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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
16 octubre, 2026
en Editoriales
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A los diecisiete días del mes de junio del año de gracia de 1863, por los rumbos del Camino de Tierra Adentro, vuelan como exhalaciones los jinetes correos de la facción liberal. Llevan las nuevas a los gobernadores de los Estados, avisando que la corte y capital de la República ha capitulado ante las bayonetas de las huestes francesas, capitaneadas por el general Élie Frédéric Forey.

Aquellos jinetes corren desalados por la vía de Querétaro, paraje forzoso para dar un respiro a las monturas, mudar de bridón y seguir la carrera hacia las intendencias de Guanajuato o las provincias septentrionales.

Van portando los despachos del ciudadano don Benito Juárez, quien, ostentando todavía la investidura de presidente itinerante, se vio precisado a evacuar la gran canallera de la Ciudad de México el pasado treinta y uno de mayo.

Partió con orden, sí, fortalecido con las facultades extraordinarias que le otorgó el soberano Congreso antes de clausurar sus sesiones; y se retiró escoltado por los restos del ejército liberal —reducido a la verdad a una lánguida sombra—, buscando el amparo de los desiertos en compañía de sus ministros y de su atribulada familia.

Entre tanto, los señores de la facción conservadora recibieron a las tropas imperiales el día diez del corriente con repiques de campanas y semblantes de pascua, celebrando como una bendición el haber arrojado por fin al presidente Juárez.

¡Y cómo no! Si sus decretos y desatinos, a decir de muchos, parecieron enderezados a demoler la santa fe de nuestros mayores: que si saqueos de ricas mansiones, que si despojo de conventos, templos y casas de ejercicios; prohibiciones absurdas para que los infelices indios no hablasen sus lenguas nativas, y la confiscación total de los bienes productivos del clero. La entrada de los franceses a la capital se consagró con un solemnísimo Te Deum, en medio de un gentío que vitoreaba a los invasores con el mismo fervor con que antes aclamaban a sus contrarios.

¿Y quién ha de afearles este entusiasmo, pregunto yo? Cuando a un pueblo sumido en la paupérrima miseria, que ha soportado hambres y servidumbres bajo el yugo de un gobierno que se dice republicano, se le quita el pie opresor de la garganta, respira al fin.

Aquella administración, con su fastidiosa cantaleta de una democracia ficticia, no buscaba sino amoldarnos a las costumbres y modas de los señores «norteamericanos» y su mentada doctrina de Monroe.

Dicen que los soldados invasores se hallan estupefactos ¡Qué aplausos! ¡Qué lluvia de papeles polícromos que caían de los balcones, imitando las antiguas e ilustres entradas triunfales del gallardo Julio César en la Roma pagana! Bien merecido se lo tenían aquellos extranjeros tras padecer los estragos del vómito negro en las playas de Veracruz, sortear las emboscadas en las cumbres de Xalapa, y sufrir el terrible asedio de Puebla hasta romper el cerco liberal.

Ahora les sonríe el descanso bajo el sol de Anáhuac, abriendo las puertas a los designios del emperador Napoleón Tercero. ¡México se cree libre de la opresión del liberalismo y el pabellón tricolor de Francia ondea soberbio en el Palacio Nacional!

Pero volvamos los ojos a nuestra provincia, razón de su servidor. Esa misma noche, en los portales de la posada de la Plaza de Armas, se escenificaba un drama de los que abundan en tiempos de revuelta:

—Las bestias vienen cansadísimas, señor hostelero —exclamó un capitán liberal con tono imperioso—, ha sido una jornada larga, penosa y faltaron mantas para el frío; desde que dejamos el valle de San Juan del Río nos envolvió la lobreguez de la noche. ¡Ea, posadero, muévete presteza! Atiende a los caballos y búscanos aposento, que mañana, al primer canto del gallo, habremos de marchar a cumplir nuestro encargo… Decidme, ¿en cuánto me vendéis un caballo de refresco?

