Hay una cierta similitud entre el rumbo que está tomando la administración de los EUA en manos de Donald Trump, y lo sucedido en México durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador.
Donald Trump parece haber copiado la receta y con discursos arrogantes, bélicos, y conflictos provocados por él mismo, mantiene a la opinión pública atenta a sus ocurrencias mientras desmantela la administración y genera animosidades en la comunidad internacional. Toda proporción guardada, pues no es lo mismo cancelar la construcción de un aeropuerto, cerrar guarderías, cancelar el seguro popular y destrozar el sistema de salud mexicano, que abolir el derecho a la nacionalidad por nacimiento; retirar a su país de la Organización Mundial de la Salud; del Acuerdo de Paris para combatir el cambio climático, o la cancelación de la Agencia USAID que operaba en más de 100 países; cambiar las políticas sobre diversidad e inclusión y migratorias. Hay coincidencia en la eliminación de estructuras burocráticas que interfieran en sus propósitos, en la colonización de instituciones democráticas y de justicia y en el menosprecio de normas y resoluciones judiciales que no convengan a su interés. En ambos casos, el producto de sus acciones genera incertidumbre y altera la vida económica de sus naciones.
En los dos, el discurso maniqueo, la generación de facciones dentro de las sociedades, ha sido el instrumento para consolidar bases electorales y con ellas, la plataforma para inducir y generar cambios en la estructura democrática y en la vida política. La diferencia estriba en que en el caso de López Obrador se fortalecen los programas sociales, aunque sea con propósitos electorales, mientras que en el esquema de Donald Trump, estos se debilitan. Otra diferencia o similitud, según se vea, es que en EU la oligarquía económica está ocupando el poder, en tanto, en México surge una nueva clase política, arrogante y soberbia, mientras la oligarquía privilegia sus utilidades cortejando a los usufructuarios del poder.
Sea por abulia, desinterés, o convicción de mayorías, la aceptación de sus decisiones ha cambiado nuestra realidad y no precisamente para bien.
En ambos casos, la sociedad les ha dado la ocasión para continuar lo iniciado. En el caso de México con una sucesora, discípula fiel y obediente, y en el caso del vecino país con una segunda y última oportunidad.
Las señales de lo que viene en ninguno de los dos casos son alentadoras. Ambas carecen de una definición política que no parezca ocurrencia. Decisiones basadas en prejuicios y conceptos que no llegan a configurar una política de estado coherente. No se entiende como puede pretender Trump el fortalecimiento económico de su país debilitando y atacando a sus socios y vecinos, conflictuandose con sus aliados en el resto del mundo. Como tampoco se entiende por este lado que se insista en sostener una política social onerosa, sin crecimiento que la soporte. Hay discordancia entre las definiciones ideológicas y la realidad, que impone su pragmatismo.
La similitud de sus acciones deriva sin duda de las convicciones personales de los dos presidentes y muy en especial de lo superlativo de sus egos. Por lo demás, las condiciones de cada país son abismalmente diferentes, lo que obliga al nuestro a supeditarse a las disposiciones del otro.
Entre otras similitudes y diferencias hay que señalar que el gobierno norteamericano tiene problemas con su gasto y el ingreso no le es suficiente. México también. La economía estadounidense crece poco y su batalla con la inflación no ha podido ganarla; México no crece, la inflación persiste, la inversión privada no llega y la pública es escasa y mal dirigida. Pese al embate que en estos primeros meses han sufrido las instituciones y el gobierno estadounidense, la fortaleza de sus instituciones, de justicia especialmente, oponen la resistencia necesaria para ser un contrapeso. En México, las instituciones han sido desaparecidas o colonizadas y el último reducto, el poder judicial está siendo liquidado.
En ese aspecto tal vez fue más exitoso López Obrador que lo que pueda ser Donald Trump sin embargo, ninguno de los dos ha concluido con sus empeños. Uno ejerce el poder abiertamente, el otro lo hace soterradamente. Uno se apoya en las cúpulas económicas, el otro las desprecia pero se aprovecha de sus temores, uno para cambiar el gobierno, el otro para que no se le opongan. Uno espera que su nueva corte de multimillonarios lo apoye para seguir con los cambios, mientras el otro espera que la amalgama de intereses políticos que forma su movimiento no implosione.
Tan distintos y tan iguales, los gobiernos de los dos países están reescribiendo la historia con una diferencia enorme. Uno es más rico y más grande, pierde menos si falla; el otro se juega su subsistencia como país democrático y libre.