Veo en librerías, nuevamente, “Y la fiesta siguió. La vida cultural en el París ocupado por los nazis”, obra de Alan Riding que desde hace unos años aparece bajo el sello de Galaxia Gutenberg, pero que originalmente apareció en español editada por Crítica (2012). Esto le brinda una segunda oportunidad a uno de los textos más polémicos y singulares del periodista británico con quien los lectores de nuestro país están más familiarizados por su libro “Vecinos distantes: un retrato de los mexicanos”, publicado a mediados de los años 80, un momento para México de enormes cambios sociales, crisis económica y grandes tensiones con EU.
En “Y la fiesta siguió”, Riding plantea y documenta a su modo la escasa resistencia y el colaboracionismo con los nazis después de la caída de París en 1940. Los que siguieron fueron, según el autor, cuatro años en los que Francia, sin haber sacrificado “hasta el último hombre” para resistir el avance de las tropas alemanas, tomó la ruta del entreguismo y la sumisión con el enemigo. Sin embargo, hay en la tesis de Riding una discutible generalización que termina por asfixiar diversos matices y contrapuntos que, con justicia, el caso francés merece que se tengan en cuenta.
El más importante tiene que ver, desde luego, con la resistencia misma, ese movimiento civil y armado que cotidianamente, desde las sombras de la clandestinidad y con enorme heroísmo, se interpuso en los planes del nazismo y abrió la puerta no sólo a la liberación de París en 1944, sino de toda Europa. Los preparativos del Día D no se explican ni tampoco se hubieran concretado sin la vasta red de informantes y las actividades de sabotaje preparadas por la resistencia francesa.
No obstante, es indiscutible que la selección de hechos y personajes mediante los cuales Riding demuestra sus conclusiones resulta inmensa y apabullante. El autor se sumergió en cientos de documentos, diarios, cartas, crónicas y testimonios diversos que amparan en buena medida su tesis. Desde las bailarinas del Moulin Rouge hasta buena parte de la intelectualidad, pasando por otros sectores de la vida cultural y política, nuestro autor demuestra que lejos de mostrarse reacios ante el invasor fueron en el mejor de los casos indiferentes, pero otras veces amables, simpáticos y hasta colaborativos.
Las imágenes previas que los lectores pueden tener de pesonajes como Sartre, Miterrand o Aragon varían considerablemente con los datos incómodos que recupera Riding (un Sartre, por ejemplo, que luego de estar en prisión luce esencialmente despreocupado y que justifica en alguna medida no luchar para defender una Francia sin democracia en la que “reinaba el desorden más absoluto”), pero al mismo tiempo el autor consigue una mirada menos maniquea de aquellos escritores que, como Drieu La Rochelle o Céline, se alinearon abiertamente con los invasores y los aplaudieron hasta el final.
Por supuesto, Riding no podía dejar de considerar que, “sin embargo, hubo un oficial francés de alta graduación que se mostró desafiante. En cuanto Pétain [el militar traidor que pacta con los alemanes la división de Francia y la creación del régimen de Vichy, que él encabezaría] se dirigió a la nación, De Gaulle huyó a Londres. Al día siguiente emitió un conmovedor mensaje a través de la BBC en el que animaba a los franceses a no perder la esperanza y les decía que la derrota no era definitiva y que Francia no estaba sola”.
Así como toda reedición supone la revitalización de una obra, así también el contexto en que reaparece obliga muchas veces a discutir bajo otra luz sus argumentos centrales. El libro de Reading en este sentido vuelve a ser muy importante, porque de un modo u otro –lo mismo documentando el colaboracionismo que mostrando la activa y hasta heróica oposición de los franceses a la ocupación nazi– pone de nuevo sobre la mesa la idea de la resistencia.
Hoy, cuando en la mayor parte del planeta la convocatoria a resistir es más que nunca pertinente, vale la pena reacercarnos a la historia de la ocupación alemana de Francia. Y como digo, incluso sin proponérselo, el valioso texto de Riding revalora esta necesidad y nos recuerda que ser libres es antes que nada un acto de resistencia.
@ArielGonzlez
FB: Ariel González Jiménez