El mesonero, un tipo socarrón que conocía bien el mundo, obedecía con calculada flema; sabía de sobra que el dinero de estos clientes, aunque escaso, era de buena ley. El poco numerario que les quedaba a los republicanos lo gastaban en mantener la correspondencia entre las plazas para avisar del avance extranjero. La orden más perentoria que portaban obligaba a cada Estado a rascarse con sus propias uñas y financiar sus ejércitos de resistencia.

—Mi buen capitán, dígame su merced —dijo el posadero con falsa sumisión, mientras pasaba un trapo grasiento por la mesa para servir las viandas—, ¿qué novedades hay en la capital que se ven los caminos tan infestados de liberales?

—¿Cómo que qué pasa, alma de cántaro? ¡Imbécil! —respondió el oficial, encendido en ira—. ¡México ha sido invadido por las armas francesas! ¡La capital ha caído en sus manos!

—Pues mire vuestra merced —repuso el del mesón, mudando el semblante—, por estos rumbos los de su bando han causado no pocos agravios… Y viéndole a usted con esa chaqueta de galones, las pistolas al cinto, los vecinos se me ponen de mal humor… No quisiera yo que os ocurriese una desgracia.

—¿Me estás amenazando, sotaco de mil demonios, herético ignorante? —rugió el militar. Mas el posadero, con una agilidad que no correspondía a su facha, extrajo de la trastienda un fusil Winchester de relucientes cañones plateados; le dio un giro diestro en el aire, montó el tiro en la recámara con un chasquido seco y apuntó derechamente al pecho del uniformado.

—Más le valiera a su señoría cenar sin dilación, tomar el caballo viejo y largarse por donde vino. Los liberales de uniforme no son santos de la devoción de esta pequeña ciudad; y mire usted que yo soy hombre asustadizo, y cuando me entran los nervios, se me antoja que el dedo índice se me manda solo.

El capitán, comprendiendo que los argumentos de la pólvora son más elocuentes que los de la política, tragó saliva y apresuró el bocado. Dio un sorbo a su vino, que le supo a hiel y vinagre.

Fingiendo acatar la orden, se levantó con sumo tiento… ¡y pretendió echar mano a su revólver! Mas la prudencia le faltó en el último instante. Un estampido atronador conmovió las vigas del techo: un proyectil le horadó la frente.

El infeliz solo tuvo tiempo de sentir el frío, mientras un hilo de grana le escurría por las cejas y un zumbido espantoso le taladraba el oído izquierdo. ¡Cayó de bruces sobre la mesa, pasando en un instante del convite al tribunal del Cristo resucitado!

—¡Muévete! —le gritó el posadero a su mozo dándole un sacudón que por poco le hace perder el equilibrio—. Toma el cuerpo de este desdichado, arrástralo fuera del portal y corre a buscar al señor alguacil. Dile de mi parte que la capital de la República ha caído en manos de las bayonetas francesas y que los señores liberales andan desbandados por los caminos, huyendo como cucarachas cuando se les vierte agua hirviendo. Y en acabando con el ministro de la ley, vuelas a la casa del maestro dulcero Olguín y le entregas este papel. ¡Pero cuidado con irlo leyendo por el camino, atarantado, que te conozco la maña de meter las narices en lo que no te importa!

—¡Ay, mi amo! —respondió el mancebo, abriendo unos ojos como platos y rascándose la de la coronilla—. Si vuestra merced sabe muy bien que yo no sé ler, que en mi vida he visto cartilla ni sé qué forma tienen las letras del abecedario.

—¡Mejor que mejor, pedazo de alcornoque! —repuso el amo con presteza— ¡Anda, corre y no dilates, que ha llegado la hora de que cada uno tome su partido!

Y mientras el muchacho salía como exhalación, el codicioso posadero no perdió el tiempo: se agachó con ligereza de gato y comenzó a esculcar los bolsillos, faltriqueras y costuras de la chaqueta del difunto, devorado por la sarna de la codicia, buscando algunos pesos duros o reliquias de valor que aquel infeliz ya no habría de menester en el otro mundo.

