Las paremias son sabias y una de ellas reza que el pasto siempre es más verde en la casa del vecino, y en esta ocasión es cierto… o al menos así lo parece cuando uno mira hacia el norte del continente y ve lo que está ocurriendo con el futbol.
Qué extraño es el tiempo en este deporte.
Hace apenas unas semanas el mundo entero se detenía por un Mundial. Las ciudades se vestían de banderas, las conversaciones empezaban con un resultado y terminaban en teorías imposibles. Y, sin embargo, el fútbol no tiene memoria larga ni pausa. El Mundial ya es pasado.
Sin darnos cuenta, la Liga MX ya camina con tres jornadas encima. La pelota volvió a su rutina, los fines de semana recuperaron su forma habitual. Y justo cuando uno apenas se acomoda a ver la Liga MX, aparece la Leagues Cup.
Y entonces uno vuelve a mirar hacia el vecino.
Y lo que ve es, en parte, la confirmación del dicho: el pasto parece más verde porque ahí están llegando, o ya llegaron, las leyendas en su ocaso. Messi, Suárez, Lloris, Reus, Casemiro, Müller, Son, Griezmann, Lewandowski… nombres que hasta hace poco eran patrimonio exclusivo de las noches de Champions, de los Balones de Oro, de las finales mundialistas y de los grandes clásicos europeos. Hoy conviven en la MLS.
Y lo más sorprendente no es su presencia, sino la naturalidad con la que la hemos asumido. Antes cada fichaje de este calibre era un terremoto mediático. Hoy es una foto que ya forma parte del paisaje.
La MLS consiguió algo todavía más difícil: hacer que dejáramos de sorprendernos. Hace apenas unos años la llegada de una estrella era una excepción; hoy parece una tradición de cada verano.
Sí, es el tramo final de muchas carreras.
Pero qué manera de transitarlo.
Porque no es lo mismo apagarse que transformarse. No es lo mismo desaparecer que seguir brillando de otra forma.
Pienso en los libros. Hay historias que se devoran de un tirón. Otras esperan años en tu buró hasta que, un día, al abrirlas, entiendes que no habían envejecido: eras tú quien finalmente estaba listo para leerlas.
Con estos futbolistas pasa algo similar.
Ya no corren como antes, tampoco presionan cada balón como si fuera el último, ya no dominan desde la explosión física.
Pero han cambiado la velocidad por la lectura. El desgaste por la inteligencia. El instinto por la pausa. Juegan un segundo antes que el resto, como los escritores que ya no necesitan explicar tanto para decir más.
Y lo confieso, hay algo de envidia en esa escena. O mucha.
Porque uno imagina lo que habría sido ver ese último capítulo en nuestra liga. Messi, Suárez, Muller o Lewa recorriendo canchas mexicanas cada fin de semana. Jóvenes formándose frente a jugadores que antes solo existían en videojuegos o en televisión. Una generación creciendo con la certeza de que las leyendas también podían pisar su barrio futbolístico.
Pero no ocurre.
Y probablemente no ocurra. Por economía, por estructura, por distancia, por seguridad y por tantas razones que siempre terminan pesando más que la ilusión.
Quizá por eso me gusta pensar que las carreras de los futbolistas se parecen a las grandes novelas. Ningún lector elige dónde comienza una historia; eso lo decide el autor. Pero todos recuerdan dónde termina. Hay finales que convierten un buen libro en un clásico y otros que apenas sobreviven al último punto.
La MLS entendió eso antes que nadie: no solo está contratando futbolistas; está quedándose con los últimos capítulos de las grandes historias del futbol.
Nosotros seguimos con lo nuestro. Con nuestras figuras de siempre, con Orbelín como uno de los refuerzos de lujo, sin ascenso ni descenso, vendiendo nuestro futbol como si ahí girara todo el universo.
Y con la sensación de que el futbol, como las paremias, siempre tiene razón: el pasto del vecino puede parecer más verde… aunque, en esta ocasión, no es una ilusión óptica. Es porque allá las leyendas decidieron escribir el último capítulo de su historia.







