El caso más emblemáticos se da en Nueva Zelanda, contra el pino silvestre, que ofrece una lección para cualquier país que se apresure a plantar árboles para alcanzar sus objetivos climáticos. Si bien la cifra principal puede ser de miles de plántulas, la verdadera prueba llega décadas después, cuando esos árboles interactúan con el agua, el riesgo de incendios, las especies autóctonas y las economías locales.
Lo anterior nos debe servir de recordatorio, ya que plantar no es lo mismo que restaurar. Un bosque puede almacenar carbono y, aun así, perjudicar una cuenca fluvial si la especie, la ubicación y la gestión a largo plazo son inadecuadas.
Por otra parte, un análisis económico elaborado para el programa de control de coníferas silvestres de Nueva Zelanda reveló que, al sustituir los pastizales por densos bosques de pino radiata, se han registrado reducciones anuales en el caudal de agua superficial de entre el 30 % y el 81 % en diversos estudios de cuencas hidrográficas.
Por su parte, el Ministerio de Bioseguridad de Nueva Zelanda, ha expresado que el pino radiata y el abeto de Douglas son especies comerciales importantes en Nueva Zelanda, y el Departamento de Conservación señala que ambas pueden ser útiles si se plantan en lugares apropiados y se gestionan adecuadamente. El peligro surge cuando las coníferas de rápido crecimiento se introducen en ecosistemas que evolucionaron sin ellas.
Así mismo, en Florida (E.U.A..), la invasión de árboles niaouli (Melaleuca quinquenervia) en los pantanos ha hecho que los incendios sean más intensos.
Plantar especies invasoras provoca la pérdida de biodiversidad nativa al competir agresivamente por luz, agua y nutrientes. Estas plantas se expanden sin control al carecer de depredadores naturales, alterando el hábitat, modificando la composición del suelo y aumentando el riesgo de incendios forestales.
Las consecuencias se extienden a múltiples niveles:
Desplazamiento de fauna y flora local: Al crecer rápido o producir sustancias tóxicas (alelopatía), impiden que otras especies autóctonas crezcan o se reproduzcan, lo que puede llevarlas a la extinción.
Alteración de los ecosistemas: Modifican los ciclos de nutrientes y agua. Por ejemplo, algunas especies invasoras de árboles absorben tanta agua que llegan a desecar arroyos y humedales locales.
Impacto económico y urbano: Causan daños a la infraestructura hidráulica y urbana. Su erradicación requiere la inversión de millones de pesos.
Efectos en la salud: Pueden liberar alérgenos o convertirse en trampas ecológicas para polinizadores locales
En el caso de la ciudad de Querétaro se tiene documentado daños a la infraestructura urbana, pues muchas especies exóticas (como el eucalipto, el ficus o la jacaranda ) poseen sistemas de raíces (horizontales) extremadamente agresivos y superficiales que con el tiempo, estas raíces fracturan banquetas, levantan el pavimento de las calles y dañan tuberías subterráneas de agua y drenaje.
Y a diferencia de un mezquite o un huizache nativo, los árboles exóticos no suelen ofrecer el tipo de alimento (frutos, resinas o insectos específicos) que requieren las aves y polinizadores urbanos autóctonos.
Por ello se ha recomendado lo siguiente:
Especies de porte pequeño (Ideales para banquetas estrechas y frentes de casas)
Palo Dulce (Eysenhardtia polystachya): Árbol mexicano de tamaño contenido con un sistema radicular muy noble. No levanta banquetas, genera una copa pequeña y regala flores blancas muy atractivas para las abejas.
Tronadora (Tecoma stans): Especie arbustiva de raíces poco agresivas y crecimiento moderado. Destaca por sus vistosas flores amarillas en forma de campana que decoran la vía pública durante gran parte del año.
