Algún día ninguno de nosotros estará aquí.
Otros caminarán estas calles, otras manos abrirán las puertas de las viejas casonas de Querétaro y alguien cruzará frente a Santa Rosa de Viterbo sin saber nuestros nombres. Las campanas seguirán sonando como lo han hecho durante siglos y la ciudad seguirá respirando sobre nuestra ausencia, guardando bajo sus piedras todo aquello que alguna vez creímos nuestro.
Pensé en eso mientras recorría las páginas de Josefa, muy señora mía, de Araceli Ardón.
Pensé en esa extraña necesidad humana de dejar algo a salvo del tiempo. Y también en nuestra necedad de creer que el pasado nos pertenece, que podemos tomarlo entre las manos, vestirlo a nuestra conveniencia y hacerlo decir aquello que el presente necesita escuchar.
La historia recuerda fechas con una precisión impecable y, sin embargo, pierde tantas cosas en el camino. Conserva los nombres de quienes gobernaron, pero rara vez alcanza a contar lo que ocurría detrás de las puertas cerradas: los gestos, las lealtades, las frivolidades, las conversaciones aparentemente insignificantes donde tantas veces se decide el destino de los demás.
Ahí, en esa parte que los documentos oficiales no registran, Araceli coloca su mirada
En su novela, la Casa de la Corregidora deja de ser solamente el recinto solemne que conocemos. Está viva. Ha sido Casa Real, cárcel, Palacio de Gobierno; ha visto entrar y salir a hombres convencidos de que el poder les pertenecía, aunque ella sabe que todos están de paso. Sus muros han sobrevivido a sus voces, a sus ceremonias y a sus retratos. Permanecen ahí, contemplando esa interminable costumbre humana de sentirse eterno durante unos cuantos años.
Gonzalo Septién Montes, gobernador de Querétaro, imagina convertirla en un museo inmersivo. La idea parece noble, moderna, incluso deslumbrante. Pero Araceli conoce muy bien los pliegues del poder y nos permite mirar aquello que se esconde detrás de las buenas intenciones: la vanidad, el deseo de trascender, la necesidad de dejar una huella, aunque para lograrlo haya que apropiarse de las huellas de quienes estuvieron antes.
No es Josefa Ortiz de Domínguez quien camina por estas páginas. Y, sin embargo, está en todas partes
Está en el nombre de la casa, en la memoria que se pretende transformar, en esa presencia que no necesita aparecer para recordarnos que hubo una mujer antes del bronce, antes de las ceremonias y de los discursos pronunciados cada septiembre. Una mujer cuya rebeldía terminó convertida en símbolo y cuyo nombre todavía es invocado por un poder que quizá ya no sabe escuchar lo que significó su desobediencia.
Me gusta pensar que la verdadera Josefa observa todo desde algún rincón de esa casa.
Que mira entrar a los gobernadores, a sus familias, a los funcionarios y a los invitados. Que escucha sus proyectos, sus promesas, sus ambiciones. Que conoce la distancia entre lo que se dice frente a los ciudadanos y lo que se decide cuando las puertas se cierran.
Tal vez por eso el título resulta tan hermoso y tan irónico: Josefa, muy señora mía. Una fórmula antigua, respetuosa, casi reverencial, dirigida a una mujer cuya memoria todos desean honrar, aunque no todos estén dispuestos a soportar la verdad que todavía encierra.
Araceli escribe sin levantar la voz. No lo necesita
Le basta una conversación, una comida familiar, el gesto de un personaje, el recorrido de unos escoltas por El Campanario para mostrarnos esas capas invisibles que dividen a una sociedad. Los hombres que protegen al gobernador atraviesan aquel paraíso de jardines y campos de golf como quien visita un escenario construido para una vida ajena. Pueden entrar, vigilar, recorrerlo todo, pero saben que no pertenecen ahí.
En esa imagen cabe una parte dolorosa de nuestro tiempo: quienes sostienen el mundo casi nunca son invitados a habitarlo
La novela no acusa. No dicta sentencia. Nos deja mirar.
