¡QUÉ HOMBRE MÁS GUAPO!, exclamó una mujer refiriéndose a mi padre que, encaramado en la plataforma de un camión, representaba al archiduque Maximiliano de Habsburgo en la famosa cabalgata que cada 23 de diciembre recorría las calles principales de Querétaro, mi ciudad natal.
Querétaro: el último refugio del segundo Imperio, donde el austriaco pasó sus días postreros, agobiado por el ejército republicano, la disentería y acaso el arrepentimiento de haber emprendido tan descabellada aventura.
Él, el engañado; el títere de un imperio, de su mujer; él, víctima de su ineptitud y su delirio, ¿se deleitó siquiera alguna vez, por instantes, con esos crepúsculos que maravillaron a Borges?
Entre compadecida y reaccionaria, la ciudad prodigó sus afectos al emperador, que acabó siendo parte de su patrimonio turístico. Aquí durmió, aquí lo juzgaron, aquí fue fusilado. El príncipe dejó su huella.
Conozco gente que todavía hoy ordena la celebración de una misa para recordar su muerte. “Mira que un hombre tan hermoso, tan inteligente, venir a morir aquí, en un país lejano, de gente tan ingrata y a manos de un indio hereje que no se conmovió con las lágrimas de la princesa de Salm Salm ni con la presencia de los pequeños hijos de Miramón. Razón tiene el señor obispo en decir que cuando Juárez murió las puertas del infierno se abrieron de par en par”.
Con discursos semejantes crecí y –no lo niego– la biografía del distraído Habsburgo excitó mi fantasía adolescente: una hermosa pareja de enamorados dispuesta a abandonar un castillo de ensueño para salvar a México de la ignominia. Ayuna de una cultura laica, de buenas escuelas públicas, la ciudad de Querétaro propiciaba esos desvaríos.
Mi admiración a Juárez llegó tarde, nacida de una curiosidad más cercana a la indagación histórica que a una memoria colectiva adocenada por el embalsamamiento virtual del héroe zapoteco; por ese culto a su narciso que contamina a México con imágenes casi todas horrendas, destacando entre ellas la que el gobierno federal erigió en Querétaro en 1967 para conmemorar el centenario de la restauración de la república.
La adopción oficial del personaje durante el siglo XX se tradujo en la proliferación de espacios que llevan el nombre de Juárez: ciudades, municipios, parques, escuelas, mercados, calles…, como si se tratara de un conjuro, aunque bien sabemos que en el trasfondo de esa exageración habita una gran hipocresía: cuántos funcionarios hay que rinden sincero tributo al indio oaxaqueño, pero sólo Dios sabe cuántos más creen salvar su reputación levantándole falsos altares.
Recuerdo a Gracián: “el en carecer es el ramo del mentir, y piérdase en ello el crédito de buen gusto, que es grande, y el de entendido, que es mayor”.
Nada tengo contra el mármol, la piedra, el bronce, el lienzo; con ellos se esculpe y dibuja el evangelio cívico.
Juárez está bien allí, erguido, impasible, siempre idéntico a sí mismo, fiel a su investidura, como lo pide el mito fundacional de una nación tan vulnerable y pobre como la nuestra. Pero nada me dice –el ícono por excelencia de nuestra historia– sobre la verdad o al menos un poco de certidumbre acerca de lo que fue. Y si a tal compulsión idólatra se añaden las complejidades del personaje y los enredos de su tiempo, la dificultad de la pesquisa crece.
Aún estando en vida don Benito, en 1870, Manuel Payno pronosticaba, con gran intuición, el juicio contradictorio que, acerca del hombre de Guelatao, nos daría la posteridad.
Por un lado, aparecería como quien “se alzó con el poder y estableció la dictadura atacando en su base y en sus más esenciales fundamentos la carta constitucional”; por otro, surgiría radiante como la mano prodigiosa que separó Iglesia y Estado, como el representante digno del progreso, justo, firme, lleno de fe, que combatió inflexible con los enemigos de la patria.
Sin embargo, Payno confiaba en que un día Juárez tendría “su vestido propio, sus propias dimensiones, su tono y colorido verdaderos y naturales”. Al parecer, ese día no ha llegado.