Tepehuaje o Huizache (Acacia farnesiana): Altamente resistente a las sequías. Sus raíces crecen de forma predominantemente vertical, evitando daños al concreto periférico. Posee flores esféricas amarillas muy aromáticas.
Especies de porte mediano (Para camellones anchos, parques y jardines residenciales)
Palo Verde (Parkinsonia aculeata): Se distingue por su corteza verde capaz de hacer fotosíntesis y sus delgadas ramas con flores amarillas. Es sumamente resistente al calor urbano y requiere riegos mínimos una vez establecido.
Garambullo (Myrtillocactus geometrizans): Cactácea columnar endémica de la región que puede alcanzar forma de árbol. Su inclusión en el paisaje urbano ahorra grandes volúmenes de agua y provee frutos apreciados por la fauna aérea local.
Palo Blanco (Caesalpinia mexicana): Árbol de sombra ligera y raíces profundas. Tolerante a la contaminación de las calles y de bajo mantenimiento fitosanitario.
Especies de porte grande (Exclusivos para parques públicos y áreas verdes amplias)
Mezquite (Prosopis laevigata): El árbol insignia de las zonas áridas. Sus raíces buscan agua a gran profundidad (freatofita), fijan nitrógeno en el suelo y su copa extendida proporciona una sombra densa invaluable contra las islas de calor urbanas.
Encinos Nativos (Quercus spp.): Especies como el encino verde son de crecimiento lento, pero sumamente longevas. Generan una de las mejores sombras de la región, retienen humedad en el suelo y no tiran sus hojas de golpe en el invierno
Cuando se toman decisiones sobre la gestión de los árboles, es importante tener en cuenta los impactos más allá del verdecimiento, estética vegetal o simplemente llenar un espacio, pues puede haber efectos negativos de las invasiones de árboles sobre la biodiversidad y las comunidades humanas, mediante la reducción del caudal de agua, impacto negativo en al albedo (el porcentaje de radiación que cualquier superficie refleja) consumo de agua o el aumento de plagas.
Frecuentemente se piensa que los árboles logran mejorar el microclima, pero hay que señalar que, eso depende del lugar (dónde) y la especie (qué), pues a guisa de ejemplo, un aumento en la cubierta forestal con especies frondosas, en regiones frías y templadas también puede causar calentamiento neto al alterar el albedo (el porcentaje de radiación que cualquier superficie refleja), la cantidad de luz solar y radiación que se refleja de la superficie de la Tierra. Por ejemplo, en las latitudes altas de Canadá o Rusia, la naturaleza reflectante de la nieve enfría el planeta, así que tener árboles en esas áreas, que cubriría la nieve y y provocaría que la superficie sea más oscura y, por lo tanto, más caliente.
Por lo anterior, se ha dicho, tanto en la academia como entre la ciudadanía, que “los árboles no siempre son la respuesta” a todo. Y por supuesto, tiene sus limitaciones como las siguientes:
-Elección incorrecta: Plantar especies equivocadas (por ejemplo, árboles invasores o no nativos) puede dañar los ecosistemas locales y consumir demasiada agua
-Consumen más agua.
-Planeación espacial: En zonas urbanas, requieren diseño para evitar daños a tuberías, banquetas o cableado subterráneo, o la caída de muchas hojas que afectan los drenajes.
Los árboles son una parte vital de la respuesta, pero deben combinarse con un consumo responsable, reducción de emisiones y una correcta planeación urbana
En resumidas cuentas, la plantación de árboles no nativos en lugares equivocados, causa un impacto ecológico como el desplazamiento de flora nativa, la alteración del ciclo del agua, la alteración de la biodiversidad, la modificación del suelo y el declive de la fauna local.
Recordemos que las especies invasoras, son reconocidas, como una las principales causas del declive de la biodiversidad en todo el mundo.
No se trata de plantar árboles por plantar, sino de incrementar la biodiversidad con especies nativas y mejorar los servicios ambientales, sobre todo en la urbe.







