Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

EL QUERÉTARO REPUBLICANO

Para el viernes 21 de junio, los médicos legistas iniciaron el retiro de las vísceras de Maximiliano pues no había manera de conservarlas, y con métodos anticuados se procedió con el vaciado total de sangre. De modo subrepticio comenzaron los rumores de que Licea estaba vendiendo pañuelos y gasas con pelo, piel y sangre del cadáver de referencia, sobre todo a ricas damas de la sociedad local que tienen para pagar un recuerdo de aquel al que amaron tanto. El niño Valentín F. Frías fue llevado por su madre al lugar de la ejecución y ya “toda huella de sangre había desparecido, porque como había tanta piedrecita, el vecindario se había llevado ya, como recuerdo, todas las que se empaparon con la sangre de aquellos valientes. Sólo se veían tres pequeños promontorios de piedras con unos pedazos de adobe al pie, teniendo una cruz rayada cada uno, y sobre los promontorios una tosca y mal forjada cruz de varas cortadas por alguna gente piadosa. “Después de que mi señora madre y mi buena tía desahogaron su pena y rezaron un buen rato por las ánimas de aquellos héroes, recogieron piedrecitas y nos volvimos a nuestro lugar tristes y meditabundos”, escribió el inmenso cronista.

Los amigos de Maximiliano volvieron a solicitar la entrega del cadáver de éste para llevárselo vía San Luis Potosí rumbo a Tampico y de ahí a Viena. Se dijo que están enfermos de la impresión del fusilamiento los sacerdotes que asistieron a los ejecutados del día 19 de junio, en especial el padre Soria. Se sabe algo en Querétaro de la caída de la capital pero es hasta el 22 de junio en que con toda certeza se publicó en “La Sombra de Arteaga” que sigue editándose en los sótanos del convento de San Antonio. Los chismes dieron lugar a que descendieran la estima y el prestigio social de que gozaba Licea antes del Sitio: ahora lo rodeaba una pesada atmósfera que lo llevará en un tiempo más a encarar un proceso penal ante un juez de la Ciudad de México por la acusación que le haría el vice almirante austriaco, al que supuestamente el médico le ofreció en venta la mascarilla de muerto y órganos de Maximiliano.

El sábado 23 de junio desayunaron los queretanos con el macabro rumor de que la ciudad será devastada piedra por piedra y que la entidad desaparecerá como estado miembro de la Federación Mexicana: esto, por haber sido afecta al Imperio, a grado tal que los republicanos la bautizaron como “ciudad traidora”, y que se harían efectivas estas medidas radicales una vez que pase por esta ciudad, rumbo al entonces Distrito Federal, el presidente Benito Juárez. Los más significados queretanos se comprometieron a presentar un informe de cuánto sufrieron miles de vecinos precisamente por no querer ayudar voluntariamente a los imperialistas que se apoderaron de la urbe y sus alrededores. Muchos fuereños republicanos echaban en cara a los queretanos el no haber emprendido operaciones en contra del Imperio desde la plaza. “Bien sabe Dios que hay aquí (en Querétaro) más gente dispuesta a llorar al Archiduque, que no a alegrarse porque lo aprehendieron”. Los queretanos contestaron “¿Acaso nosotros habíamos llamado a Maximiliano y los suyos?” Aquí es donde los franceses no pudieron reunir ni siquiera diez firmas de adhesión al Imperio en 1863-1864, recordó Luciano Frías y Soto en su periódico “La Sombra de Arteaga”.

Fue reabierta y puesta en funcionamiento de nuevo la paralizada fábrica “El Hércules”, propiedad de Carlos Rubio, quien la recibió de los republicanos. Algunos exaltados y trasnochados liberales fuereños propusieron que el Gólgota queretano ya no llevabara el nombre de “Cerro de Las Campanas” sino el muy extraño y exótico de “Roca Tarpella del Imperio”.