Recientemente, dos de los personajes más importantes de nuestra vida pública han esgrimido sus diferencias empleando, simbólicamente, la figura de Juárez, uno, despreciando; el otro mostrando en un templete su retrato.
Con Juárez en el centro de sus disputas, ambos, además de haber hecho el ridículo, han puesto en evidencia la carencia de mesura, de un consenso de gratitud.
No faltan historiadores y biógrafos en busca de equilibrios. Pero si de suyo la materia histórica no los obsequia, semejante pretensión sólo da pie a valoraciones espurias o bien a disparates como el de Rabasa quien yuxtapone dos palabras enemigas para definir al Benemérito. ¿Un dictador democrático? ¿Democrático sin instituciones viables, sin esos acuerdos fundamentales que a gritos reclamaba Mariano Otero?
Tal vez dictador lo fue, mas no en el sentido abominable de las dictaduras totalitarias contemporáneas sino en el de la antigua Roma, es decir, de la dictadura como institución merced a la cual se concedían poderes excepcionales a un hombre para ocuparse de los asuntos públicos en situaciones de emergencia, como los que otorgó el Senado a Pompeyo para combatir a Mitrídates y de cuya defensa se hizo cargo Cicerón en su primer discurso público.
Como presidente, Juárez gozó, por así decirlo, de facultades extraordinarias en varias ocasiones, pero también supo renunciar a ellas afortunadamente; más aún, de buena o mala gana, compartió el poder con el Congreso que no dejó de hostilizar e, incluso, con nefastos caciques regionales como Santiago Vidaurri.
Si a definiciones vamos, ¿por qué no la de un patricio republicano? Juárez se distinguió entre sus conciudadanos por una actuación pública por lo general reciamente patriótica, pero no exenta de inflexiones bochornosas como el tratado McLane Ocampo. Y era consciente de ello, de esa nobleza, que le conferían sus denuedos, a tal punto que desconfiaba del vulgo “que rara vez examina a fondo los acontecimientos y sus causas y siempre admira y alaba todo lo que para él es nuevo y extraordinario”.
Desdeñaba al vulgo; adulaba al pueblo, a la opinión pública como fuentes de poder. ¿Dónde encontrar la diferencia?
Nuestras minorías ilustradas, al referirse a las masas, no eran precisamente generosas.
Recordemos a Payno: el pueblo mexicano era un pueblo “movedizo, acostumbrado durante cincuenta años a los pronunciamientos y a la guerra civil”.
Patricio en una república apenas larvada, a menudo naufragando en sus desórdenes, ebria de confusión.
El propio Juárez, tan propenso a hacer un fetiche de la ley, asumió por un tiempo, a la vez, la presidencia de la Corte y la cartera de gobernación violentando con semejante incongruencia el principio de separación de poderes.
Admitamos, pues, que la complejidad del personaje objeta cualquier definición en unas cuantas palabras.
El patricio republicano fue también un perseguido, un exilio romántico, un pedagogo, un servidor público probo, un hombre de Estado y, si se quiere, corrigiendo ahora mismo, un demócrata, no en el sentido en el que entendemos actualmente tal atributo, sino en el de alguien que combatió el régimen teocrático, de ese alguien que se propuso separar Iglesia y Estado y demolió viejos ceremoniales, pues en aquella Oaxaca suya dejó de cantarse el Te Deum “cuando el gobernador toma posesión, movido por la convicción que tenía de que los gobernantes de la sociedad civil no deben asistir como tales a ninguna ceremonia religiosa”; de ese alguien que, en fin, construye y difunde una nueva retórica, un léxico republicano y patriota, un nuevo modo de argumentar, hecho de palabras como constitución, ley, patria, nación, libertad, progreso, es decir, un tejido simbólico que codifica el nuevo discurso político, a menudo resuelto en un estilo aforístico tan citable como peligroso, pues si leemos, por ejemplo, fuera de contexto, aquello de que “el respeto al derecho ajeno es la paz”, podríamos justificar el derecho a acumular infinitas riquezas a costa del sufrimiento de los demás. De modo que su apotegma pacifista alusivo a las relaciones internacionales, podría dar pie a la defensa de las más oprobiosas desigualdades.
