La lumbre brota de la piel de Elaine Vilar Madruga. Trasciende lo corpóreo y se cuela en su pluma. La tinta evoca su memoria ancestral y su deseo de resistir a una era de fascismos en sus novelas, en forma de llamaradas poéticas y personajes que honran su linaje.
Escribe sobre las mujeres que arden.
Sobre la piel ultrajada a lo largo de la historia.
Escribe ‘La piel hembra’.
A mediodía, la escritora cubana se broncea bajo el sol queretano por primera vez. Ve su natal La Habana en la cantera rosa de Querétaro y sus casonas céntricas. Ve la historia de México y su independencia en los vestigios coloniales. Esta independencia latinoamericana, que se siente como una herida que todavía no cierra, la retoma en ‘La piel hembra’, una novela que transita por las sombras del claroscuro de la vida-muerte.
Pero lo que distingue a la autora es que no repite el mito heroico de las independencias, tal y como relatan las crónicas de Bernal Díaz del Castillo. Elaine cuenta la independencia desde los cuerpos oprimidos. Desde la lumbre del deseo y la resistencia de las poblaciones marginadas. Desde el “incendio de las pasiones prohibidas”.
Hacer el mapeo de ‘La piel hembra’ comienza con una noche áurea en un pueblo olvidado en las montañas. Es sentir la primera llamarada del deseo. De la calentura. Del querer gozarse y disfrutarse sin ataduras. De recuperar la experiencia femenina que ha sido históricamente oprimida, en medio de un mundo caótico.
“Una noche en que todas las mujeres salen desnudas a la montaña y regresan bañadas en polvo de oro, queriéndose descubrir que son madres de El Mesías. (La piel hembra) es una novela sobre los incendios, los incendios del amor, los incendios de las pasiones prohibidas, los incendios del orgasmo en un pueblo que se presenta como callado y modoso, pero que, por debajo de ese pueblo, existe una ‘llamará’ tremenda: un ardor que se va incubando generación en generación”, cuenta la escritora a Plaza de Armas, el periódico de Querétaro.
La “lumbre del cuerpo” es reclamada, comparte Elaine Vilar Madruga, por la prostituta del pueblo, uno de los personajes principales de la novela. Esta mujer propone una “religión bastarda del amor y del orgasmo”, en contraposición a una iglesia que se está pudriendo en sus cimientos.
No obstante, al borde de la montaña incendiaria, un clavado cuesta abajo, está el abismo. Un lugar oscuro habitado por la “huesería”, cuyos residentes son restos abandonados a la deriva y un santo bastardo, nacido de la guerra, quien tiene la maldición de ver todos los huesos bajo la tierra, hasta llegar al magma.
“Es una novela sobre muertes: las muertes de la guerra, la muerte doméstica y también la muerte de las montañas, que es una criatura ajena que pasa todo el tiempo intentando viajar y llegar a ese pueblo perdido en las montañas, y una muerte que enferma al cabo del tiempo de vida”, detalla Elaine.
‘La piel hembra’, prima-hermana de su predecesora, ‘El cielo de la selva’, representa el fin de la búsqueda lingüística y personajes enfocados en la maternidad. Aunque, explica su autora, también significa la apertura de “nuevas obsesiones”.
Obsesiones que nos invitan a arder con ella.
A navegar por el infierno que tejió.
Un infierno que no es más que un eco de la realidad y lo cotidiano.
“Es una novela que también apuesta por abordar cuestiones geográficas y cuestiones que tienen que ver con los mapas emocionales vinculados al registro de la claustrofobia, al registro de los infiernos particulares y los infiernos colectivos”.
La memoria ancestral y geográfica
Elaine Vilar Madruga es una mujer fiel a sus ancestras. Si en ‘El cielo de la selva’ reviven ‘llamarás’ tropicales de su tía abuela, Cuca, a través del personaje Ananda; así como de sus bisabuelas a través de Santa, en ‘La piel hembra’ permanece su abuelita.
“Todos mis ancestros me inspiran, las que conocí y las que no. Mi abuela es una presencia discutible, muy simbólica en toda mi novela, en mis novelas. Fue la depositaria de la memoria familiar también (…) Yo trabajo con un tejido donde se mezcla la realidad con lo fantástico, con lo mimético, con el terror. En este intento de que estos géneros no miméticos sean un reflejo cada vez más fiel del mundo. Mis ancestras, todas ellas, las muertas y las vivas, siempre están conmigo”, manifiesta.