El domingo 24 de junio Escobedo escribió desde San Luis Potosí a su cuartel general que se saque una foto al vehículo que sirvió de transporte a Maximiliano rumbo al patíbulo. Se pidió que la placa fuera tomada lejos de miradas acusadoras, por lo que se escoge como escenario la esquina de Ribera del Río con calle de El Puente, frente al mesón de la Otra Banda o de San Sebastián. Teniendo conciencia de que el triunfo republicano en Querétaro es realmente la segunda independencia de México, los objetos relacionados con este hecho histórico empiezan a revalorarse y se ha soltado una verdadera plaga de compradores, que hasta a los mismos sacerdotes de los condenados les quieren comprar los crucifijos utilizados en los momentos postreros. En otro orden de ideas, se designó al coronel Cosme Varela como fiscal especial para la investigación de los muchos delitos cometidos por los imperialistas a los indefensos queretanos: no deben quedar impunes las múltiples tropelías. Esta indagatoria tenía dedicatoria contra el general Severo del Castillo que todavía estaba preso en Teresitas esperando sentencia. El día lunes 25 de junio -lo mismo que el martes 26- transcurrió con el levantamiento de denuncias en este sentido, muchas de las cuales provocaron horror por los abusos imperiales cometidos.

El miércoles 27 de junio, a la semana del fusilamiento, por fin se concluyó el malhecho embalsamamiento de Maximiliano por Licea, al que se le aumentó su fama tétrica, por el decir popular que no tenía más comprobación que el chisme de boca en boca. Decían los sin quehacer que el ginecólogo de referencia se lavó las manos con sangre del ex monarca en el propio cadáver y que su amigo el coronel Palacios había ordenado echar las vísceras del rubio a los perros. El corazón de Maximiliano se colocó en un frasco de vidrio esterilizado y relleno de alcohol de noventa grados para ser entregado a Basch. El corazón de Mejía estuvo depositado también en un frasco con alcohol pero en la casa de Licea, quizá esperando que la viuda lo recogiera previo pago de elevados honorarios, hasta que el gobierno procesó al galeno y lo obligó a entregarlo. El de Miramón lo recogió Concha con la intención de llevarlo consigo a Europa, pero el padre Ladrón de Guevara la persuadió de tal intento y optó por entregar el corazón de su amado a Navorita para que sus parientes lo depositaran en Cerro Prieto. Rivadeneira rindió informe de esa operación al general Mariano Escobedo y entregó, el jueves 28 del mismo mes, el cadáver de Maximiliano a Miguel Palacios, que montó una fuerte vigilancia adentro y fuera del templo capuchino. Don Mariano regresó el 28 de junio a Querétaro.

El público en general pudo visitar el cadáver que estaba ya en una doble caja, de cedro y zinc, con un cristal que permitía ver la cara del difunto, el cual estaba vestido con un pantalón negro, botas militares, levita azul con botones dorados, camisa blanca, corbata y guantes de cabritilla negra; aspecto éste al que estaban tan acostumbrados los queretanos desde el 19 de febrero que llegó a la ciudad. Corre la conseja popular que los ojos de vidrio azul que luce el cadáver fueron arrancados a la imagen de Santa Úrsula o de San Gonzalo, ubicadas en el templo de San Domingo, sito a unas dos cuadras de Capuchinas, pero eso era totalmente falso, ya que Licea mandó traer los ojos postizos de la Ciudad de México. Por cierto, Licea aclaró que Rivadeneira no intervino en la tétrica tarea de embalsamar y quien lo ayudó fue el médico D´Orbscastel.

El 29 de junio trataron infructuosamente los allegados a Maximiliano de recoger su cadáver pero Lerdo de Tejada volvió a dar una negativa, permitiendo sólo que en el templo de San José de Las Capuchinas se le hagan oficios religiosos al enemigo caído. Como seguía vacante la plaza de obispo de Querétaro, hace la función el vicario Manuel Soria y Breña, quien encabezó las honras fúnebres a su amigo y feligrés muerto. Al verse que ha sido poco respetuosa la gente en general con el recinto donde está depositada la mortaja imperial, el cuartel general decidió llevarlo con el resguardo del batallón de Supremos Poderes a la casa de la familia Cabañas Muñoz Ledo, ubicada en las calles de El Ángel y Segunda de Santa Clara (hoy Archivo Histórico del Estado, en Madero 70) la triste tarde del 30 de junio

El público en general pudo visitar el cadáver que estaba ya en una doble caja, de cedro y zinc, con un cristal que permitía ver la cara del difunto, el cual estaba vestido con un pantalón negro, botas militares, levita azul con botones dorados, camisa blanca, corbata y guantes de cabritilla negra.

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