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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Manuel Robles Naya
14 agosto, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
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¡Ah, benigno e indulgente lector! Cuán aciaga desventura se cierne sobre el destino cuando una tierna e inmaculada doncella cae entre las garras matrimoniales de un capitán liberal, sujeto más parecido a fiero e insaciable perro de jauría que a piadoso mancebo.

En verdad os digo que da lo mismo dar con los huesos en los cadalsos de la santa inquisición queretana, que consagrar la unión como holgadamente lo hubiese dispuesto la Santa Iglesia.

Habiéndose omitido el divino sacramento, las nupcias carecen de todo valor a los ojos del Altísimo; por el otro, el mentado matrimonio civil no ha sido más que una burda pantomima tramada para que el Estado despojase de sus bienes a la clerecía. De suerte que semejante atavío legalista jamás respondió a ideales republicanos, sino al mezquino e insaciable afán del vil dinero.

Concluidas las ceremonias entre la hoy llamada Consuelo Olguín de Antípides y el referido capitán Sóstenes, sobrevino el lúgubre trance para la desventurada esposa y el ardiente, carnal arrebato para el miliciano, prestos ambos a la consumación del acto… Mas aguardad un punto, lector amigo, ¡pues si tal acto no se consumase, matrimonio alguno no habría de existir!

Arribaron, pues, a la estancia dispuesta para el trance: sobre el tálamo lucía por colcha una hermosa luna tejida a punto de cruz, en cuyo encaje de finos arreboles caían voluptuosos olanes como olas de la mar. Cojines de reluciente satín fulguraban en la penumbra de la vasta recámara, apenas tibia por la vacilante luz de velas perfumadas.

A los pies de la cama, un baúl de roble aguardaba para acoger los almohadones. En el costado del marido reposaba una charola con el más añejo brandy de España; en el de la consorte, reconfortantes infusiones de menta y finas hierbas.

Como es uso y costumbre en estas tierras de violáceos atardeceres, los enlaces suelen celebrarse en tiempos de aguas, hacia el julio solar o el agosto septentrional; sin embargo, el destino quiso que este acontecimiento ocurriese al despuntar la estación seca, mas no aquella que abraza el solsticio, sino la de helados e inclementes vientos que tiñen la gélida cantera.

Por esta razón, la desposada Consuelo no pudo tomar el tradicional baño de tina.

Los efluvios de su cuerpo disimulábanse apenas entre las fragancias de un ramo de nardos que, al caer la tarde, intensificaba su perfume; la azaharada corona de limones y naranjos resaltaba la negrura de sus grandes ojos y el aroma de sus cabellos, intactos por el rigor del frío seco. Aquel ramillete era, en verdad, su única salvación para evitar el rechazo de su forzado amado.

Aguardaba ella en candorosa postura, sentada en el borde que le correspondería por todos los años en que compartieran aquel lecho. Él, por su parte, habiéndose aseado acaso tres semanas atrás, disimulaba sus humores corporales tras una densa nube de fuerte tabaco veracruzano y abundantes lociones que, si bien disfrazaban el olor por un instante, avivaban los sentidos de quien a su lado estuviese.

¡Y así, entre el embate de la pasión, el deber amoroso y los dictados de la moral y el buen gusto, disponerse debían ambos consortes a enfrentar el tálamo nupcial! Salvo por un pormenor nada insignificante: el capitán Sóstenes Antípides hallábase en un estado de tan profunda embriaguez que apenas si lograba mantenerse erguido, más firmemente dispuesto a cumplir sus deberes de marido.

En tal escenario disponíanse a la consumación —si es que así puede llamársele—, pues al carecer del bendito lazo eclesiástico, aquello no pasaría de ser un mero y profano arrebato de la carne.

Entró de pronto en el aposento el hermano Felipe Olguín y, armado con un pesado marro, ¡asestó semejante golpazo en las espaldas del capitán! Tan formidable fue el impacto que le produjo un desmayo instantáneo, haciendo que toda su humanidad fuese a dar contra el suelo, dejándole allí tendido de bruces—Corre, Consuelo, ayúdame a ponerlo en la cama —exclamó el hermano.

La acuciosa novia se apresuró a levantarlo de los brazos, más el desmedido peso la venció y el capitán volvió a golpear la cabeza con estrépito contra el parqué de finas maderas —¡Con cuidado, Chelo, que lo vas a descalabrar! Bonito novio resultaría si en su propia noche de bodas hubiese de lucir una rajadura en la testa.

