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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
5 junio, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
5
VISTAS

Las infaustas condiciones de la sala del cuartel, donde el capitán liberal Sóstenes Antípides aguardaba a un grupo de comerciantes de grana de la ciudad de violáceos atardeceres, sembraron en su pensamiento un enigma que no dejaba de darle vueltas.

La luz que filtraban los ventanucos era paupérrima, pues apenas despertaba el día sobre la población, y tras la descomunal trifulca de la noche anterior con el desdichado síndico, no cabía en su cabeza de militar más que un solo pensamiento:

«¿Qué demonios querrán estos señores rotos?».

Pesaba sobre estos personajes el constante amparo que debía dar a los benditos frailes; bien se murmuraba entre la chusma que alguno de ellos, el dulcero para ser más específicos, había conducido tesoros hacia el puerto de Tamaulipas, o con más seguridad, rumbo al Paso del Norte.

Así lo cavilaba el militar mientras descendía los peldaños, limpiándose con un pañuelo mugriento el sudor de la dura fatiga pasada con la chusma, lance que por poco le cuesta la existencia misma.

Al ingresar a la sala del cuartel, ninguno de los presentes hizo el menor amago de brindarle un saludo cortés o afectuoso. ¡Y miren, amados lectores, que mi patria Querétaro podrá ser un enjambre de avispas y mentadas, pero la crianza y los buenos modales jamás suelen faltar en sus hijos!

Con todo, se vio precisado a saludar el joven dulcero Felipe Olguín; seguíale el señor Horacio Oceguera, gachupín de gran fortuna gracias a sus mercerías y telares, negocios que tanto prosperaron en los buenos tiempos para vestir a la moda a las damas de alcurnia; figuraba también don Agustín del Pozo, médico de crédito y dueño de varias boticas de esas que todo lo pretenden remediar con polvos de la madre Celestina y aguas de magnesia; y por último, don Esteban Septién, comerciante de rones y encargado de la zafra que fatiga las riberas del río.

Cierto es que el aguamiel y el pulque abundan en cada esquina de los barrios viejos para perdición de la plebe, pero esto del ron es la moda del día, y siendo negocio tan lucrativo, nadie se queja.

A leguas se columbraba que las fortunas de aquellos caballeros no habían padecido menoscabo por la guerra, o al menos eso conjeturaba el capitán.

Hosco y torvo como una puerca recién parida, tomó Antípides uno de sus estoperoles de grado, ajustándolo a las charreteras de su camisola, mientras tomaba asiento tras la desvencijada mesa de roble, la cual mostraba las profundas cicatrices de mil batallas.

Encendió un aromático cigarro de hoja, prestándole toda su atención, y se repantigó en la silla mirando fijamente y con desdén a cada uno de sus visitantes —¡Eh, tú, Domitila! —ordenó de inmediato a la fámula—. Trae un buen vaso de aguamiel a estos señores; que, mirándoles las manos limpias y el rostro lacio, me queda en claro que por alguna gracia divina han quedado exentos de la leva… ¿O me equivoco, caballeros? —.

Los hombres ni pestañearon ante la provocación. El joven Olguín, con tono resuelto, replicó:

—No hay leva, mi capitán, cuando el comercio florece; bien lo reza la ley: «Consérvense los suministros comerciales y evítese reclutar a los ciudadanos útiles…» —En esa letra se escudan, joven Olguín —interrumpió el militar—. Pero vamos al grano, que me queda más que claro que no vienen a ofrecer dinero para el mantenimiento de mis tropas, ¿verdad?

Ante su propio arrojo, Antípides apuró el aguamiel del jarro de barro con presteza y ordenó: —Deja ya la botella, Domitila, y marcha a disponer el rancho, ¡que me acomete un hambre de canallas!

Elevó los ojos al techo en señal de fastidio y, tornando su tono aún más hostil, prosiguió: —Miren, cabroncitos: si no me traen vituallas para la tropa, si la ley me impide llevarlos al frente, y si tampoco juzgo que me traigan un buen ron de contrabando o una de sus famosas canastas de dulces… ¿qué carajos es lo que pretenden? —.

