Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

EL QUERÉTARO MERANTIL

Con la idea del Ayuntamiento encabezado por Luis Bernardo Nava de que se declare Patrimonio Cultural Intangible de Querétaro a los mercados públicos del municipio capitalino, acudí a la sapiencia en el tema del licenciado Juan Servín Muñoz y a la investigación de Pilar Carrillo Gamboa para que me contaran sobre los orígenes del más bello de los mercados tradicionales, resultando que : “A principios del año de 1848 el Gobierno del Estado adquirió la huerta del convento franciscano, el cual fue cedido al Ayuntamiento de Querétaro para que se construyera un mercado, por tal motivo la Comisión de Plazas presentó un proyecto de adecuación de la huerta de San Francisco y la reubicación de comerciantes. En ese ínterin el gobernador decidió ampliar el mercado de la Plaza de San Francisco (hoy la parte norte del Jardín Zenea) en lo que fuera la huerta del convento de San Antonio y cuya compra se realizó con el sueldo del gobernador y con las rentas de diecisiete accesorias de la calle del Molino (actual andadero 16 de Septiembre, entre avenida Corregidora y avenida Luis Pasteur).

El mercado Pedro Escobedo -situado en lo que fueran la huerta y cementerio del convento franciscano- tuvo su antecedente en un tianguis que se colocó en la llamada “Plaza de los Escombros”, bajo sombrillas y en medio de las ruinas de los templos y capillas y muros de la barda atrial. En marzo de 1865 el Ayuntamiento se abocó a realizar mejoras en las plazas y calles como dotar de más iluminación, poner empedrados, erradicar a los vagos y limosneros y algunos desnudos que no podía tolerar la decencia pública.

La plaza de San Francisco presentaba una vista desagradable por lo cual se sugirió pedir a Maximiliano de Habsburgo en 1864 que se reconociera como propiedad del Ayuntamiento el espacio de la huerta y cementerio, así como la plazuela formada por la destrucción de los templos y capillas desde 1863, mismo lugar en que se comenzó a formar “un parián”. El objeto de esa solicitud al llamado emperador fue para que ese lugar se adornara “con fábricas que hoy no son más que tapias entristecen las calles lográndose además que desaparezcan las ruinas que no sirven sino para abrigar malhechores y depositar inmundicias de la tropa, nocivas para la salud pública”.

La discusión se centró sobre la legitimidad de dicha propiedad, por lo que algunos miembros del cabildo pidieron fueran exonerados de participar en esos asuntos. Se decidió pues avalar las operaciones del Ayuntamiento anterior (formado por republicanos) y reconocer la donación realizada por el Gobierno Federal en 1863, conforme a las Leyes de Reforma. La solicitud tuvo respuesta a través del Ministerio de Instrucción Pública y Cultos, donde se les cedió el espacio para que se siguiera construyendo el mercado y plaza que se habían proyectado, facultándolos además para vender lotes de esa área. El Ayuntamiento inició proyectos para la Plaza de San Francisco y la venta de lotes en subasta pública. La prefectura superior propuso construir un monumento a San Francisco en dicha plaza.

Los proyectos -por diversas razones- no fueron iniciados sino hasta la restauración republicana. El 22 de julio de 1864 se reunieron comerciantes, agricultores, industriales y autoridades para integrar la Comisión propuesta por Maximiliano a fin de sanear el erario público. Tuvieron diversas reuniones en la Academia, en el Ayuntamiento y en la Casa Rubio. Fue construido posteriormente (1870) un galerón con techos de zinc a dos aguas (entre las actuales calles de Corregidora, Benito Juárez  e Independencia) en 1877. El comisionado de Mercados, Ignacio Rebollo, hizo la iniciativa para construir un mercado higiénico, siendo secundado por el regidor Alberto Llaca.