Cuidémonos entonces de invocar sin ton ni son las palabras del de Guelatao, sobre todo ahora que los conservadores están de vuelta, decididos a demostrarnos que la historia no sigue un curso lineal y que, para fortuna de sus intereses, toda barbarie es posible.
Juárez sería el demócrata que, paradójicamente, reinventa una cultura autoritaria, libre ya de las cadenas religiosas, pero ahora atada a la figura señera del padre, del presidente, de esa metamorfosis del tlatoani, del que habla bien, defiende y salva la patria.
Y Juárez, el gobernante, sería también, paradójicamente, el indígena que, burlando el racismo, se convierte en el gran escenógrafo y actor de nuestra modernidad política, aquel que no necesita ya de las consagraciones propias de los “reyes de teatro”; aquel que, en rico despliegue simbólico, se hace reconocer en toda su fuerza dramática, ora enterrando a su pequeña hija como un ciudadano cualquiera, ora afirmando su energía cuando niega el perdón al intruso o cuando su gobierno masacra a los sublevados de la Ciudadela.
Pasiones, imprecisiones, lugares comunes trenzan, pues, el enigma de ese gran señor mexicano. El lugar más común: acaso el relato de una vida que va de la humildísima cuna al más alto sitial, merced a la educación; ésta favorece, es verdad, la movilidad ascendente, pero no en toda circunstancia.
Basta ver hoy a millones de jóvenes bien formados, pero a la deriva, sin porvenir alguno. Ciertamente, la educación del oaxaqueño era notable para su tiempo, así diga Altamirano que era “escasa e imperfecta”.
Las disciplinas humanísticas –filosofía y jurisprudencia– dieron claridad a su mente; las lenguas le abrieron ventanas al mundo: leía en latín, en francés, en inglés. Pero en el ascenso de nuestro personaje incluyeron también la protección bondadosa de los desconocidos como Antonio Salanueva, y la fuerza tutelar de las nuevas fraternidades –como la masonería en la cual lo inició Francisco Banuet– que brotaron en medio de aquella “sociedad enteramente dominada por la ignorancia, el fanatismo religioso y las preocupaciones”, a decir del propio Juárez.
Y no olvido esa “casa de prostitución” –así llamaban los reaccionarios al Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca–, receptáculo y espacio de trasmisión de los ideales liberales, creado por decreto del Congreso local del que formaban parte eclesiásticos de mente abierta a las ciencias y a las humanidades, e inaugurado el 8 de enero de 1827.
Allí se formaron las nuevas élites; allí se inscribió Juárez por recomendación de Miguel Méndez y allí creció en fortaleza moral e intelectual. Me detengo en la palabra “preocupaciones”; en ella se condensa tanto la formulación de la crítica a su tiempo como la construcción del nuevo sujeto ético que encarna en él, e incluso su concepción pedagógica.
En sus Apuntes para mis hijos y en varias cartas dirigidas a su yerno Pedro Santacilia, a cuyo cargo estuvo su familia durante la intervención francesa, alude a ellas como una esclavitud del alma, pues ya le recomienda que “cuide que sus hijos se impregnen de las preocupaciones que producen las prácticas supersticiosas”, ya le suplica que no los ponga bajo la dirección de ningún jesuita ni de ningún sectario de alguna religión, que aprendan a filosofar, esto es, que aprendan a investigar el porqué o la razón de las cosas para que en su tránsito por este mundo tengan por guía la verdad y no los errores y preocupaciones que hacen infelices y desgraciados a los hombres y a los pueblos.
Éste Juárez, padre y pedagogo, me lleva a Rousseau, a sus consejos para la educación de Emilio: “que vea con sus propios ojos, que sienta con su corazón, que ninguna autoridad lo gobierne si no es la de su propia razón”.
Digamos que su mentor, Antonio Salanueva, representa ese momento de transición en el cual un mundo caduca y otro despierta, pues “aunque muy dedicado a la devoción y las prácticas religiosas era bastante despreocupado y amigo de la educación de la juventud”; Juárez, en cambio, encarna, sin ambigüedades, el nuevo ethos, no obstante los resabios de un vocabulario católico, manifestó en palabras como sagrados deberes, Providencia, el Todo poderoso, santa causa, sacrificio… La laicidad que vive y proclama funda un nuevo sujeto ético, basado en la libertad de conciencia y la igualdad ciudadana.