Además de sus familiares, la historia y sus viajes por Latinoamérica nutrieron a su hija literaria recién parida. ‘El cielo de la selva’ la hizo coleccionista de lenguajes, refranes, nuevos significados, nuevos significantes y maneras de existir.
Específicamente de México, Elaine observa con respeto “la gran tragedia” que atraviesa la población. Una de ellas es el acto de resistencia contra las hegemonías encarnado por las madres buscadoras.
El santo, ‘San Huesero’, que se encomienda a la misión de recuperar los restos olvidados en el abismo de las montañas, es la personificación de los colectivos de familias buscadoras no sólo de México, sino de otros países.
“Tiene esta misión de recobrar los huesos que han sido olvidados, los muertos que han sido arrancados de sus familias y han sido tirados en veredas, en tumbas comunes. La gente desaparecida es un fenómeno trágico, no solo de México, porque pienso por ejemplo en Argentina o en Chile, en épocas de dictadura, incluso el Caribe (…) En La piel hembra hay un homenaje no sólo al lenguaje de toda Latinoamérica o al lenguaje de algunas zonas específicas de Latinoamérica, sino también a nuestra historia”.
La autora, a su vez, retoma los mitos clásicos para rendirle tributo a las familias buscadoras de México. Estos mitos, como Sísifo, viven en el santo.
“Me marca especialmente mi experiencia y mi relación con México. Quería, de alguna forma, rendirle un poco de tributo a las madres y los padres buscadores a través del personaje de San Huesero y, de este intento quijotesco —se puede decir—, o este intento a lo Sísifo de San Huesero, de que ningún hueso que ahora está a la deriva quede abandonado o quede olvidado”.
Depuración literaria e inspiración
Durante su estadía en tierras mexicas, particularmente en este lugar de piedras grandes y peñascos, la incendiaria cubana depura su proceso de escritura leyendo no sólo a sus autores favoritos, como María Fernanda Ampuero, Dolores Reyes, Liliana Blum o Salman Rushdie.
También se despeja al recorrer los caminos empedrados como los que abundan en el corazón de esta ciudad. Caminos que llevan a iglesias.
“Soy muy pichona de entrar a iglesias y ver todo lo que una iglesia tiene. Me fascina. Siempre que puedo viajar, me gusta entrar a las iglesias. No porque las veo como un espacio sagrado, sino precisamente porque me gusta entender la simbología del espacio, más que nada. Siempre que llego a un lugar nuevo, por ejemplo, Querétaro, que es una ciudad de iglesias también, me gusta muchísimo poder observarla, poder entender los ritmos del ritual que las iglesias contienen”, repara con deleite.
Además de coleccionar postales y palabras, Elaine Vilar Madruga sacia su hambre a través de los filmes, las representaciones iconográficas, la historia y las artes visuales.
“Me encantan las artes visuales. Cuando me aproximo a esa otra forma de arte, mi mente se enriquece, mi memoria se va guardando un reflejo en la retina del recuerdo que se queda y se transmuta (…) Me nutro mucho de la historia porque siento que todo lo que uno pueda escribir o imaginar en el mundo ya sucedió históricamente. Y mirarnos en la historia, en esta especie de nudo circular en el que estamos condenados como sujetos históricos y políticos, siempre me ha ayudado muchísimo a pensar en estos escenarios de opresión y de claustrofobia que escribo”.
Es esta mezcolanza de nutrientes la que sigue alimentando a su hija en gestación. Una novela que, prometió ella en su charla para el Hay Festival Querétaro, será más corta. Se escuchaban algunas risitas y murmullos en el público. La autora misma volteó y miró con la misma gracia a sus espectadores, aunque también con cierta seriedad. Refrendó su promesa.
Corta o larga, la siguiente novela será un tributo a su abuela. También será el inicio de un nuevo ciclo.
Por ahora, Elaine invita a leer ‘La piel hembra’, pues ha dejado “toda la lumbre, toda la llamarada y todos los incendios” de su vida en esta novela.
“Que viajen por esas montañas y me acompañen en el ascenso”.
Quizás nos encontremos a San Huesero.
Quizás hallemos los huesos de las memorias que alguna vez amamos o detestamos.
Quizás nuestra piel también arda, junto con la tinta de Elaine Vilar Madruga.






