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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
3 abril, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
6
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Sóstenes Antípedes, el mañoso capitán de la ciudad, era un hombre de temple liberal y fidelidad republicana que se había dedicado a despojar a los religiosos con la eficacia de quien cobra un botín de guerra.

Si bien sus manos ya conocían el peso de vajillas finas y candelabros, el rastro del oro y la plata se le escapaba entre los dedos. Algunos mofándose de su frustración, recordaban que los religiosos, amparados en su voto de pobreza, solo poseían «simples» alforjas de grano, animales, haciendas y templos; ciudades enteras amuralladas dentro de sus propios conventos. Esa riqueza invisible, esa sospecha de tesoros ocultos, mantenía al capitán en ascuas.

Al mirar de cerca, se comprendía la tragedia: Querétaro entero gravitaba en torno a la abundancia eclesiástica. Los religiosos habían sido, por tres siglos, los prestamistas de la fe; de sus arcas dependía el respiro del pequeño comerciante y el lujo de las familias acaudaladas.

La ciudad de violáceos atardeceres se sumía ahora en una pesadilla febril, de esas donde la cabeza parece estallar. Las calles, antes vibrantes, lucían desiertas: jarcerías, pulquerías y desayunadores permanecían con los portones cerrados. Aquel Querétaro polvoriento y palaciego, de fuentes cantarinas y jardines arrebolados, agonizaba. Sin los préstamos de los frailes no había con qué surtir la semana, y sin venta diaria, la cadena de crédito que hacía prosperar a todos se había roto.

¡Ahora apenas si abrían las lecherías! Las verduras escaseaban en el mercado y la carne era un recuerdo lejano. Si antes se compraba al día, ahora, ante la falta de dinero, ¡no había quién trajera ni un marrano!

Los oficios religiosos dictaban el ritmo de la economía: al salir del templo, los parroquianos hacían la merca. Las indias arremangadas ofrecían sus productos y el comercio fluía de paso a casa. Por costumbre, eran las mujeres y los niños quienes poblaban las naves de las iglesias, mientras los varones se entregaban a la labor en el campo, la riata o el acarreo de leña.

Sin embargo, un solo negocio mantenía sospechosamente su vigor. No con las bonanzas de antaño, pero sí con una actividad inusual que despachaba pedidos hacia rumbos inciertos —¡Jalamos pa’l norte, sus mercedes! ¡Traimos dulce y encurtidos, siñores! ¡Pepitorias y calabaza cristalizada! ¡Anden, cojan, hártense, que hay pa’ todos! —pregonaban los carreteros al cruzar, con sospechosa alegría, las garitas custodiadas por los soldados liberales.

Las mujeres de la ciudad aguardan con una esperanza desesperada, aferrándose a la idea de que Benito Juárez —quizá por haber pasado sus años mozos en las aulas del seminario— guarde todavía un rastro de clemencia en el alma. Sueñan con un retorno imposible al sistema conservador; anhelan que el flujo de la plata regrese a sus manos y que los frailes vuelvan a ocupar sus templos, conventos y haciendas ¡La esperanza muere al último!

Sin embargo, la realidad que golpea a los caminos es muy distinta. Como era de esperarse, las rutas y poblaciones cercanas se han plagado de religiosos que, al ser despojados de su techo, se han visto condenados a la intemperie. Ahora, los antes señores de la tierra se han convertido en mendigos de su propio feudo, transformados en vagabundos que recorren, con paso errante, los mismos senderos que antes les pertenecieron, en harapos y menesterosas condiciones.

Los días se sucedieron y la realidad terminó por devorar a los habitantes, quienes, despojados de su antiguo orden, no hallaban forma de ser útiles. Templos, casonas y haciendas permanecían bajo el yugo de la soldadesca; a menos que uno portara sellos de los nuevos recaudadores o tuviera un asunto legal con los créditos confiscados, acercarse era una sentencia: un buen chingadazo por parte de los guardias bastaba para arrear a cualquier curioso.

La ciudad se consumía en la inanición. No había labor que aliviara el sufrimiento, y los enfermos caían directo en la fosa común, privados de los cuidados de aquellas manos frágiles y caritativas que antaño atendían los hospitales de las órdenes. Incluso el comerciante acaudalado se deshacía en lágrimas; sin el flujo de los préstamos, no tenía cómo sustentar a los suyos mientras observaba, con envidia amarga, la bonanza de unos cuantos.

Solo los carpinteros, cocheros, paileros y obradores que servían a la casona de los Olguín parecían inmunes a la miseria. Afuera de los obradores de dulces se formaban largas filas de desesperados, solo para atestiguar que la producción no se detenía y que los cargamentos partían incesantes hacia el norte.

—Encina qui allá sí habrá manera de mercar el jornal —murmuraban los más esperanzados.