Ese ethos no configura propiamente un sistema, sino un conjunto de principios que nutre una nueva espiritualidad no inscrita ya en la religión sino en el discernir filosófico, en la razón, en una exigencia de lucidez, en la autonomía del yo.
Me atrevo a pensar que su orfandad familiar propicia su libertad. No camina hacia ella; avanza en ella. Se fuga para dejar atrás las “preocupaciones”, es decir, los prejuicios, los miedos, las culpas; en fin, para encontrarse.
Lo que en él madura no es un hombre de fe –la palabra fe irrumpe en él a menudo, pero no alude a la creencia religiosa, en cambio sí a la confianza en su obrar–, sino un hombre de deseo. Deseo como el esfuerzo de la humana criatura por “perseverar en su ser”, según palabras de Spinoza.
Cuando en sus Memorias recuerda aquel 17 de diciembre de 1818 en que se fuga de su casa a los doce años de edad, nos dice “el deseo fue superior al sentimiento”. El deseo lo mueve a ser alguien, por algo, para los otros; el nuevo ethos lo ilumina: es rudimentario pero suficiente; le exige ser virtuoso, reflexivo, sin prejuicios, despreocupado, observante de la ley, patriota, cumplidor del deber; todo eso que lo convierte en buen hombre y buen ciudadano, rebelde contra las injusticias, contra la opresión de lo que él llama “las clases privilegiadas”.
Guiado por ese faro –liberal y masónico a un tiempo–, ganó fama y escala todos los peldaños hasta llegar a ser el primero entre los suyos.
La biografía moral de Juárez describe la persistencia de hábitos y gestos: es puntual, austero; viste siempre de negro como un ave solemne y triste, pues ese ethos, aunque con nuevas raíces, conserva esencias puritanas.
Le obsesionan los dictados de la con ciencia, el cumplimiento del deber, el sentido del honor, el imperio de la moral: los atentados contra ésta “reclaman del gobierno las medidas que caben en sus atribuciones, para que (…) se restablezca y se consolide”.
Y ya sabemos cuánto aborrecía a aquellos funcionarios públicos que se entregan “al ocio y a la disipación”. Esos imperativos que merodean los rigores kantianos no hacen de Juárez un mojigato.
¿De qué fuentes extrae Andrés Henestrosa la certeza de que “nunca reía”, de que “jamás traicionó el pacto sagrado del matrimonio”? ¿Por qué olvidar que era él, y no otro, quien prefería el baile a los golpes de pecho? ¿Quién nos dice que, como no queriendo la cosa, don Benito no se permitió en una de esas tantas noches lejos de la llama de Margarita un poco de alegría sexual?
No logra exaltar a un personaje público ese querer persuadirnos de una castidad ridícula como si se tratara de la vida de un santo afligido por ese voto, o como si ésta fuera una garantía de prudencia en la conducción de la vida pública: se rumora que George W. Bush es un paterfamilias ejemplar, lo cual no es obstáculo para dar rienda suelta a sus pulsiones genocidas.
El moralismo laico de Juárez que finalmente debería importarnos no es aquel concerniente a la abstinencia sexual tan estimada por la iglesia católica, sino aquel que busca construir un paradigma ciudadano basado en el altruismo, en la honradez, en el respeto a los demás, en el darse a los otros hasta el extremo del sacrificio.
El Juárez liberal rechaza al individualismo a ultranza: “el egoísta, lo mismo que el esclavo no tiene patria ni honor. Amigo de su bien privado y ciego tributario de sus propias pasiones no atiende al bien de los demás”.
Digamos que a ese ethos moralista, libremente elegido, Juárez se mantuvo fiel hasta cierto punto en el transcurrir de su deseo de aprender, de ser. Pero cuando alcanza la cima, el ethos libe ral se estrella contra la razón del Estado, que le impone sus cóleras, sus tribulaciones, sus excesos.
