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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
10 julio, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
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4 de noviembre de 1862, Casona de la familia Olguín.

¡Válgame la virgencita de Santa Ana, mi amado y nunca bien ponderado lector! Qué tiempos estos que nos ha tocado atestiguar, donde el amor y la santa institución del matrimonio deben esconderse de las luces del día como si fuesen delitos o contrabandos de la peor ralea.

Permítame vuestra merced transportarlo, con la agudeza de mi pluma y el celo de quien escudriña las costumbres de nuestra tierra, a los acontecimientos que paso a relatar, tal como se vivieron en este suelo de verdes frescores y arcadas de color de rosa.

La tarde es un revoloteo de mujeres, van y vienen por todo el lugar; los pájaros que se anidan para dormir en las grandes copas de los frondosos árboles le dan una idea de lo que son las romerías en los grandes caminos que rodean esta pequeña ciudad de violáceos atardeceres; las diecisiete hijas de Don Felipe ronronean por toda la casa, los preparativos del casorio de María Luisa con el joven Manuel Septién, hijo predilecto de la familia de telas, lienzos y finas sedas, son el jolgorio de toda la septentrional casona.

Todo el bullicio solo se sentía dentro de las habitaciones, si los pequeños piquetes de soldados liberales que dan serios rondines por las polvorientas calles se dieran cuenta de que había matrimonio y no se registraban en las improvisadas oficinas civiles, serían puestos en pena de privación de sus costumbres, pasando los novios y padres unos buenos meses en la mazmorra de la penitenciaría, como varios ya lo pasan.

¡Casarse en estos tiempos es un acto de clandestinidad!

Los trabajadores liberales del gobierno aún del general José María Arteaga; el mismo que destruyó en 1860 en una de sus borracheras —ya ve que ni se le daba— más de la mitad de los bienes de templos y conventos cómo las cuatro capillas anexas al conjunto franciscano; una mañana se le ocurrió cañonear cada uno de ellos, con el estrépito de ¡Arriba Juárez! Dejando en espanto y zozobra a toda la ciudad.

Para los oficiales liberales, casarse en los registros civiles era obligatorio, es más, en ocasiones solo por demostrar que las oficinas funcionaban ¡A rastras traían a las aún niñas para casarse con sargentos y la soldadera chinaca! Luego hacían una falsa fiesta caminando todos por las calles en señal de que era la mejor manera de matrimoniarse.

Esta afrenta la guardan muy bien los queretanos —ya ve que ni se les da ser rencorosos— y a la primera oportunidad de hacer algo en contra de lo que los gobiernos liberales consideran ¡La ley! Los parroquianos de esta muy noble y leal ciudad decidieron que a partir de no haber templos para el sagrado sacramento del altar, ni siquiera pensar en acercarse a los olvidados y roídos registros civiles, donde solo los convenencieros se casan, así dice la chusma; decidieron en la total clandestinidad realizar sus bodas.

Por las noches la hija de Don Felipe Olguín, el próspero dulcero de la comarca, asiste a sus ejercicios de cómo ser una leal y fiel esposa; en finos encajes realiza su ajuar de novia, que incluye por supuesto su vestido de azahares en gancho; se le instruye en dominar la cocina —al menos los arreos de tales actividades los conoce porque es afanadora de almibares—, pero la combinación de sales, aromas, mantecas, carnes, quesos y sabores aún está por verse.

Se le instruye en la moral estricta de la función de una mujer al servicio de su marido, al que ya le tiene la medida seguramente, porque ha de saber amigo lector que para ¡Para sargentas y soberanas, solo las queretanas!

Por artes de la sabiduría de la naturaleza se le enseñan todos los arreos y secretos de cómo mantener feliz a su esposo ¡Cabeza del matrimonio!

