A cien años de su nacimiento, el poeta chiapaneco Jaime Sabines es recordado como una de las voces más vigentes y cercanas de la literatura mexicana, cuya obra sigue convocando lecturas, escenas y reflexiones en torno a la vida cotidiana. La conmemoración de su centenario ha motivado una amplia agenda cultural impulsada por la Secretaría de Cultura del Gobierno de México.
Entre las actividades destacan un homenaje nacional en el Palacio de Bellas Artes, una puesta en escena en el Centro Cultural Helénico, así como programas especiales en Radio Educación y Canal Veintidós. A ello se suman contenidos digitales y archivos sonoros que buscan mantener viva su voz en la vida cultural del país.
Jaime Sabines Gutiérrez nació el 25 de marzo de 1926 en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en el seno de una familia de raíces diversas. Fue el menor de tres hermanos y creció bajo la influencia de un entorno familiar que marcaría profundamente su sensibilidad.
Su padre, Julio Sabines, inmigrante de origen libanés, participó en el Ejército Constitucionalista durante la Revolución Mexicana, mientras que su madre, Luz Gutiérrez, provenía de una familia chiapaneca tradicional. De ambos heredó elementos clave: la narración oral, la espiritualidad y el amor por la palabra.
El propio Sabines describió su infancia como “normal”, marcada por la escuela y los juegos de la época, como las canicas y los trompos. Sin embargo, también evocó a un niño particularmente sensible, propenso al llanto y a la introspección.
Las noches familiares estaban llenas de relatos. Su padre le contaba historias de Las mil y una noches y pasajes de la Biblia, mientras que su madre fomentó su cercanía con la poesía, convirtiéndolo desde pequeño en un destacado declamador.
Su primer acercamiento formal a la literatura llegó en la adolescencia, cuando ganó un concurso a los 16 años con un poema escrito por su hermano. Este hecho despertó su interés por la escritura, lo que lo llevó a comenzar a publicar sus propios textos en el periódico escolar en Tuxtla Gutiérrez.
En 1945 se trasladó a la Ciudad de México para estudiar Medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México, pero tres años después abandonó la carrera para dedicarse a la Lengua y Literatura Castellana, etapa en la que comenzó a consolidarse su vocación poética.
Durante ese periodo, Sabines leyó a autores fundamentales como Pablo Neruda, Federico García Lorca y César Vallejo, además de establecer vínculos con escritores como Rosario Castellanos, Juan Rulfo y Ricardo Garibay.
Su primer libro, Horal (1950), marcó el inicio de una obra profundamente ligada a la experiencia humana. En él aparece “Los amorosos”, uno de sus poemas más emblemáticos, donde se perfilan los temas que lo acompañarían toda su vida: el amor, la soledad, la muerte y la condición humana.
Sabines se definía como un “escribano de la vida” y concebía la poesía como un contacto directo con la verdad del hombre. Su estilo, alejado de formalismos, se caracterizó por un lenguaje claro, emocional y profundamente cercano.
A diferencia de la imagen tradicional del poeta, desarrolló un método singular de escritura: solía escribir acostado, dejando que el poema se formara primero en su mente antes de pasar al papel, lo que daba como resultado textos con pocas correcciones visibles.
Tras la publicación de La señal (1951), regresó a Chiapas y trabajó en la tienda familiar. Fue en ese periodo cuando escribió Tarumba (1956), considerada una de las obras más importantes de la poesía mexicana y latinoamericana.
A lo largo de su trayectoria publicó libros como Yuria (1967), Maltiempo (1972) y Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973), este último inspirado en la enfermedad y muerte de su padre, y considerado uno de los textos más intensos de su obra.
Además de su labor literaria, incursionó en la vida pública. Fue electo diputado federal en 1976 y reelecto en 1988, año en que presidió la Comisión de Cultura en un momento clave para la institucionalización de la política cultural en México.
En el ámbito artístico, también tuvo una participación destacada en el cine con la película La fórmula secreta (1964), dirigida por Rubén Gámez, en la que dio voz a un texto de Juan Rulfo dentro de una propuesta experimental.
Su relación con los lectores fue uno de los rasgos más distintivos de su carrera. Sus lecturas en voz alta se convirtieron en eventos multitudinarios, como el recital ofrecido en el Palacio de Bellas Artes en 1996, donde el público abarrotó el recinto para escucharlo.
Incluso en sus últimos años, marcados por la enfermedad, mantuvo ese vínculo cercano. En 1997, se presentó en silla de ruedas en la Sala Nezahualcóyotl ante una audiencia mayoritariamente joven que acudió a escucharlo.
Jaime Sabines falleció el 19 de marzo de 1999 en la Ciudad de México, a los 72 años, tras una larga enfermedad. Por voluntad propia, no se le rindió homenaje de cuerpo presente y fue sepultado en una ceremonia íntima.
A cien años de su nacimiento, su obra continúa circulando con fuerza entre nuevas generaciones. Las actividades conmemorativas y la difusión de su legado confirman que su poesía, sencilla y profunda, sigue siendo una de las más vivas en el panorama cultural mexicano.