Queda poco de aquellos preceptos de juventud, algunas astillas. Sobre sus hombros enlutados lleva la república, con dolor, pues dada la gravedad de las circunstancias “el poder nada tiene de halagüeño”, según su propio dicho.
La trillada frase de que el poder corrompe, no tiene cabida aquí: el poder se padece, pues “el gobernante no es el hombre que goza y se prepara un porvenir de dicha y de ventura; es, así, el primero en el sufrimiento y en el trabajo”.
El poder no corrompe a Juárez, pero sí tuerce el destino de su deseo anclado en un ethos solidario. ¿Los “deberes sagrados” del estadista acrecientan su amor propio hasta el punto de que la patria se convierte en el espejo de su narcisismo?
Permítaseme parafrasear a Montaigne: Juárez, el poderoso, se hunde en una servidumbre atroz, ya no tiene nada suyo, se debe a los demás, pero también a un Estado que le exige el empleo de un látigo indeseable.
Indudablemente, pesan sobre quien detenta el poder –en el sentido más visible, es decir, el sentido político– responsabilidades agobiantes no sólo porque sus determinaciones afectan a otros muchos seres humanos, sino porque esas mismas determinaciones suelen enredar al poderoso en devastadores conflictos de conciencia, a no ser que llegue a la comprensión de que la política es un arte regido por reglas propias, distintas a las del código moral.
Nadie como Maquiavelo ha expuesto mejor este drama: lo que moralmente nos parece virtuoso puede causar la ruina del Estado y lo que se antoja vicio puede traer su bienestar.
Como si un relámpago lo cegara, quien manda se ve frecuentemente arrastrado a obrar contra esos principios tan caros al buen ciudadano común, contra la caridad, para decirlo en términos cristianos.
Por eso, Maquiavelo recomienda al príncipe “que tenga una inteligencia capaz de adaptarse a todas las circunstancias y que (…) no se aparte del bien mientras pueda, pero que, en caso de necesidad no titubee en entrar en el mal”.
Por la razón de Estado –entiéndase la salud de la república–, Juárez descarga golpes sobre el espíritu de sus amigos y adjetiva con crueldad su legítima disidencia, pero también sobre la carne de sus adversarios.
En la cumbre de su poder, el corazón de aquel hombre se endurece; ya no lo gobierna el deseo regido por un ethos personal, sino el imperativo de un orden superior siempre a punto del colapso. Sus últimos días como gobernante fueron amargos. A pesar de su discurso pacifista, no consiguió ni paz ni desarrollo.
El bandolerismo, las sublevaciones militares, la economía devastada, la desconfianza del capital extranjero pusieron a la defensiva al estadista constructor.
El Juárez de mayor brillo lo encontramos en el combate, en la resistencia, en sus movimientos huidizos. Tal vez a su pesar, respondió con violencia excesiva: la mano del látigo acabó prevaleciendo sobre la mano de la flor.
Lo imagino exhausto, en un callejón sin salida; no podía gobernar a sus anchas, ni entregar el poder: adivinaba la crueldad de los militares y la debilidad de los civiles. El deseo acarrea grandes gracias y desgracias. Desde la razón de Estado, como un pequeño Zeus moreno, Juárez crea y destruye, destruye y crea, con un instinto crecido de estadista implacable.
Para comenzar, y a despecho de la ternura que algunos le atribuyen, destruye a su familia; lejos de su patria, Margarita le confiesa cuán desgraciada es por la pérdida de dos de sus hijos.
En aquel Nueva York, seguramente helado, a donde ha ido a dar con su familia durante la intervención francesa, la pobre mujer se consume en la hoguera de la culpabilidad: yo tengo la culpa que se hayan muerto; este remordimiento me hace sufrir mucho y creo que esto me mata; no encuentro remedio y sólo me tranquiliza, por algunos momentos, que me he de morir y prefiero mil veces la muerte a la vida que tengo; me es insoportable sin ti y sin mis hijos; tú te acuerdas del miedo que le tenía a la muerte, pues ahora es la única que me dará consuelo.
Muerte que nada espera, pues bajo el influjo de un renunciamiento a la fe católica, se ve en el más absoluto desamparo, ya que confiesa en otra carta: “si yo creyera que mis hijos eran felices y estaban en el cielo, no sufriría tanto como sufro”.