En 1878 –en medio de esas readecuaciones del comercio en las plazas- se decidió enviar a los comerciantes de esteras, jarcias, losa corriente, entre otros, al “Mercado Escobedo”. Las autoridades del Gobierno Estatal cedieron el 20 de enero de 1880 parte de los terrenos donde inicialmente se pretendía erigir el Palacio de Gobierno, en donde hoy se ubica el Gran Hotel. Fueron puestos a revisión el plano y modelo de la Plaza Escobedo. Una vez autorizados fue construido el mercado, en gran parte a base de madera. En abril 10 de 1880 se informaba que: “En Plaza Escobedo está terminado un elegante y sencillo jacalón, puesto al servicio del público y sigue otro en construcción que se está enlosando y empedrando en pavimento de la nueva plaza”.

El mercado -por acuerdo del H. Ayuntamiento- fue denominado con el nombre de “Dr. Pedro Escobedo”, en honor a ese galeno queretano que en el siglo XIX había fundado la Academia Nacional de Medicina. El nuevo mercado tenía  al centro una fuente con diversas llaves para abastecer a los locatarios.

En el perímetro los locales eran estrechos para dar cabida a docenas de comerciantes; al exterior tenía sus aleros de tejamanil y en dos de las esquinas tuvo kioscos para ventas diversas. En 1882 fueron instaladas letrinas y mingitorios. Para 1890 no se permitían vendedores ambulantes en el Jardín Zenea, por lo cual fueron reubicados al interior del Mercado Pedro Escobedo.

En el centro del mercado se construyó una fuente de cantera estando el surtidor de ella colocado en medio de ella una elegante figura de fantasía vaciada en fierro. Alrededor de dicha fuente se puso un barandal y mostradores también de fierro para el mercado de flores. En los cuatro ángulos del referido mercado estaban formadas unas piezas que servían lo mismo para el despacho de boletos del mismo edificio, otra que tenía la alcantarilla pública que repartía el agua potable y las dos restantes que se destinaron al arrendamiento  para venta de mercancías. En cada esquina fueron colocados locales de cal y canto en donde se instalaron una imprenta (del lado de la calle Juárez) tiendas de abarrotes, mercería, papelería y una tabaquería respectivamente. En la esquina que hoy forman Pino Suárez y Juárez, en la parte superior de la puerta de acceso, estaba inscrito el nombre “Mercado Pedro Escobedo”, y dicha puerta contaba con una alta reja de hierro, la cual sostenía de columnas de ladrillo y fustes de cantera.

Los portales aledaños fueron aprovechados para colocar los carteles promocionales de diversos eventos deportivos, políticos, sociales y de espectáculos. El techo de lámina estaba construido de tal manera que se aprovechara la luz solar. En ese espacio se presentaban diversos actos recreativos; al lado norte, en el “Portal Bueno”, se hacían cascadas de juegos pirotécnicos amenizadas por la Banda del Estado en días de fiesta cívica. Hacia finales del siglo XIX la crónica nos refiere que un equilibrista realizó un peligroso acto en las alturas del mercado en cita.

Por esa misma época el “Mercado de Todos los Santos” fue instalado en el Mercado Pedro Escobedo, el cual se engalanó el 1° de noviembre para la tradicional fiesta de dulces, frutas y juguetes propios de esta añeja festividad. Por la tarde y por la noche una buena música recreó el gran concurso de todas las clases de la sociedad que siempre acudía a esta fiesta tan agradable para los mayores y tan atractiva para los niños.

Para la época, debió haber sido un mercado espaciosos y bello, construido de madera; en su interior, al centro, se encontraba la imprescindible fuente que era un colosal columna de cantera con sus respectivas llaves para tomar el agua necesaria. Al exterior en todo el perímetro se alzaban elegantes tinglados o cobertizos, que no eran más que tejados que salían fuera de la pared y que servían para guarecerse de la lluvia y del sol, también contaba con dos magníficos kioscos para expender las mercaderías propias de tan hermosos sitios, uno daba a la hoy calle de Juárez y el otro a la actual Corregidora”.

Continuará esta entrevista con el segundo edificio del Mercado Pedro Escobedo.

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