Entre empujones y arrebatos de angustia, la gente se abalanzaba sobre los carretones, suplicando un rincón entre las cajas de dulces para escapar por el camino hacia el Potosí. Pero a punta de palo le bajan a su realidad —¡Qui naiden se suba Pantilión! dales duro con el garrote— atizaban a los ocurrentes. Los corceles de buena anca salían hacia el camino a todo lo que el peso les lograba dar.

A tiro de piedra de aquella ciudad que hasta hace poco deslumbraba con sus brillos señoriales, florece uno de los asentamientos más antiguos, mudo testigo del bullicio de los siglos: el Barrio de los Negros.

Sus raíces se hunden en los tiempos en que el mercado de esclavos —aquellas almas traídas de las Antillas y del África profunda— se apostaba frente al hospital de la familia Tapia. Por fortuna o destino, este grupo encontró refugio en las inmediaciones del frondoso bosque de fresnos, sauces y zapotes blancos que más tarde se convertiría en la Alameda de la ciudad.

Pero el barrio no solo se distinguió por el vigor de su gente trabajadora; trajo consigo el eco de mundos existenciales remotos, poblados de chamanes y curanderos. Y es que, a decir verdad, estos hombres de conocimiento resultaban mucho más cercanos a las urgencias de los parroquianos que padecían grandes males, que toda el agua bendita que los clérigos derramaban, ya tarde, sobre sus féretros en los funerales.

Privados de los grandes templos y sin un altar donde desahogar sus arrebatos de oración, los pobladores han vuelto la mirada hacia el Barrio de los Negros. Han descubierto que allí sobrevive una pequeña garita dedicada al Señor de San Francisco; una de tantas capillas de indios que salpican los barrios periféricos y que los republicanos, por desidia o por una extraña incapacidad, no han logrado —o no han querido— confiscar.

Este recinto es un vestigio de la soberbia de la gran bonanza novohispana. En aquellos años de opulencia, los acaudalados españoles, asqueados por la idea de que los mestizos pisaran el mismo suelo sagrado que ellos, financiaron la construcción de estas capillas humildes. Era la solución perfecta: así, los «otros» podían ser catequizados en la periferia sin manchar con su presencia el aire de la aristocracia peninsular.

Ese sistema de fe segregada se cimentó desde los días en que el agua, traída por la majestuosa arquería, empezó a cantar en las fuentes y cajas de la ciudad. Pero en Querétaro nada es casualidad; desde entonces se sabe que aquí el agua no solo sacia la sed, sino que vaticina el destino de quien gobierna. El líquido que hoy corre por las acequias del barrio parece susurrar que, mientras los grandes conventos del centro permanecen profanados, la verdadera fe se ha mudado a los rincones que la soberbia española alguna vez despreció y que el barrio se encargó de entrelazarla, para dar origen a mesas de adoración, que aún espinan al gran magisterio, ídolos cristianos enredados en los filos de las adoraciones al agua, sol y canto.

Nunca antes el barrio se había sentido tan profanado por la mirada de los extraños. Aunque no existía más frontera que la línea invisible entre la casona señorial y la calle de tierra, los fieles de la ciudad comenzaron a desbordar los callejones. Las mujeres y sus hijas, empujadas por la orfandad espiritual, se apretaban ahora contra los muros de adobe para asistir a ceremonias donde la fe cristiana se enredaba con danzas paganas y deidades antiguas.

Al no haber reclinatorios de terciopelo ni bancos de caoba, se arrodillaban directamente sobre el polvo, humillando sus vestidos frente al altar. En el rictus del trance, sus ojos nublados por el humo no distinguían ya al joven Nazareno de las figuras ancestrales que lo rodeaban; para ellas, el consuelo no residía en el dogma, sino en los mantos que cobijaban lo sagrado, sin importar de qué mundo provinieran.

Dentro de la garita, el aire se volvía denso, casi sólido. El rito no comenzaba con el latín de los misales, sino con el rítmico golpeteo de los pies sobre el suelo, un latido que parecía brotar de las entrañas de la tierra queretana. Los curanderos del barrio, con la piel curtida como pergamino, quemaban grandes bolas de copal y hierbas amargas que nublaban la vista de los presentes.

No había un silencio sepulcral, sino un murmullo de rezos entrecortados por cantos que invocaban a la lluvia y a los cerros. Las imágenes de los santos, rescatadas de los templos saqueados, lucían ahora collares de semillas y flores de cempasúchil marchitas. El Cristo de la capilla, con las llagas pintadas de un rojo demasiado vivo, parecía sangrar de verdad bajo la luz vacilante de las velas de sebo.

Las señoras, que antes solo conocían el aroma de las rosas frescas, ahora se dejaban limpiar por ramas de pirul y ruda, cerrando los ojos mientras las manos callosas de las ancianas del barrio trazaban cruces invisibles sobre sus frentes. Allí, frente a la pequeña efigie del Señor de San Francisco, el sistema conservador y el mundo prehispánico se fundían en un solo grito de auxilio; un rito de sombras donde el Capitán Antípides y sus leyes de papel no tenían jurisdicción alguna.