Los comerciantes se consultaron con la mirada, y una vez más el joven dulcero tomó la palabra. Se levantó de su asiento y comenzó a pasearse por la estancia del cuartel.

Examinó los mapas de estrategia de las batallas que se libraban en el territorio; contempló los fusiles que descansaban en la armería: distinguió algunos rifles británicos Enfield de bala Minié de calibre quinientos cincuenta y siete, otros tantos Springfield de 1858 de calibre cincuenta y ocho, y no pocos fusiles de chispa de los llamados Brown Bess.

Felipe Olguín, que de armas entendía lo suyo, los reconoció al instante; bien sabía que no eran los modernos rifles Henry que portaban sus propios hombres para custodiar las carretas que marchaban al norte con el «sagrado cargamento», pero en manos de soldados expertos en el arte de la guerra, aquel arsenal resultaba letal.

Sacó Olguín de su chaleco un reloj de finísima herradura, un Patek Philippe de manufactura suiza. Consultó las horas y, mostrándoselo al militar, le dijo: —Dígame la hora, capitán — Soberbio y displicente, Antípides no hizo caso y se limitó a sostenerle la mirada —Ande, señor mío, no se me ponga digno. ¿Qué hora marca? — El capitán volvió a negarse, respondiendo con rudeza:

—Solo atiendo a las voces de mis superiores — El joven guardó la pieza con parsimonia.

—Advierta, capitán, que está ante comerciantes a quienes ni la guerra ni la intervención extranjera les merman las ganancias—.

Se colocó entonces detrás del doctor don Agustín del Pozo, posando las manos sobre sus hombros, continuó: — Antes bien, la penuria de las familias pudientes de la Ciudad de México y de otras provincias como el Potosí no cesa de demandar nuestros productos.

En las batallas se matan los valientes, señor capitán, mientras que alguien ha de mantener el abasto para los ricos, por cierto, sedientos de no padecer. Recuerde que el rico teme a dos cosas: Caer en pobreza o morir, les quita la paz esa posibilidad.

Ha querido la fortuna que en esta ocasión seamos nosotros los encargados de que nada falte a esas bocas hambrientas, pero con oro ¡y sabemos hacérselos llegar a cualquier precio! Esos somos, capitán; de modo que no nos falte al respeto con sus altiveces.

Antípides se levantó de la silla hecho una furia.

—¿Vienen a insultarme en mi propio cuartel? Les pregunto por última vez, y miren que se me agota la templanza: ¿qué chingados quieren? ¡Yo soy un benemérito de la patria, un héroe de mil combates, y no unos pinches rotos pendejos! No han de venir a ultrajarme delante de mí batallón— Paseó la vista por todos con el vivo deseo de asestarles un tiro, pero logró contener el impulso; un mal lance y el general Arteaga lo mandaría derechito al paredón de fusilamiento, pues bien, reciente tenía la orden de una postal que decía: «No se toque a los comerciantes, que ellos sostienen la vida de la ciudad».

—Mire, capitán —dijo Olguín con aplomo—, déjese de rodeos y valentonadas de compadre engañado. Lo que venimos a pedir es protección para nuestras familias por medio de sus tropas; desde luego, mediante una gratificación tal que ni usted ni sus sargentos tendrían motivo de queja… ¡en unos treinta años, si mis cálculos no me fallan! —.

El capitán se dejó caer en su asiento de golpe. Esperaba cualquier respuesta de aquellos hombres, incluso un zafarrancho de los que también sabía librar, pero una propuesta de tal cuantía monetaria lo dejó estupefacto.

—No me quiera ver la cara de tonto, joven. ¿Qué está usted insinuando? ¿Qué desvíe a mis hombres del deber para que usted y sus socios conduzcan sus mercancías a los compradores en mitad de esta guerra de invasión? —.