Y quizá eso incomoda más
En la familia Septién, en sus afectos y contradicciones, en sus silencios y pequeñas ceremonias, no aparecen monstruos lejanos, sino seres reconocibles. Personas capaces de amar y, al mismo tiempo, de habitar el privilegio sin preguntarse demasiado quién permanece afuera. Araceli no convierte a nadie en caricatura. Entiende que el poder rara vez se presenta con un rostro terrible; muchas veces llega bien vestido, habla con cortesía y está sinceramente convencido de sus propias razones.
Al cerrar el libro, la casa permanece
Permanecerá cuando termine el gobierno de Gonzalo Septién Montes. Permanecerá cuando otros ocupen su despacho, pronuncien nuevos discursos y crean inaugurar el porvenir. Guardará sus pasos como ha guardado los de tantos otros y algún día nadie recordará el sonido de sus voces.
Los cargos terminan. Los gobiernos pasan. Las discusiones que hoy parecen enormes acaban convertidas en polvo de archivo. Incluso nuestra voz, esa que sentimos tan nuestra, llegará un momento en que nadie podrá recordar cómo sonaba.
Y, sin embargo, algo queda.
Queda la mirada de quien supo ver detrás de la apariencia. Queda la palabra que se atrevió a nombrar lo que todos contemplaban sin detenerse a mirarlo. Queda un libro capaz de preservar no solamente una historia, sino la respiración de una época.
Eso hizo Araceli
Tomó una casa cargada de siglos y la puso frente a nosotros como un espejo. No para llevarnos al pasado, sino para obligarnos a mirar el presente: la teatralidad del poder, la distancia entre gobernantes y gobernados, los privilegios que terminamos aceptando como parte natural del paisaje, la facilidad con la que la memoria puede convertirse en espectáculo.
Y siendo queretana, todo ello me toca de una manera muy particular.
He caminado por esos lugares. He pasado frente a esos muros. He pisado esas calles sin detenerme siempre a pensar cuántas vidas siguen ahí, invisibles, debajo de las nuestras.
Querétaro guarda voces.
En sus piedras, en sus patios y en sus casonas antiguas. En los apellidos que todavía abren puertas. En las historias que se cuentan en público y en aquellas que sólo sobreviven en voz baja. Esta ciudad ha mirado el poder durante siglos. Lo ha visto cambiar de nombre, de rostro y de vestimenta, sin dejar de reconocer sus antiguas costumbres.
Araceli también lo reconoció.
Y tuvo la delicadeza de no explicarlo todo, de no entregarnos una moraleja, de confiar en que sabríamos escuchar lo que murmura esa casa cuando nadie está hablando.
Algún día seremos nosotros los antiguos.
Otros ocuparán nuestras casas, discutirán sobre otros gobiernos, tendrán sus propios miedos y otras esperanzas. Tal vez pronuncien alguno de nuestros nombres. La mayoría se habrá perdido.
No sé si la eternidad tenga que ver con ser recordado. Cada vez creo menos en eso.
Quizá consista en haber dejado algo andando por el mundo después de nosotros: una pregunta que no se apaga, una mirada distinta, una verdad dicha a tiempo, un libro que alguien abre muchos años después y que todavía puede hacerle sentir que las paredes escuchan, que las ciudades recuerdan y que ningún poder, por grande que parezca, consigue permanecer para siempre.
Araceli dejó su oído apoyado sobre los muros de la historia
Escuchó lo que la casa tenía que decir.
Y lo convirtió en palabras.
Algún día ella tampoco estará aquí. Ninguno de nosotros estará. Pero alguien abrirá Josefa, muy señora mía y volverá a caminar por esa casa. Mirará sus habitaciones, escuchará las voces de quienes creyeron poseerla y comprenderá que, al final, era ella quien los estaba mirando.
Hay personas que pasan. Hay casas que recuerdan. Y hay palabras a las que el tiempo, por más que lo intente, no consigue llevárselas.