Y así en lecciones del catecismo, de lecturas y libros de atención al servicio del varón, así como la sarta de tradiciones añejas que compiten más con tener una sirvienta en vez de una esposa, se les hace del velo de contar con la serenidad de soportar “su cruz” en los infames arrumacos bruscos y violentos del varón esposo.

Las hermanas, preparan con mano firme y bellamente adornada una habitación que servirá de altar para los impetuosos novios. ¡Qué cuadro tan conmovedor! Se coloca en el centro una gran mesa de finas maderas, despojada de sus usos cotidianos; sobre ella, un mantel blanco y purísimo sirve de alba al sacramento del altar.

El ambón para sostener las escrituras, cuyas palabras de vida amor eterno han de resonar en el susurro de los tiempos; ni tampoco la sede, modesta, donde se sentará quien presida el sacramento. Todo se dispone —¡ay, dolor! — como en las primitivas catacumbas romanas, a escondidas del implacable orden público.

Para infundir un soplo de gracia en aquella atmósfera de zozobra, se han colocado unas venerables imágenes religiosas familiares que adornan desde hace tiempo los altares internos de la casona, mudos testigos de las alegrías y desgracias de la estirpe de los Olguín.

El dramatismo de la hora no da tregua a la fatiga. Con infinito sigilo, cuidando que el arrastre no despierte las sospechas de los vigilantes de la ronda, se han traído desde el obrador de dulces las grandes y toscas bancas de madera, dispuestas hoy no para el descanso de los asistentes —pocos en verdad, pues el miedo es libre y la prudencia es mucha— logren ser testigos de este lazo indisoluble.

No habrá cirios que despidan alegres resplandores, pues cualquier destello delataría el escondite a los sayones juaristas; pero sí habrá lazos de unión que aten las almas para siempre. No habrá inciensos que eleven sus aromáticos humos al cielo, pero sí la digna mesa de credencia con los vasos sagrados listos para el misterio.

Todo, absolutamente todo, se planea llevar a cabo en total oscuridad, apenas con la luz de los amplios zaguanes que se filtra de reojo como un cómplice pálido y temeroso. En esa penumbra preñada de rezos y suspiros, se aguarda el instante de la unión, donde el amor se juega la vida a la sombra de la clandestinidad.

Si vuestra merced creía que en aquella atribulada casona todo era misticismo, rezos de catacumbas y piadoso encogimiento de corazón, desengáñese de una vez; que donde el diablo no puede meter la cola por vía de la persecución civil, la mete por la del vicio y la flaqueza humana.

El novio, por su parte, recibe sus propias instrucciones de sus maestros en el arte de administrar y sobrellevar la pesada carga del matrimonio, por supuesto que con los mejores adiestradores ¡Su padre y suegro! Que a la par de tener ya media tarde platicando los asuntos de “hombres” se han dado a la juerga y a la displicencia, rebajando el tono de la plática, como si estuvieran en vulgar taberna.

—Anda, muchacho —a quien en aquel momento ya se le dificultaba de sobremanera hilar dos vocablos seguidos por culpa de los tragos del ron—. Acércate a mí, mira —añadió, ejecutando la ridícula operación de secarse una lágrima con el revés de la mano—.

¡Eres el hermano que siempre quiso mi hijo! Yo anduve siempre ¡dale y dale! para que el cielo me concediese varones, y ya ves… ¡puras viejas! —y volvió a enjugarse otra lágrima de profundo dolor… dolor de borracho—. Pero ahora que llegas —prosiguió, elevando el tono de la voz con la solemnidad de quien se dispone a descubrir el hilo negro o a dictar una ley—, te conviertes en mi sostén… ¡qué digo, en mi hijo! —Y diciendo y haciendo, le endilgó un brusco abrazo, tan tosco y rudo como sus facultades le permitían. El cuitado joven apenas si podía resistir el hedor del ron del que don Felipe había abusado con tanto ahínco, maldiciendo para sus adentros la hora en que se le ocurrió emparentar con tan almibarado, pero ebrio caballero.