Que nadie me venga con el relato edificante del buen esposo y buen padre. Por algo Sófocles contrapuso los intereses de la polis y los del oikos, Creonte representaba los unos; Antígona, los otros.
Los órdenes de la ciudad y el hogar suelen plantear dilemas desgarradores. No se trata de arrojar piedras de culpa sobre nadie: son simplemente las fatalidades de la humana tragedia.
Juárez deseaba una patria feliz, pero tuvo que sacrificar la dicha de los seres más amados. He dicho que destruye y crea: instituciones que son la columna vertebral de nuestra vida civilizada.
Admitamos que ni las ideas ni el programa son suyos. Como lo sostiene Carlos Pereyra, estaban allí, esperando su acometida.
El programa de reformas de 1833 anticipa las leyes de 1859: la libertad de opiniones, la abolición de los privilegios del clero y la milicia, la nacionalización de los bienes eclesiásticos, la erradicación del monopolio del clero en la educación… Pero sólo el genio político de Juárez entendió el kairos, el momento justo de actuar, de intervenir en el cauce histórico.
Cuando suscribe las Leyes de Reforma, Juárez no extiende brazo y mano con esa firmeza inhumana con que José Clemente Orozco lo pinta como si la extremidad grotesca no le perteneciera; lo hace en cambio con mano trémula, de político sabio.
Los que le rodeaban entonces, desesperaban por la demora porque no eran ellos quienes asumían tan grave responsabilidad, porque no eran ellos los mediadores entre el ideal y la práctica política. Honda reflexión, largos insomnios debieron haber precedido una determinación de ese vuelo.
Está en juego el alma del estadista, del gran pastor de la república, esa misma alma múltiple que han plasmado en muros, lienzos, grabados los artistas de México: el Juárez altivo de González Camarena, el Juárez combativo de Méndez, el Juárez pleno de sosegada belleza como lo vio Pelegrín Clavé, el que está en medio de los talentos devastadores de Ramírez y Altamirano según la insidiosa mirada de Diego Rivera, el Juárez cruel que estrangula una tortuga según la visión lúdica e irreverente de Francisco de Toledo.
Aunque ningún hombre se atreve a decir todo sobre sí mismo, es una lástima que sus Apuntes para mis hijos se hayan detenido en 1857. De haberlos continuado, ¿lo comprenderíamos mejor? Lo dudo.
El texto, probablemente redactado antes de 1867 –pues se refiere en presente a Juan Álvarez, “patriota sincero y desinteresado”, quien muere en ese año, es pobre en introspección y análisis.
Bastaría preguntarse por qué deja en tinieblas ese periodo de un año y medio de exilio en Nueva Orleans. ¿O es que nada tenía que decir a sus hijos acerca de lo que vivió y observó?
Silencios, exageraciones –como aquella “repugnancia” precoz a la carrera eclesiástica–, pero sobre todo al acento puesto en el acontecer político, delatan a un personaje más atento al devenir de la patria que al de sí mismo.
¿Se miró alguna vez en el espejo no para mantener el decoro de su investidura sino para hurgar en los secretos del alma? ¿Alguna vez lloró de gozo de sólo imaginar el curso de los astros? ¿Bendijo sus mañanas, ese don acaso dilapidado por apremio de refinar el nuevo espectáculo del poder?
No puedo evitar compadecer a Juárez, al propio tiempo que admirarlo. Lo admiro como debe admirarlo cualquier mexicano bien nacido, por haber colocado los cimientos de ese Estado nacional laico que nos preserva, de una tolerancia que a todos permite construir libre y dignamente su vida.
Ni siquiera hay que ver en su liberalismo “la falla mayor” de excluir a los indígenas en su tradicional vivir y a los conservadores. Excluir no es la palabra, don Benito los combate, porque ambos se oponen a su idea de una nación moderna, fuerte y próspera.
En la famosa carta que dirige a Maximiliano, se refiere a sus orígenes, a esas “masas oscuras del pueblo” de donde había salido: oscuridad que quiere decir ignorancia, miseria, usos y costumbres que inhiben la libertad de la persona.
