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¡Ni modo! Hoy no compongo el mundo

El Jicote

por Edmundo González Llaca
26 mayo, 2026
en Editoriales
Venezuela. Repercusiones internas
2
VISTAS

En un arrebato de humildad, hoy no voy a componer el mundo, me limitaré a tratar de ayudar a una persona. Dice William Shakespeare: “La vida son antecedentes”. A continuación, los que me impulsaron.

La mayoría de los estimados lectores, además de comentar algún texto, en ocasiones también sugieren que aborde algunos temas; la mayoría relacionados con la política. Hay otros lectores que consideran, en forma optimista, que puedo incursionar en cuestiones diversas.

Esta petición la hace, de seguro un joven lector, se firma: “Confundido”. Me pregunta: “¿Cómo decidió hacerse escritor?”.

Agradezco, que me considere escritor, sin falsa modestia, recurriré al lenguaje leguleyo: “En el remoto caso de que sea escritor, lo soy siempre en grado de tentativa”. Para mi es una vocación que estreno en cada ocasión que escribo. Curiosamente lo primero que me atrajo no fue escribir, sino lo que me dejó turulato fue la importancia de la materia con la que se trabaja, es decir, la palabra”. José Ortega y Gasset la describe así: “Ese poco de aire estremecido que desde la confusa madrugada del génesis tiene poder de creación”.

Sin deseo de enmendar a Ortega, me mantengo en modo humilde, pero creo que además de crear, la palabra es el instrumento más grande de persuasión; de convencimiento. Les platico.

En el Jardín Guerrero, hace un montón de años ¡Ahuu! Había una pista de patinar y las bancas del jardín estaban colocadas en medio de unos arbustos, que se prestaban a cierta clandestinidad. Al Jardín Guerrero los niños podíamos ir a patinar o a enseñarnos a fumar; los jóvenes mayores a noviar.

De niño, y hasta en primera juventud, provocaba cierto atractivo en muchachas mayores a mi edad; ahora ya de ninguna edad. Yo tendría, tal vez, ocho o nueve años. Estaba patinando, descubrí que en cada vuelta una niña, tendría entre once o doce años, fijaba la vista en mí. Me detuve a descansar y a limpiarme el sudor, ella pasó y registró mi parada, a la siguiente vuelta se detuvo frente a mí, me tomó de la mano y en forma imperativa dijo: “Vamos a descansar”. Obediente salí con ella, se quitó los patines y amarrándolos con las agujetas se los colgó en el cuello; yo hice lo mismo. Me tomó de la mano y me llevo a una banca en medio de los arbustos. Nos sentamos, ella me limpió los cabellos que me caían desordenados en la frente y con sus dedos hizo el intento de peinarme. Al ver mi cara totalmente descubierta hizo un gesto de aprobación. Curioso, tenso y dócil seguía sus movimientos.

De pronto, me tomó del cuello, me jaló hacia ella y me besó en la boca, primero suavemente, pero los siguientes besos fueron más intensos. Yo estaba petrificado. Curiosamente, no recuerdo la sensación física del contacto con sus labios, sino el tintineo de nuestros patines, que chocaban cada vez que me jalaba y me besaba. De pronto se separó y habló:

Tú y yo ¿Qué somos?

La pregunta me tomó totalmente por sorpresa e incluso pensé que no había escuchado bien. Le pregunté.

Que ¿Qué somos?

Ella reiteró

Sí ¿Qué somos?

Reflexioné un poco y respondí.

¡Pues somos niños!

La respuesta la desilusionó, hizo una mueca de desagrado y repitió.

Sí, ya sé, somos niños, pero ¿Qué somos?

Respondí.

Pues somos queretanos.

Mi respuesta la exasperó y hasta se alejó un poco. Con un tono de fastidio habló.

Sí. Ya sé, somos niños y somos queretanos. Pero ¿Qué somos?

Dentro de mi reflexionaba, eso de pasar de la aurora de las hormonas a la oscuridad de las neuronas, era un salto mortal al que no estaba preparado. Vino mi hada madrina y me sopló mágicamente la respuesta correcta. Con un tono de falsa obviedad y en voz alta le dije.

Pues somos novios.

Me vio satisfecha, sonrió ampliamente, otra vez se acercó a mí, me tomó por la nuca, me jaló y volvió a besarme, todavía con más convicción. En los intervalos de un beso a otro, repetía en voz baja como para sí misma o para que yo no lo olvidara: “Somos novios”: “Somos novios”. Fueron esas palabras el “Abra cadabra” de su corazón y voluntad.

Ese poder de las palabras me provocó una admiración, que hizo ilusionarme en algún día saber utilizarlas. Si Sergio Arturo Venegas y Plaza de Armas me siguen dando la oportunidad de este espacio, otra vez, estimado “Confundido”, ampliaré mi respuesta a su amable pregunta. ¡Suerte!

Etiquetas: centroJardín Guerrerojuventudqueretaro

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