No todos los regresos son iguales. Algunos son silenciosos, casi tristes. Otros, impostados, forzados por el recuerdo o por la nostalgia. Pero hay regresos que parecen escritos por el destino, que tienen aroma de epílogo y prólogo a la vez, y que llegan con la fuerza de los cuentos que siempre supimos que terminarían así. El de Ángel Di María a Rosario Central es uno de ellos.
Porque no es lo mismo volver que regresar. Volver puede hacerlo cualquiera. Pero regresar implica traer consigo las cicatrices, los títulos, los goles, las finales y también las derrotas. Es cargar en la mochila la Copa del Mundo, Champions, Copas America y dejarlas con normalidad sobre la mesa como quien vuelve a casa con pan bajo el brazo. Es mirar a los ojos al niño que fuiste y decirle: “Lo logramos”. Es besar el escudo que te besó primero, antes que nadie.
El Ángel ha vuelto.
Y no es metáfora.
Regresa el zurdo que tejía gambetas en los potreros y en el Bernabéu, el que vendía carbón para ayudar en casa y que ha levantado orejonas, el que cruzaba el país en micro para jugar torneos y el que cruzo el océano para levantar una copa del Mundo, el que debutó en Central cuando era apenas una promesa flaca y sin tatuajes, el que una tarde se fue a Europa y no volvió… hasta ahora. Y por ello, Rosario no duerme. Arde. Canta.
Se alistan los trapos, se desempolvan camisetas con el 11 bordado y se pintan murales con alas. Porque no hay título más sagrado que volver al lugar donde uno empezó a soñar. Y Central, ese club tan pasional, tan de alma rota y de corazón rebelde, sabe que no todos los días regresa un hijo pródigo con la Copa del Mundo en los botines. Porque hay jugadores que marcan goles. Y hay otros que marcan época.
Ángel Di María no llega a retirarse. Llega a cerrar el círculo. A devolver con fútbol lo que Rosario le dio con amor. Llega para dejar algo más que asistencias o goles olímpicos: viene a dejar legado, identidad, orgullo. Viene a enseñar a sus pibes que a veces el viaje más largo es el que te lleva de vuelta a casa. Y ese es el más tierno, el más lindo.
Y el Gigante de Arroyito lo espera como se espera a los ídolos, como se espera a los milagros. Con cánticos, con banderas, con las gargantas rotas de tanto gritar su nombre. Porque cuando el hogar llama, el corazón responde. Y Di María escuchó el llamado, porque no hay lugar como el hogar.
El fútbol, como la vida, es un eterno viaje de ida. Pero los que saben jugarlo con el alma siempre encuentran el camino de vuelta.
Hoy Rosario tiene alas. Porque un Ángel ha vuelto.