—O anda y dime —continuó el confitero, haciendo visajes y tratando de enfocar al mancebo con esos ojos bizcos y mortecinos que son el natural fruto del abuso del licor—: ¿acaso no soy digno de que me llames padre? —Claro que sí, don Felipe —respondió el joven con harto empacho—, pero me apena grandemente verle en esa condición. —¡Shhh! —le atajó el futuro suegro, poniéndose el dedo índice sobre los labios con un misterio verdaderamente ridículo—.

—¿Cuál condición, mentecato? ¿La de ser hombre religioso? ¿O la de estar legítimamente casado? —No, don Felipe, sino la de que anda ya sumamente borracho. —¿Cuál borracho? —replicó ofendido— borracho tu padre, que se ha quedado adormecido en el sillón como un bendito. ¡Anda, consuegro! ¡Levántate, que ahorita el joven necesita de nuestra profunda sabiduría para que aprenda a ser todo un señor como nosotros!

El anfitrión, haciendo gala de una ruda y villana campechanía, propinó una coz al mueble, despertando de golpe al padre del joven Septién. Este desventurado caballero se levantó de un salto dando puñetazos al viento, creyéndose participante de alguna riña de taberna, víctima como era de las pesadillas propias del sueño vinoso. —¿Qué traes? Acércate —gritaba el viejo, mientras desafiaba con la mirada a algún enemigo imaginario, bien a la manera del ingenioso hidalgo don Quijote contra los molinos de viento, aunque este infeliz batallaba contra los fantasmas de sus propias culpas.

—¡Sosiégate, consuegro! —le amonestó don Felipe con hipócrita gravedad—. ¿Qué va a pensar el muchacho? ¿Qué somos unos vulgares borrachos? Sepa él que andamos aquí dilucidando con tu hijo los menesteres de ser el patrón… ¡qué digo el patrón, el dueño absoluto de la dulcería completa! —Contrólese ya, por amor de Dios, don Felipe —suplicó el mozo—, que me causa gran pena tanta barbaridad.

—Mira, hijo, tú calladito, calladito —le sopló entonces su propio padre, quien parecía cobrar un adarme de lucidez entre el sopor de la embriaguez y el susto de la coz. Que, si aquí el futuro consuegro te quiere nombrar dueño, patrón o sargento mayor de la dulcería, ¡tú acéptalo… acéptalo sin escrúpulo! Total, ya sabes bien que te ha traído de su trabajador durante todo un año sin desembolsar un cuartillo, ¡haciéndote con ello el mejor yerno que he tenido! —Y acompañó sus dichos con muecas en tono burlón, desnudando así aquellas verdades incómodas que sólo el vino se atreve a proferir sin rebozo.

—¡¿Sin paga?! —recriminó indignado don Felipe, quien a duras penas conseguía sostener la verticalidad de su cuerpo, sintiéndose herido en lo más profundo de su dignidad—. He tenido al muchacho bajo un riguroso orden de instrucción —y al decir esto, alzó el dedo índice, pretendiendo dar a su vergonzosa borrachera la gravedad y el empaque de una cátedra universitaria—.

Ha aprendido bien que las mieles y las frutas cristalizadas ¡son excelente menester para el sostén de la vida!… Pero eso no es todo… No sólo de dulces y cajetas he mantenido yo a mi respetable familia. ¡Sépanse, señores, que están ante un héroe! — apenas pronunciadas estas palabras, se fue de puras narices contra el sillón de enfrente, ofreciendo un espectáculo lamentable al derribar la botella de ron que sostenía, la cual fue a golpear contra las charolas de fina plata, volcando de paso el carrito donde se custodiaban otras botellas.

