Las cosas siempre regresan. Las buenas y las otras también. El fútbol, ese espejo exagerado de la vida, no hace excepciones.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que las mofas de la afición madridista hacia Xavi Hernández eran el pan de cada domingo. El grito de “Xavi quédate” bajaba desde las gradas blancas con una mezcla de burla y placer comprensible: señalar cualquier resbalón del odiado rival siempre es un pequeño triunfo. Más aún cuando ese rival llevaba consigo la bendición, o la condena, de ser leyenda del club, canterano de La Masia, alguien de casa, cargando el peso inevitable de acercarse, aunque fuera de lejos, a la cruz que dejó en los aficionados madridistas Pep Guardiola.
Xavi, más frontal, más áspero incluso que Pep, tenía un riesgo adicional: si funcionaba como entrenador, el tormento para el rival y su afición sería doble e insoportable. De ahí el goce cuando la famosa “Xavineta” empezó a perder aceite, a desacelerar, hasta quedar detenida a la orilla de la carretera. Y aunque ahí sí hubo títulos en el camino, el “Xavi quédate” no se cantó, se gritó más fuerte, más burlón. Así es el fútbol. Así funciona la memoria corta cuando se gana y la ironía cuando no.
Pero la vida, y el fútbol, giran rápido. Y a veces lo hacen sin avisar.
Xabi Alonso, jugador exquisito, cerebro elegante del mediocampo blanco, aterrizó en el banquillo del Real Madrid con una expectativa acorde a su prestigio como futbolista y a lo mostrado como entrenador. Llegaba alguien de la casa. Se prometía un futuro sólido, estético, reconocible. La prensa sacaba pecho. La afición se adelantaba al tiempo. Y, siendo justos, había motivos: mientras Xavi recibió un equipo golpeado y en reconstrucción, Xabi heredó uno repleto de primeras espadas, incluido quien muchos consideran el mejor jugador del mundo, el francés Kylian Mbappé.
Pero la rueda volvió a girar.
El vestidor se tensó y los resultados, sin ser catastróficos, dejaron de ser suficientes. Y en el Madrid eso pesa más que en cualquier otro sitio. Porque su ADN no entiende de procesos largos ni de paciencia pedagógica: lo suyo es ganar. Ganar siempre. Ganar como sea. A costa de lo que sea. Y, aun así, presumirlo.
Hoy, con la ironía que sólo el fútbol sabe escribir, el grito podría estar del otro lado. Mismo tono, distinta camiseta. Una misma cancha. Dos entrenadores extraordinarios como jugadores. Dos rivales históricos. Un mismo nombre partido por una letra. Y un mismo eco flotando en el aire:
“Xab/vi quédate”.
Cuando era niño, mi padre solía decirme: “procura que tus palabras sean dulces, por si un día tienes que tragártelas”.
Porque al final, nada envejece peor que una burla… sobre todo cuando el tiempo, la vida y el balón, con su ironía habitual, deciden pasar factura.






