Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

EL QUERÉTARO MERCANTIL III

Siguiendo al gran historiador y cronista queretano Edgardo Moreno Pérez encuentro que a un costado del atrio y cementerio del convento carmelita existió una plaza que era usada para realizar un tianguis muy a propósito por las misas dominicales, las funciones religiosas y los días festivos de santos y mártires carmelitanos. En los planos de la ciudad de 1796 y 1862 se aprecia dicha plaza. En abril de 1778 fue instalada una fuente pública demolida en julio de 1904, con motivo de otras reformas que tuvo el mercado al expandirse en ese espacio. Fue colocada una alcantarilla para distribuir el agua en la tapia sur de la plaza demolida años después. En ese tráfago es donde nace la leyenda del Señor de los Trabajos: cuenta la tradición que unos arrieros que cruzaban por la ciudad rumbo a los minerales norteños con mercaderías y enceres al pasar frente al convento y templo de las carmelitas una mula se echó y no había manera de hacerla caminar, por la prisa de alcanzar a los demás arrieros uno de ellos decidió dejar un gran cajón encargado con los padres para volver posteriormente por él, cuando se abrió la pesada carga se encontraron con una imagen de Jesucristo crucificado elaborada con pasta de caña, concluyendo que era una señal para darle culto en el templo de El Carmen con el nombre del “Señor de los Trabajos”.

En el siglo XVIIII había crecido su culto y devoción organizándose “mayordomías” integradas por familias notables entre las que se cuenta la del capitán de La Acordada, don Miguel Velásquez de Lorea. Al “Señor de los Trabajos” se le hizo un altar junto al presbiterio y actualmente se encuentra en el lado izquierdo del crucero del templo de El Carmen.

Mercado de El Carmen

Además del tianguis que es muy famoso por las litografías del siglo XIX, también hubo un mercado formal con este mismo nombre y que es muy poco conocido, pero Edgardo Moreno Pérez nos lleva a detalle a ese lugar. En el año de 1898 fue habilitado e inaugurado el “Mercado de El Carmen” ya con un espacio propio –ya no en la vía pública- que ocupaba una superficie de 520 metros cuadrados. El techo era de lámina de fierro galvanizado, la construcción estaba hecha sobre armaduras de madera y sostenido por pilastras de ladrillo de cuatro metros de altura. El piso era de cemento inglés y contaba con sesenta y cuatro mostradores de madera con cubierta de zinc. Se hizo además un techo frente a las casas para cubrir los puestos destinados a la venta de comidas, teniendo esta parte una extensión de 32 metros de largo y de anchura. Se formó un depósito que servía para el departamento del agua potable de las casas particulares del rumbo y para el servicio del mercado. Las cañerías que se colocaron para injertar con las de las casas, son de tubería de fierro de una y media pulgada inglesa de diámetro.

Cuando inició el siglo XX al Mercado de El Carmen le nivelaron el piso y fueron colocadas cortinas de zinc, además de que se construyó una ancha banqueta que impediría en beneficio del público que se obstruya la calle con toldos ridículos y con la puesta sobre la superficie de la vía de los objetos que allí se vendían. El comercio informal continuó en la vía pública, no obstante tener ya un local dentro del mercado en comento.

A finales del siglo XIX y primer tercio del XX hubo diversos intentos por erradicar el mercadillo que se improvisaba en la Plaza de Armas, para lo cual se reubicaron a comerciantes en el Mercado de El Carmen. Así mismo, cuando desapareció el mercado de San Antonio, muchos locatarios fueron instalados en el mercado de La Cruz y otros en el de El Carmen. El excelso dibujante y grabador queretano Julio Rodríguez nos deja un dibujo cuando imagina al joven Diego Rivera a la edad de veinte años arribando por el Ferrocarril Nacional -instalado en la Otra Banda-, seguido de un mecapalero, quien le cargaba su maleta y un caballete plegadizo internándose, por las hoy calles de Invierno y Juárez. Las campanas del templo Carmelita sonaban por la plazuela adyacente, llena entonces de ambulantes y mercancías de los expendios de carne con sus blancos pilones de manteca y los puestos de fritangas rodeados de léperos y de numerosos canes famélicos.

En la primera mitad del siglo XX, en las confluencias de las calles de Juárez, Hidalgo y Ángela Peralta, se apostaban los cargadores con sus mulas, carros de dos ruedas o mecapales sujetos al frente, vestidos por lo regular con pantalones de mezclilla y zapatones de cuero crudo, llevando en el cuello un cordel que sostenía la tarjeta con el número respectivo con el que el Ayuntamiento controlaba a los tamemes para evitar robos, abusos y otros excesos. Desde muy temprano se les veía dispuestos al jale después de beber en las boticas y droguerías cercanas sus prodigiosas o amargos “para hacer la mañana”.

Hacia la cuarta década del siglo XX fue desmantelado el mercado para dar paso a una tienda ferretera, propiedad de don Jesús Oviedo senior, de las primeras que hubo en la ciudad.

En las almuercerías o merenderos improvisados del mercado carmelitano -en el primero tercio del siglo XX-, mientras degustaban los caldos de gallina o menudo de carnero, se escuchaban los sonecitos interpretados con arpa, guitarra y violín. El grupo de músicos -igual de desvelados y sedientos- entonaban con voz potente (las más de las veces desafinada y aguardentosa) “el doctor me ha recetado que me ponga yo seguido cataplasmas del olvido con fomentos de otro amor”.

“Al paso del tiempo el mercado, los tranvías, los personajes desaparecieron quedando sólo la evocación de aquel Querétaro de antaño”, termina escribiendo con mucha nostalgia Edgardo Moreno.

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