Entre ambos procedieron a desvestirlo hasta dejarlo desnudo bajo las sábanas; en seguida, untáronle manteca de cerdo en sus partes íntimas a fin de fingir algún vestigio de ardoroso lance amoroso, luego Felipe con la mano cubierta de trapos le propinó dos golpes en salva sea la parte, para después perfumarlo con la esencia de azahares tomada de la corona de la mismísima novia.

El novio balbuceaba torpemente pugnando por articular palabra, más las secuelas del garrotazo y los vapores del licor continuaban haciendo estragos en su entendimiento —Ahora tú, Chelo, armándote de toda la paciencia del mundo, te irás a dormir en el sillón vistiendo únicamente tus enaguas. Al menor intento del capitán por espabilarse, le propinas un buen porrazo en las espaldas para que se vuelva a quedar dormido; de esa suerte lo mantendrás hasta la mañana.

Mientras adoctrinaba a la hermana, extrajo de entre sus ropas un costal que contenía la sangre de los pavos sacrificados para el banquete, y la vertió justamente sobre la abertura de la sábana de castidad, la cual serviría de fehaciente testimonio de que la joven Consuelo conservaba su doncellez al llegar al matrimonio. Después se escabulló con sigilo por la puerta principal.

Dicha prenda, como bien sabéis, amigo lector, habría de exponerse después en el balcón para que todo el mundo pregonara la dicha de que una doncella se convertía en mujer… ¡Ah, que absurdas e inútiles vanidades de la costumbre mexicana!

A la mañana siguiente, no bien hubo abierto los ojos el ilustre capitán Sóstenes Antípides, pugnó por hilar apenas dos frases seguidas: —Pero ¡vaya soberana borrachera la que me cargué ayer! ¡Consuelo! ¿En dónde te hallas, hermosa princesa mía? Anda, ven acá y dame un apretado abrazo, ¡que ya somos esposos por todas las de la ley! —exclamó mientras se sobaba las magulladas espaldas con un gesto de dolor—.

—¡Santo Dios, qué reverenda chinga me has acomodado, esposa mía! ¡Si me duele hasta el alma! Pero anda, dime, ¿qué tal me he portado? Que ya miro —añadió, volviendo los ojos hacia la sábana manchada de grana viva— que has cumplido fielmente la promesa de tu señor padre… ¡Ven acá y dame un beso! Repitamos la noche de intensa pasión, siquiera para deleitarme con el verdadero sabor de tus caricias.

—¡Vete a bañar primero, que apestas y estás hecho un asco! —respondió severa la desposada, al tiempo que recogía las prendas desperdigadas por el suelo y las acomodaba sobre los descansos —¡Anda, ven, ingrata! Dale a tu legítimo marido otra muestra de tu fervoroso amor —insistió él, propinándole un astuto pellizcón en las nalgas —Lo haré, pero ve a asearte de una buena vez, que estás verdaderamente sucio.

—Está bien, mujer. Me lavo y regreso de inmediato… Pero ¿en dónde chingados queda el baño? —A la vuelta: abres aquella puerta y allí lo verás.

¡Ah, pero no bien había dado la espalda el confiado capitán, cuando la novia, armándose de valor y del pesado porrón, ¡le propinó un garrotazo con todas las fuerzas de su alma! El infeliz militar volvió a dar de bruces contra el suelo, esta vez con la fortuna de caer muy cerca de la tina.

Entre bravos empujones, pellizcos de rabia y un florido repertorio de malas palabras, la resuelta Consuelo, sacando fuerzas de quien sabe la virgen de Santa Ana de dónde, hizo lo imposible hasta encajar al energúmeno dentro del recipiente; llenó a jicarazos luego la tina con agua fresca, velando con singular esmero para que el maridito no fuese a ahogarse en el trance, vertióle unas cuantas esencias perfumadas quedando satisfecha con su labor de ¡buena esposa!

Descendió tranquilamente a tomar el chocolate caliente, mientras en el piso de arriba, entre los vapores de la tina, el infeliz capitán comenzaba a ahogarse en sus propias gárgaras.

Continuará…

->> También te puede interesar: ¡Ay! Mi Querétaro Lindo capítulo anterior

Etiquetas: HISTORIALA APUESTA DE ECALA

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