El joven Felipe se aproximó a Sóstenes Antípides, quien no salía de su asombro.

Con pasmosa audacia, metió la mano en la bolsa superior de la camisola del militar y le extrajo los cigarros; luego, hurgó en su propio pantalón de finas telas para sacar una elegante caja de fósforos importados de España y prendió el tabaco de buena manufactura veracruzana.

Dio un par de bocanadas sólidas, saboreando el humo, y limpiándose briznas de tabaco de los labios, inquirió: —¿Cuánto gana un capitán por sus servicios a la patria? Setenta pesos ¿cincuenta? — Antípides no respondió.

Se dirigió el dulcero hacia la armería y descolgó un rifle Springfield. Lo examinó con ojo crítico, notando que estaba recién calibrado; tomó un cartucho, lo introdujo en la recámara, amartilló el arma y se la llevó al hombro. Cerrando un ojo y fijando el otro en la mira, apuntó directo a la frente del capitán. Sus acompañantes no movieron un dedo; daba la impresión de que tales desplantes eran cosa ordinaria en el dulcero o que ya estaban curados de espantos.

—Qué frágil es la existencia humana, Sóstenes. No hace mucho andaba usted merodeando mis talleres para espiar los movimientos de las carretas que conducían dulces al Potosí; lo vi rondar como un tigre agazapado, presto a caer sobre nosotros, aunque por alguna razón refrenó el zarpazo. En su lugar, capturó a mi señor padre. —Volvió a accionar el mecanismo del fusil, disponiéndolo para el disparo, y tornó a apuntar al entrecejo del militar quien sudaba—. Sus hombres lo sometieron a tormento para que declarara el rumbo de mis negocios; como era de esperarse de un hombre de honor, no soltó prenda. Lo dejó usted tuerto y estropeado de un brazo. Solo dígame una cosa… ¿qué me impide en este preciso instante meterle un plomazo entre los ojos y salpicar con sus sesos el mapa de sus célebres batallas?

La escena había cobrado una velocidad tan vertiginosa que ni los amigos del dulcero habrían tenido tiempo de estorbar el trágico desenlace si este hubiese oprimido el gatillo —¡Responda, cabrón!

El cañón del Springfield no titubeaba. Antípides contuvo la respiración, clavando los ojos en el siniestro vacío del cañón oscuro que parecía tragarse la poca luz del cuartel; pudo escuchar el eco de su propio corazón golpeándole el pecho, desbocado, mientras calculaba el tiempo que tardaría la bala en destrozarle la frente. La vida entera del capitán quedó suspendida de reflejo del dulcero y su dedo en el juego de un gatillo, justo en el filo del abismo, cuando la ruda voz del exterior cortó de tajo la agonía. En ese instante, los cabos de la guardia llamaron con fuerza a la puerta: —¿Ocurre alguna novedad ahí dentro, mi capitán?

Con una mirada fija, el dulcero le ordenó que respondiera. El militar, tragando saliva, gritó: —No hay novedad, señores. Busquen al cabo de armas y díganle que se presente de inmediato, que es asunto de urgencia —Entendido, mi capitán, enseguida —respondieron desde fuera.

—¿Se da cuenta, capitán? Todo puede irse a la mismísima chingada en un santiamén —le dijo Olguín, mientras bajaba el arma y la hacía girar en el aire con destreza, extrayendo el proyectil en una hábil maniobra— Conserve la vida— le dijo.

Depositó el fusil en su sitio con los demás y se volvió hacia la comitiva.

—Vámonos, señores, que el capitán tiene materia abundante para sus meditaciones. Le recuerdo: ¡escolta para nuestras carretas y oro para su bolsillo! Es una excelente combinación para sacar provecho de estos tiempos aciagos; que, tal como anda de desquiciado este país, los invasores han venido para quedarse. Y con don Benito Juárez huyendo por los desiertos sin osar cruzar la línea del norte, sabedor de que, si lo hace, perderá esa presidencia arrebatada que logró a fuerza de sostenerse, ¡y jamás por el voto! —.

