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Un siglo con Miles Davis

Desde la terraza

por Ariel González
26 mayo, 2026
en Editoriales
¡Mi reino por un bolillo!
2
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Miles Davis fue uno de los grandes monstruos del jazz. A él, por supuesto, la idea de ser un monstruo le hubiera dado risa (aunque desgraciada y realmente lo fuera en otros aspectos), junto con esa otra del jazz, denominación de la que descreía, seguramente en concordancia con aquel poema del trombonista Ray Anderson:

«No lo llames nuevo / no lo llames viejo / out/in, pasado/futuro / no lo encadenes con la “libertad”/ o insistas en que sea “étnico”/ no lo categorices, conceptualices, / no hagas hipótesis ni escuches con tus ojos, / no te preocupes si está arriba o abajo / si es “Swing”, “rock”, “blues”,/ “bob”, “clásico”, o “art” siquiera. / Estudia la historia y conoce las fuentes / pero recuerda que todo sale del corazón / y por favor por favor por favor / escucha».

Pero el propio Miles Davis lo decía claramente una y otra vez: “nada de adornar las cosas…no hay nada que decir sobre la música”, le dijo a Ralph J. Gleason. “No escriban sobre la música. La música habla por sí misma”.

Eso ya me facilita mucho las cosas porque, salvo algunas cursilerías, poco podría decir yo sobre su música. Sin embargo, la figura de Miles Davis admite ser evocada en muchos otros sentidos, porque no solo revolucionó al jazz (o a la música, como prefieran), sino que se convirtió en un ícono cultural, que está presente de distintas formas en la literatura, el cine y las artes visuales.

Su participación en el séptimo arte ilustra plenamente su genialidad. La leyenda dice que en apenas ocho horas él y su banda consiguieron improvisar el que sería uno de los más grandes soundtracks del cine en “Ascensor para el cadalso” (1958), de Louis Malle, filme que por sí mismo marca un punto y aparte en el cine noir francés.

Desde luego, Miles Davis no podía estar ausente de Rayuela, de Julio Cortázar, una novela que tiene como música de fondo el gran jazz, no sólo de Davis, obviamente, sino de todos sus pares. Ahí Oliveira presume: la Maga “era mi espía y mi testigo, admirando enormemente mis conocimientos diversos y mi dominio de la literatura y hasta del jazz cool, misterios enormísimos para ella”.

El jazz cool es otra forma de decir Miles Davis. Su disco Birth of the Cool no deja lugar a dudas de su elaboración consciente, muy a la vanguardia, del nuevo sonido del jazz, aunque todavía hay un buen trecho entre este álbum y Round About Midnight, que será su primer gran éxito comercial.

Todo esto lo puso en la ruta de realizar un álbum que fuera el mejor de todos los tiempos: Kind of Blue. Discutan los expertos si lo es o no. Yo sólo sé (socráticamente) que no sé nada de acordes ni notas musicales, pero que escucharlo fue como entrar a un bosque desconocido guiado por un rumor maravilloso.

Kind of Blue responde a la convocatoria hecha por un genio a otros genios sin igual: en la trompeta y dirección del proyecto el propio Miles Davis; John Coltrane al saxofón tenor; Julian “Cannonball” Adderley en el saxofón alto; el inigualable Bill Evans en el piano; Wynton Kelly, también al piano pero sólo en la pieza “Freddie Freeloader”; Paul Chambers en el contrabajo y Jimmy Cobb en la batería.

El álbum, un auténtico firmamento musical con inmensas estrellas, es uno de los mayores logros de la improvisación y el talento musical más puro. Se dice que Davis no les proporcionó partituras terminadas a sus compañeros de aventura; si acaso distribuyó entre ellos breves escalas, melodías y notas, que es casi como decir que les tarareó el contenido del disco más influyente del jazz del siglo XX.

Por si esto fuera poco todo el material del álbum se grabó en dos sesiones en el mes de abril de 1959. En su autobiografía oficial, Miles Davis tal vez se pasa de listo y dice que en realidad la grabación no consiguió mostrar lo que originalmente él tenía en mente. Nunca sabremos si por suerte o por desgracia.

Ahora estaría cumpliendo 100 años. Y más allá de su atormentada existencia, de las drogas que lo llegaron a esclavizar o de las brutales golpizas a sus parejas, creo que habrá que guardar silencio y, como aconsejaba Ray Anderson, “por favor, por favor…escuchar”.

@ArielGonzlez

FB: Ariel González Jiménez

Etiquetas: GleasonJazzKind of BlueMiles Davismúsica

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