La mentalidad conservadora tanto de los indígenas como de los monarquistas y clerofílicos retardaban la modernidad. No lo culpemos por tales consideraciones.
Después de todo, ningún hombre puede rebasar ese absoluto que delimita su tiempo; salvo unos cuantos visionarios y críticos radicales a quienes la humanidad debe su progreso político y moral, nacemos, vivimos y morimos humillados bajo ciertas formas de entendimiento que a menudo la posteridad juzga alevosamente.
Cuántas veces no he leído a propósito del comunitarismo indígena que los liberales decimonónicos se equivocaron.
Con toda justificación indigna que un Bulnes haya afirmado, enfermo de racismo, que una de las debilidades del país se debía a la inferioridad de los indios, pero Juárez no pensó de esa manera.
Viéndose a sí mismo, en su enorme potencial, creía que “la ignorancia general de la clase indígena” podía ser destituida por la vía de la instrucción, que en ésta el indígena encontraría su redención histórica, como individuo claro está. Y con la misma convicción, estimaba que era “imposible moralmente hablando que la reacción triunfara”.
Juárez no era un visionario, pero sí el estadista que aspiraba a poner en la escena histórica los ideales más avanzados en su tiempo y circunstancia, lo cual no es poca cosa.
Las limitaciones del entendimiento acerca de un problema social no son errores; expresan solamente ese grado de comprensión que alcanzan los seres humanos reclusos en un tiempo dado.
¿Por qué pedir más a los liberales que, no obstante su diversidad, coincidían felizmente en la ruptura con un mundo de prejuicios, fanatismos, privilegios y abusos?
Abusos generados por la cultura hegemónica y también por la subalterna, por la Iglesia lo mismo que por las autoridades indígenas, tan opresivas la una como las otras.
Alejandro de Humboldt, en su Ensayo Político sobre el Reino de la Nueva España, puso en relevancia esa doble dominación: “…el alcalde indio ejerce su poder con una dureza tanto mayor, cuando está seguro de ser sostenido por el cura y el subdelegado español”.
La esclavitud a la que estaban sometidos los indígenas, desde tiempos inmemorables, había destruido su imaginación; incluso en las artes, en las cuales se mostraban tan hábiles, repetían cánones inmutables.
Pero Humboldt también confiaba en que esas aptitudes un día tomarían otro aliento de la mano de un gobierno regenerador.
¿No sería éste, el gobierno liberal, el que justamente encabezaba el hombre de Guelatao?
No se puede negar que ese gobierno regenerador percibió solamente un aspecto de la causa indígena y, en ese sentido, redujo el reclamo de la tenencia comunal de la tierra a una guerra de castas.
Reducción que es congruente con un ethos que, tácitamente, afirma la superioridad del Occidente burgués y sus conceptos sobre la propiedad privada.
De modo que incluso la aspiración juarista de redimir al indio no deja de parecernos, a la luz de los movimientos campesinos de la Revolución mexicana, como un planteamiento cultural afectado por un cierto colonialismo.
Pero aún dentro de esa limitación, los pasos dados en términos civilizatorios son enormes, no importa que haya habido de por medio la compasión de un De Las Casas o el desdén de un Sepúlveda, protagonistas de aquella famosa polémica del siglo XVI detrás de la cual hay un acuerdo esencial: la integración de los indígenas al cristianismo.
Concluyo. Tampoco hay que ver en Juárez un anticlerical, sino a un anticlericalista que se opuso a una equivocada voluntad de dominio: al separar Iglesia y Estado, restituyó a ambos poderes, religioso y político, su independencia recíproca. A la postre a ambos favoreció. Nada más ni nada menos.
Y lo compadezco porque, fiel a mi talante romanticista, comparto su sufrimiento, su exilio, su radical soledad, ya torciendo puros, ya abriendo caminos de la patria en mitad de un campo enzarzado, ya con el pecho llagado en el último intento de dar vida a su corazón moribundo; porque también quisiera estar seguro que ese héroe trágico que nos dejó tan altos legados de laicidad y tolerancia, conoció también los momentos perfectos que producen la dicha de vivir.