Con paso firme abandonaron el recinto, dejando al capitán Antípides tratando de recobrar el aliento que la sorpresa le había robado.

Quedó el capitán Antípides a solas en la sala del cuartel, con el pecho agitado y el rostro demudado por una palidez que mal disimulaba su cólera. ¡Válgame Dios, y qué amargo es el trago de la humillación cuando se recibe de mano ajena y en la propia casa! Miraba la puerta por donde habían salido aquellos hombres con una mezcla de horror y codicia, pues si bien el agravio del joven Olguín clamaba por una venganza de sangre, el tintineo de las monedas imaginarias ya empezaba a hacerle eco en el entendimiento.

El deber, ese severo juez que raras veces premia con pan las fatigas del soldado, le ordenaba dar parte al general Arteaga, denunciar la infame propuesta de los traficantes y mandar al cadalso a aquel dulcero soberbio que osara apuntarle a la frente.

Pero, ¡ay, lector amigo!, que la fidelidad política suele enfriarse cuando el estómago ruge y la tropa se amotina por falta de haberes. Antípides sabía de sobra que la República era rica en decretos, pero paupérrima en reales; en cambio, la oferta de los señores del comercio le aseguraba una vejez libre de las fatigas de la indigencia ¡Llegar a viejo y con fortuna es la quimera ideal!

Tras un prolongado suspiro que pareció arrancarle el alma, el militar dio un puñetazo sobre la mesa de roble, haciendo bailar el tintero y el jarro de barro.

—¡Malditos rotos! —exclamó para sí, mientras recogía con dedos trémulos los cigarros que Olguín le había dejado sobre la mesa—. Me han tomado la medida como esposo dócil. Saben bien que con discursos no se compran las balas ni se remiendan los uniformes de la tropa.

Entró en ese punto el cabo de armas, arrastrando los sables y con el sombrero en la mano, diligente al llamado anterior:

—¿A sus órdenes, mi capitán? ¿Cuál es el asunto de urgencia?

Antípides lo miró por un instante, suspendido entre dos abismos. El honor le daba una última batalla en el pecho; la ambición, armada con los treinta años de sosiego que le ofreciera el dulcero, acabó por rendir la plaza. Mudó el semblante fiero en una mueca de calculada benevolencia y dijo:

—No es nada, cabo, descuide. El calor de la mañana y la fatiga del servicio me hicieron ver visiones. Avise a la guardia que los caballeros que acaban de salir gozan de todo mi aprecio y salvoconducto. Desde hoy, sus convoyes y carretas habrán de ser mirados como asuntos de alta prioridad para este cuartel. Disponga que cuatro de nuestros mejores hombres estén listos para escoltar el cargamento que sale mañana rumbo al Potosí.

—¿Bajo qué órdenes, mi capitán? ¿Qué diremos al cuartel general si preguntan por la falta de brazos? —inquirió el subordinado, un tanto extrañado por la mudanza.

—Diga usted que salvaguardamos los intereses estratégicos de la población, que es la forma elegante en que los ordenanzas llaman a evitar que nos muramos de hambre —replicó Antípides con amarga ironía, mientras encendía el cigarro de hoja—. Retírese.

Una vez solo, el capitán se aproximó al ventanuco. El sol ya hería con sus rayos las cúpulas de los templos queretanos, el más cercano la torre mocha de San Agustín con su hermoso cristo de cantera rosa.

Sóstenes Antípides sonrió con desencanto, sabedor de que había vendido su espada al mejor postor, pero consolándose con el viejo aforismo de que, en tiempos de revueltas, el verdadero héroe es aquel que sobrevive con los bolsillos llenos.

Al fin y al cabo, pensó, si don Benito andaba peregrinando por las fronteras, bien podía él hacer su propia retirada estratégica hacia la opulencia… o el cadalso por traición.

Continuará…

Etiquetas: AntípideLA APUESTA DE ECALASóstenes

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