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Cuando la propaganda se quiso vestir de prensa

Gildo

por Gildo Garza
8 junio, 2026
en Editoriales
Carta a Santa Claus: los niños malos de la política queretana
15
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El Día de la Libertad de Expresión en Querétaro tuvo este año un momento que vale la pena dejar por escrito. La Asociación de Periodistas del Estado de Querétaro, encabezada por Facundo Ugalde González, entregó el Premio Estatal de Periodismo que en esta edición llevó el nombre de Sergio Arturo Venegas Ramírez, querido y recordado en el gremio como El Armero.

No fue un acto de trámite. Fue un reconocimiento a una historia, a una casa editorial y a una forma de entender este oficio. Su padre, don Sergio Venegas, recibió esa distinción con la serenidad de quien sabe que el periodismo no se hereda como apellido decorativo, sino como memoria, trabajo y responsabilidad. Desde este espacio, además de agradecerle a don Sergio por abrirnos estas páginas, vaya una felicitación a su familia, a esta casa editorial y a quienes fueron galardonados en una fecha que no debería quedarse en ceremonia.

Porque hablar de libertad de expresión exige algo más que aplausos. Exige decir lo que muchos comentan en corto, pero pocos se animan a escribir: en Querétaro el ecosistema informativo se llenó de ruido, improvisación, páginas militantes, comunicadores de facción y propagandistas que creen que agarrar un celular, abrir una cuenta de Facebook, repetir consignas y atacar adversarios los convierte en periodistas.

No lo son.

Decirlo no es censura ni pleito gremial. Es ponerle nombre a una confusión que ya empezó a hacer daño. Una cosa es la libertad de expresión, derecho de todas las personas, y otra muy distinta es el periodismo, oficio que exige método, ética, contexto, memoria, responsabilidad y una relación mínima con la verdad.

Toda persona puede opinar, criticar, disentir, burlarse, publicar, militar y defender la causa política que quiera. Eso no se discute. Lo que sí debe discutirse es la comodidad de quienes se presentan como prensa cuando en realidad operan como voceros, golpeadores digitales o administradores de odio al servicio de una facción.

En Querétaro hay periodistas reales: reporteros de fuente, editores, fotógrafos, auxiliares de redacción, medios digitales serios, comunicadores comunitarios y gente que camina la calle, lee expedientes, revisa documentos, pregunta, contrasta y publica aun sabiendo que incomodar al poder siempre tiene costo.

Pero también hay personajes que nunca han escrito una nota, ni su nombre completo, que jamás han entendido una fuente, que no conocen un código deontológico y que usan la palabra “prensa” o “comunicadores independientes” como escudo cuando alguien les exige responsabilidad.

Ahí empieza el pantano.

La propaganda no es periodismo. La comunicación social no es periodismo. La militancia no es periodismo. Todo eso puede existir, circular y expresarse, pero no puede ocupar el lugar del oficio ni esconderse bajo la palabra “periodista” cuando se usa para golpear, intimidar o desacreditar.

El periodismo no nace de un live ni de una consigna. Nace de buscar información, contrastar datos, entender contexto y asumir responsabilidad frente a la sociedad.

Por eso lo ocurrido con Morena en Querétaro no puede verse como un taller más. Bajo el nombre amable de “comunicación popular”, se exhibió un ejercicio de formación política donde no se habló de ética periodística, derecho a la información, protección de fuentes, responsabilidad pública ni límites frente al odio. Se habló de “dar la batalla” en redes. Se felicitó al partido por capacitar militancia. Se señaló a medios como “chayoteros”, “traidores”, “desinformadores” y parte de una maquinaria de engaño.

Eso no es comunicación popular. Eso es propaganda organizada.

Cuando un partido sostenido con recursos públicos enseña a su militancia a mirar al periodismo crítico como enemigo, el asunto deja de ser anécdota. Se vuelve advertencia. Una cosa es formar cuadros políticos y otra sembrar resentimiento. Una cosa es defender un proyecto y otra fabricar enemigos.

