Virginia Hernández Vázquez
Cada 2 de octubre, las calles se llenan de miles de jóvenes, pancartas y voces que se niegan a guardar silencio para recordar a quienes, hace 58 años, alzaron la voz y fueron reprimidos por hacerlo.
Han pasado casi seis décadas y las juventudes siguen teniendo mucho que decir sobre lo que pasa en México.
En 1968, miles de estudiantes marcharon para exigir libertades, diálogo y cambios en la vida pública del país. El 2 de octubre, una concentración en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, terminó en una de las represiones más graves de nuestra historia. Hubo muertos, heridos y detenidos.
Yo no viví ese movimiento y tampoco pretendo hablar en nombre de quienes lo hicieron. Pero cada año, este acontecimiento me hace reflexionar sobre el papel de las juventudes y cómo su participación ha sido clave para entender muchos de los cambios políticos y sociales que ha vivido México.
Hoy, nuestra voz sigue siendo necesaria. Vivimos un momento en el que se discuten leyes que han generado preocupación por sus posibles efectos sobre la libertad de expresión, incluso sobre algo tan cotidiano para nuestra generación como una parodia o un meme. Al mismo tiempo, miles de familias siguen buscando a una persona desaparecida, niñas, niños y jóvenes son víctimas de reclutamiento forzado y seguimos enfrentando muchas otras situaciones que no pueden dejarnos indiferentes.
Ante todo esto, las y los jóvenes tenemos el derecho y el deber de cuestionar y exigir justicia y libertad.
El movimiento estudiantil del 68 también nos recuerda a quienes nos antecedieron y a generaciones de jóvenes que durante décadas lucharon, y que incluso dieron su vida, por construir un mejor país.
Muchas de las libertades y herramientas que nuestra generación tiene para expresarse y participar fueron defendidas durante décadas por quienes estuvieron antes que nosotros. Ahora nos toca ejercerlas con responsabilidad.
También tenemos nuevas formas de participar. Marchamos, debatimos, hacemos videos, escribimos y opinamos sobre lo que pasa en nuestro país. Podemos pensar distinto, pero nunca deberíamos acostumbrarnos al silencio frente a aquello que nos preocupa.
La historia del movimiento estudiantil del 68 pertenece a quienes la construyeron. A nuestra generación le corresponde conocerla, honrar a quienes la hicieron posible, aprender de ella y seguir luchando.
Porque han cambiado las formas de expresarnos, pero la voz de las y los jóvenes sigue viva y México necesita escucharla.






