familiar y Noradino Rubio dijo que “no supieron dar paso atrás en la lucha social y comprendieron que había llegado la hora del campesino, no como una limosna, sino como reparación inaplazable, otorgada con amor y venganza”. A Agapito Pozo lo comparó “con esa tierra fina que al rosal silvestre le acrecienta la sabia y le afirma el color”.”

“Respecto de Eduardo Luque Loyola, comentó que tuvo que moverse en un difícil y desesperante tramo en el que ya había candidato a gobernador, y en el que -ilustraba- “ya casi nadie va a ver el saliente, en tanto que en la casa de aquel se respira el ambiente caliginoso y multitudinario, de muchas almas subalternas que viven de espaldas a la verdadera amistad”.”

“En Octavio S. Mondragón vio al creador de la Universidad: “el templo a Palas-Atenea, crisol dinámico de nuestra juventud, por la que Vasconcelos quiso que hablara a todas horas el espíritu total”. Juzgó a Juan Crisóstomo Gorráez como el “caballeroso gobernante que hizo de la amistad un culto”. De Manuel González Cosío comentaba que “heredó de su abuelo todo el esfuerzo de su energía y el resultado de su experiencia gubernamental”. A Juventino Castro Sánchez lo evocó modesto, humano y humilde gobernando, “sin manchas de zozobras, sin manchas de injusticias ni pústulas de lágrimas ajenas”. Del gobierno de Antonio Calzada Urquiza, opinó, “bien pudo semejarse a esas lluvias bienhechoras y a esos tranquilos ríos que fecundan suavemente la tierra y refrescan y vigorizan las plantas sin destruirlas”.”

Este recuento, hermoso, fue publicado el 10 de mayo -¡qué fecha!- de 1984, hace 33 años por Sergio en la prensa local, pero me sigue emocionando, y más el escucharlo de la voz radiofónica de mi director de Plaza de Armas. Ya picados, le expreso mi conocimiento sobre el maestro, al que encontré como mi jefe en la Procuraduría General de Justicia en noviembre de 1982.

El viejo y culto maestro nació en 1917 en los Apaseos guanajuatenses, muy cercanos a Querétaro, llegando muy niño a esta ciudad siguiendo el ejemplo de su hermano el profesor Luis Juárez López. En la preparatoria del Colegio Civil conoció a un joven pobre, atrevido y bueno para los golpes: Rafael Camacho Guzmán, con quien lo unió una amistad de por vida.

Al recibirse de abogado por el Colegio Civil desarrolló carrera en la judicatura local y después en la federal, llegando a juez de distrito en el territorio federal de Quintana Roo donde gozó de la naturaleza, el mar azul turquesa y la zona libre de impuestos como nadie. Cada navidad que venía a pasar a Querétaro llegaba con su lanchota Ford Galaxie repleta de regalos para sus hijos, hijas, nietos y amigos. Juguetes electrónicos, perfumes caros, bebidas alcohólicas de lujo, ropa de última moda y latería de ultramar encontraban ansiosos brazos que agradecían al viejo José su generosidad.

Casado en primeras nupcias contrae de nuevo matrimonio y se refugia en su casa de fray Isidro Félix de Espinoza en la cincuentera colonia Cimatario, misma que lo vio envejecer y empezar a tomar medicina y “mejurjes” para su enfermo corazón que parecía cansado de entregarse a todo lo que hacía o quería.

Su gran amigo fue el abogado Eduardo Luque Loyola, “El Zorro”, con quien fungió como secretario General de Gobierno en aquel interinato de Gubernatura en el año de 1949. Daba una ternura grande verlos juntos en el invierno de sus vidas  sentados tomando el sol en la casona dieciochesca de los Luque Feregrino  en la esquina de Balvanera y Ezequiel Montes, cada tarde, tomando té o café y sonriendo pícaramente al recordar alguna aventura de juventud. Era tan atrevido don José que ya rebasando los noventa años de edad todavía manejaba su lujoso e impecable Grand Marquis azul marino.

Conversador innato, dueño de una cultura enciclopédica, pasaba el día, ya jubilado, contando anécdotas propias o ajenas, o pasajes de la historia, con su compañero tufillo de ajo porque su cardiólogo le recomendó tomarlo en té y en ayunas cada mañana. A sus 72 años de edad desempeñaba el cargo de subprocurador de Justicia del Estado con su amigo el gobernador Camacho Guzmán y luego, por razones de salud, lo nombró visitador general, para lo que me asignaron como su chofer, alcahuete y acompañante por todo el territorio estatal, dándome cátedra de poesía, prosa, historia, de Derecho Civil y Derecho Penal, pero sobre todo de mundología, ya fuera durante los viajes en mi pobre Caribe modelo 1980 o en una cantina o lonchería serranas.

Me contaban sus alumnos de la entonces Escuela de Leyes, que daba muy bien su clase de “Introducción al Derecho”,  en el viejo edificio de 16 de Septiembre, pero que la cátedra era a las cuatro de la tarde, con el sol dando en la cara del maestro Juárez, y éste llegaba con lentes oscuros, grandotes y setenteros, para cubrirse, pero también para disimular una pequeña siesta o coyotito después de haber comido acompañado de una suculenta cerveza negra que le encantaba.

Cuando se le fue Eduardo Luque Loyola me di cuenta que Juárez López no duraría mucho en este mundo porque las almas gemelas son inseparables y al faltar uno de ellos, el otro se marchita como flor en invierno. Así pues, se fue en busca de “El Zorro” al abrir el siglo XXI, llevándose el tribuno su palabra elegante y su gusto por las muchachas, los motores,  la poesía y las flores.

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