De toda su larga perorata en el foro mundial de Davos, lo único rescatable de la presentación de Donald Trump ahí, es su compromiso a que su obsesión por anexarse Groenlandia a su mapa personal —de la misma manera en que hizo del Golfo de México el Golfo de América— será sin uso de la fuerza.
En su más reciente manifestación al respecto, Trump había afirmado que Groenlandia sería suya por las buenas o por las malas. Ayer le bajó de huevos al rompope y finalizó diciendo que si le querían regalar la isla —que él llamó un pedazo de hielo— eran bienvenidos. Y que si no, lo iba a recordar.
Una amenaza implícita a la Unión Europea de mayores aranceles a todo lo que le vendan a los norteamericanos, de quesos y vinos franceses a pistilos de azafrán español. Como dicen los gringos, un balazo en la pata, porque cuando se castiga a cualquier importación, en cualquier país, a cualquier producto, el que acaba pagándolo es el consumidor último.
Eso, por cierto, va a joder el creciente mercado de los automóviles chinos en México, que la señora presidenta con A de patria, dócilmente ante Washington cargó con un arancel que los encarece.
Pero el tema es Groenlandia. Se está planteando la quiebra del pacto del Atlántico Norte.
Más aún, el divorcio por conveniencia de los Estados Unidos y Europa. Lo uno y lo otro son consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y de la división del mundo que se hicieron las potencias.
En una amañada interpretación de la historia, Trump afirmó ayer que los Estados Unidos son acreedores de Dinamarca por haberla liberado de la ocupación nazi; por eso, le debe Groenlandia.
Es el argumento repetido de Trump, de que el mundo entero le debe a su país por haberlo financiado: pagando a la ONU, a la UNESCO, a la OTAN, o a cualquier instancia en la que su país haya invertido para conquistar corazones.