De entre el círculo de danzantes, cuyos cuerpos atléticos se ensanchan bajo la fina plumaria haciéndolos ver magnánimos guerreros chichimecas, surge de un trepidante salto una hermosa mujer de cabellos de azabache, con cuencos de calavera en su rostro. Es una doncella que, con el torso desnudo, reluce la castidad de su piel bajo el humo del copal. En ella se manifiesta una maestría ancestral, un eco de aquellos tiempos remotos donde el hombre fue agua y la mujer tierra; un puente de carne entre lo humano y lo divino. Sus ojos de negro fulgor miran fijamente a cada uno de los presentes, pareciera el puma de las colinas viendo a su víctima.

El ritmo incesante del huehuetl golpea no solo el aire, sino el vientre mismo de quien lo escucha, haciendo vibrar las entrañas de los presentes. Vestida con cientos de plumas imperiales de quetzal, la joven hace brillar los destellos tornasoles de su linaje, arremetiendo una y otra vez contra el suelo con una fuerza que parece brotar del centro del mundo. Sus saltos embelesan a los presentes, con maestría utiliza su delicado cuerpo en la acrobacia, para dar continuidad a sus piernas, fuertes como una raíz de roble. Sus tobillos, bañados por su sudor casi purpúreo, seducen al compás de los caracoles que tintinean en sus pies, marcando una línea de trance que hipnotiza a las espantadas pobladoras.

El aire en la garita se vuelve asfixiante. La danza de la doncella se acelera y, con ella, el pulso de la multitud. Las mujeres y sus hijas, que al principio observaban con horror contenido, comienzan a balancearse presas de un vértigo rítmico. El tambor ya no suena afuera, ahora dentro de sus ideas. La joven se convierte en un torbellino de verde esmeralda y destellos dorados; sus giros son tan veloces que las plumas parecen trazar círculos de fuego en la penumbra.

El frenesí se desata. Los danzantes masculinos rugen, lanzando al aire el aroma del pulque y el sudor, mientras el incienso envuelve a la doncella en una nube espesa. Ella echa la cabeza hacia atrás, con los ojos en blanco, entregada a una deidad que no entiende de constituciones ni de reformas.

Los caracoles en sus tobillos ya no suenan, gritan; es un estruendo de la piel y orgánico que rompe la última barrera de la cordura. Los que observan, contagiados por el delirio, caen de rodillas o se desgarran las vestiduras, fundiéndose en un solo cuerpo que late al ritmo del tambor. En ese instante, bajo el cielo del barrio, no hay soldados ni leyes, no hay madres e hijas, solo el rugido de una sangre antigua que ha vuelto a reclamar su templo de tierra y agua.

Los tambores no cesaban su latir visceral. El incienso arremetía con la violencia de un campo de batalla, sofocando el aire. En un rincón, algunas de las damas se tapaban los ojos, ocultando la vista a sus hijas, pero el frenesí que había comenzado con un ritmo suave ahora parecía no tener límites.

La doncella, cada vez más dueña del aire, tierra y agua cobraba vuelo. Su cuerpo era un milagro de arquitectura carnal: la espalda, arqueada con la gracia de un felino, brillaba por el sudor que la recorría como un río de obsidiana tez. La musculatura de sus muslos, torneada por el ritmo incesante, se tensaba con cada arremetida contra el polvo. Los hombres, en rítmicos movimientos, ejecutaban la cadencia acompasados y en perfecta armonía, convirtiéndose en el coro de carne y hueso que enmarcaba el delirio de la joven.

Ella levantaba sus vuelos; su cuerpo, entregado al trance, parecía ya no responder a la voluntad humana, sino a un espíritu superior y potente. Comenzaron los cantos tribales, gritos al unísono que invocaban los nombres de los seres sagrados. Los espíritus de la naturaleza rugían al vaivén de la danza.

En un trazo de la gran ofrenda, los entallados guerreros de ancestrales vestimentas —apenas taparrabos y pintura ritual que resaltaban sus pechos curtidos— se detuvieron para marcar al mismo tiempo los cuatro puntos cardinales. Traían ahora cabezas de monos adornadas con piedras que hacían sonar, un estruendo rítmico y selvático que fracturaba el aire. Se abrieron, dejando un gran círculo en el centro del barrio.

Allí, bajo la mirada de todos, la doncella de destellos de la plumaria del quetzal se hincó, haciendo girar su cuerpo con una facilidad sobrenatural. El sudor salpicaba desde su piel como perlas negras, y en ese giro final, con las plumas esmeraldas envolviéndola en una espiral, ella dejó de ser una mujer para convertirse en el altar viviente donde la fe ancestral, en su hora más oscura, había encontrado refugio ¡en la muerte!

Continuará…

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