Morena en Querétaro mostró un manual conocido: si el medio incomoda, se le llama chayotero; si el periodista pregunta, se le llama traidor; si alguien cuestiona, se le acusa de servir a la derecha, al PAN, al PRI, a Estados Unidos o a cualquier fantasma útil para no responder. Es el viejo truco del poder cuando se siente descubierto: no explica, etiqueta; no debate, lincha; no responde, criminaliza.

En México eso no es juego. Llamar “chayotero” a un periodista no es una broma inocente en un país donde han asesinado, desaparecido, desplazado, amenazado y judicializado reporteros. Esa palabra sirve para quitarle credibilidad al periodista antes de dejarlo solo. Primero se mata la reputación. Luego se mata el oficio. Después se mata la investigación. Y cuando el Estado voltea hacia otro lado, también terminan matando al periodista.

Por eso la pregunta cae sola: ¿quién supervisa el odio? ¿Quién revisa cuando desde un partido se entrena a simpatizantes para ver a los medios como enemigos? ¿Quién documenta cuando la agresión no llega con una pistola, sino con páginas militantes, videos, etiquetas, burlas, mentiras sembradas en grupos y linchamientos digitales?

La violencia contra la prensa ya no siempre toca la puerta con hombres armados. A veces llega por Facebook, por WhatsApp, por un meme, por una mentira repetida hasta parecer verdad o por un taller donde se presume “revolución de conciencias” mientras se siembra desprecio contra el periodismo incómodo.

Eso también debe nombrarse. No para callar a nadie. No para censurar. Cada fuerza política puede defender sus ideas, pero el poder tiene límites: puede responder, no linchar; puede aclarar, no perseguir; puede defenderse, no convertir al partido, al gobierno o a sus simpatizantes en una maquinaria de odio contra la prensa.

Por eso en Querétaro hace falta una base seria, ética, legislativa y profesional. Hace falta una ruta que obligue a distinguir entre periodismo y propaganda, entre crítica y amenaza, entre comunicación pública y golpeteo faccioso. Hace falta profesionalizar sin censurar, ordenar sin excluir y dejar claro que tener una página, seguidores o un celular en la mano no basta para exigir trato de periodista cuando nunca se ha ejercido el oficio con responsabilidad.

A muchos no les va a gustar, porque durante años vivieron cómodos en la confusión. Les convenía que nadie preguntara quién informa y quién opera; quién cubre una fuente y quién cobra por hacer ruido; quién protege fuentes y quién entrega reputaciones al linchamiento; quién publica datos y quién sólo repite consignas.

Pero el oficio no puede seguir rebajado al tamaño de un live. El periodismo, cuando es real, incomoda a todos. Por eso vale. Porque no nació para servirle al poder, sino para vigilarlo.

Esa es la diferencia que Querétaro necesita recuperar. Hace falta hablar de ética, secreto profesional, protección de fuentes, seguridad digital, daño moral, derecho de réplica, violencia digital, censura indirecta y responsabilidad pública. Hace falta que quienes comunican sepan que tienen derechos, pero también límites. Hace falta que la comunicación social deje de ser altar de funcionarios y vuelva a ser información útil para la ciudadanía.

El Día de la Libertad de Expresión debería obligarnos a mirar esa herida sin maquillaje. No basta decir que todos pueden hablar; eso ya lo sabemos. La pregunta es quién puede informar sin miedo, quién puede investigar sin ser linchado, quién puede criticar al poder sin que le fabriquen una campaña.

La libertad de expresión no se defiende con talleres de odio ni con propaganda vestida de pueblo. Se defiende con periodistas vivos, libres, profesionales y respetados; con ciudadanos capaces de distinguir entre una nota y una consigna; con instituciones que no premien el aplauso ni castiguen la crítica.

Porque cuando la propaganda se atreve a vestirse de prensa, el periodismo tiene la obligación de desnudarla.

Colofón

Por cierto: en las campañas que vienen se ocupará periodismo de investigación, no propaganda. Que les sirva a morenos, panistas, priistas y emecistas. Coahuila acaba de darles una lección.

Pongan atención.

Que les sea leve.

A chambear.

@GildoGarzaMx

Etiquetas: El Armerolibertad de expresiónperiodismo

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