—Ya, don Felipe, sosiéguese, que van a venir sus hijas y nos van a regañar; ande, mejor tómese otro trago —le decía el joven Septién. —¡Shhh, joven, shhh! —insistía el viejo mientras trata de levantarse—. ¡Déjame hablar!… Bueno, sí, te acepto el trago. El joven, con el único fin de que se aplacara y guardase silencio, le sirvió más ron en un vaso decorado, lo acomodó malamente en un sillón y, entre ver el desorden y los destrozos de la caída, procuraba mantener la calma mientras recogía los vidrios de lo que se había roto.

—Deja eso ahí, muchacho, hombre —le ordenó el ebrio con ademán despectivo—, que al rato lo recojan las niñas. Ven, acá. Mira, a un servidor lo han acusado en esta ciudad de todo: de infiel, de borracho, de facineroso… Pero ¿traidor a la patria? ¡Jamás! Sin embargo, quiero confiarles un secreto que guarda mi familia, y pues como ya serás parte de ella… —y diciendo esto, le asestó un recio codazo a su consuegro para sacarlo del siguiente sueño.

—Mira —prosiguió con problemas para hilar—, todo lo que ves se ha logrado porque siempre hemos estado del lado de lo correcto, de quien siempre tiene la razón… —Y aquí el buen hombre comenzó a quedarse dormido en mitad de la plática; circunstancia que aprovechó el joven Manuel Septién para aguzar el oído, pues estaba muy atento al famoso secreto familiar que por toda la ciudad se murmuraba…

¡Que ellos eran los mismísimos que pagaban a los ejércitos del general Tomás Mejía, sufragando armas, comida y municiones de los batallones que se formaban en la Sierra Gorda, y esto, en gran parte, con el dinero que la misma Iglesia le había confiado para otros fines!

—¡Dígame, don Felipe! —le instó el mozo con impaciencia. —¿Qué cosa? —respondió el interpelado, abriendo un ojo modorro. —¡Lo del secreto! —¿Cuál secreto, mijo? ¡Ah, sí, ya me acordé!… Mira, muchacho, los liberales no lo saben, y pues cuanti menos el indio Juárez; llevamos meses enteros auxiliando a los ejércitos conservadores… —Y no pudo decir más, porque el sueño de la caña lo rindió por completo.

El joven se levantó, observó los libros que había en el escritorio, los hojeó, miró las cifras y a quienes iba dirigido la lista de embarques con destinos, no era difícil descifrar, al ver las notas marginales que ordenaban el envío de «cajas de ates y jamoncillos con peso duplicado» hacia la Sierra Gorda; observó que estaba ante un verdadero reaccionario.

Quedó el mozo a la sazón tan estupefacto y suspirando por los cabos de lo que acababa de dilucidar, que por un momento pareció perder el uso de la palabra. Y es que, ¡válgame Dios!, bien dicen que una cosa es el runrún del vulgo que vuela de boca en boca, y otra muy distinta es palpar la verdad desnuda, pues entre las sospechas y la evidencia media una distancia tan grande como la que hay de la virtud al vicio.

Pero nunca falta que las paredes, amigo lector, tuviesen oídos —por ello ser cuidadoso en contar secretos— Uno de los sirvientes del obrador de dulces del honrado Don Felipe, se hallaba en escondido, tras las cortinas, devorando con malicia cuanta sílaba se pronunciaba.

Al comprender la gravedad de lo hablado, encendióse en su pecho la infame llama de la codicia; bien sabía aquel pícaro que semejante secreto no era cualquier baratija, sino mercancía fina que bien valía las talegas de oro que los señores liberales estaban prontos a desembolsar por descubrir las tramas de sus contrarios.

Así pues, cegado por el interés y olvidando la fidelidad que debía a su pan, tomó las de villadiego, enderezó sus pasos hacia el cuartel, bajo la luna que brillaba y el polvo de las calles, resuelto a vender su alma al mismísimo capitán Don Sóstenes Antípides.

Continuará…

 

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Etiquetas: HISTORIALA APUESTA DE ECALArelato

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