Mientras esto acaecía en la Plaza de Arriba, el capitán Sóstenes Antípides tocado de una visible manía de la mente, llevaba toda la noche desenterrando y cargando pesados pedruscos. Tenía ya las manos llagadas, pues en su delirio se le había metido entre ceja y ceja la fantasía de que bajo los cimientos de las Capuchinas y las Clarisas se hallaban sepultados inmensos tesoros de barras de oro y plata. El pobrecito andaba de Herodes a Pilatos, cargando pesados costales llenos de puro escombro y cascajo, creyendo que transportaba el brillante material.

En estas rústicas fatigas se hallaba cuando se le acercaron dos soldados liberales, cubiertos de polvo y con los semblantes macilentos de la derrota.

—Mi capitán… —le dijo uno de ellos con tono sumiso—, aquí le traemos el rancho de la mañana, para que vuestra merced reponga las fuerzas.

Y le extendieron unos mendrugos duros y rancios, negros como el carbón. El delirante capitán los arrebató de inmediato, y su desarreglada fantasía le hizo ver en aquellas sobras unos suculentos pollos asados a las brasas y finos confites de colación, de los que se sirven en los banquetes de alcurnia, devorándolos con ansia bendita.

—Señor —prosiguió el otro soldado, bajando la voz —, es forzoso que sepáis, los invasores han ocupado ya la gran Ciudad de México; han arrojado de su silla al presidente Juárez y se han adueñado de los caminos principales. Nos avisan que están cobrando peajes abusivos a cuanta mercancía va o viene del puerto de Veracruz. ¡Mi capitán, estamos invadidos hasta el cogote! Hemos recibido la orden de retirarnos unos hacia la intendencia de Michoacán y otros hacia las tierras de la costa.

Los soldados, que ya estaban más que acostumbrados a las extravagancias de su jefe —quien solía quedarse mudo, contemplando el horizonte como si viese legiones de ángeles o demonios—, se quedaron mudos de asombro cuando vieron que el capitán mudaba el semblante, recobraba por un instante la luz de la razón y les respondía con admirable cordura y energía:

—¿Y se sabe por ventura si las avanzadas enemigas intentarán alguna escaramuza contra esta plaza de Querétaro? –  pasmados ante aquella súbita lucidez, titubearon y se miraron las caras antes de balbucir —No… no estamos del todo seguros, mi señor capitán… —¡Pues no se hable más! —enderezando el cuerpo—. Ya habrá tiempo de sobra para volver por el oro de estas monjas, que a fe mía que solo me han traído de un lado a otro con sus malditas apariciones y fantasmas. Decidme de inmediato: ¿cuántos hombres quedan formados en el cuartel para la defensa?

—Señor capitán, a decir verdad, no queda un alma. Veníamos precisamente a avisar a vuestra merced que nosotros y los pocos que quedaban marchamos ya rumbo a Celaya para salvarnos. Solo queríamos darle el último adiós antes de emprender la retirada —¡Qué adiós ni qué la chingada, canalla cobarde! —tronó el capitán—¡A paso redoblado nos vamos todos al cuartel! Ahora más que nunca nos conviene estar prevenidos y con el ojo avizor.

Esta ciudad está plagada de persignados que, viendo nuestra debilidad, se nos van a echar encima como lobos hambrientos. Debemos vigilar las avenidas, pues si el señor presidente Juárez ha tomado el camino del norte, en cualquier momento se nos aparece por estas calles. ¡Apúrenle, cabrones, vuelen a avisar a los dispersos y a cuantos encuentren! ¡Esta plaza no cae en manos de extranjeros porque no cae, mientras este viejo soldado tenga sangre en las venas!

Continuará…

Etiquetas: HISTORIALA APUESTA DE ECALAnarración

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