Con la muerte de José Palomo Fuentes el humorismo gráfico pierde a uno de sus más lúcidos, finos y profundos exponentes. Su tira “El Cuarto Reich” fue durante mucho tiempo uno de las grandes referentes de la caricatura política en Latinoamérica y el mundo. Nos divertía y nos ponía a pensar en cómo las cosas más elementales, como la libertad de expresión, se podían perder.
Él lo sabía perfectamente porque venía de Chile, una nación que sufrió uno de los golpes de Estado más traumáticos de América. Viniendo de una experiencia como esta, Palomo podía distinguir con toda claridad lo que era una dictadura, sobre todo porque a una parte de izquierda esta palabra la tenía muy a la mano, las más de las veces sin calibrar su significado.
Con su tira “El Cuarto Reich” Palomo enseñaba, por oposición, lo que eran las libertades y la democracia, justamente aquello que no estaba permitido por los represores, ignaros y brutales, de su caricatura-dictadura; es decir, lo que había que defender: las libertades y derchos que buena parte de la región perdió muchas veces, especialmente en los años 60 y 70, para volverlas a perder al final del siglo a manos, quién lo hubiera dicho, de una izquierda que se convirtió, en países como Nicaragua, Cuba o Venezuela, en la mímesis de los gorilatos.
En una entrevista de Lautaro Ortiz para el diario argentino Página/12, Palomo hacía las siguientes consideraciones sobre un tema en absoluto menor, la relación entre humor y democracia:
“Al contrario de los índices y promedios, el humor es un democrático catalizador de contenidos, que permea la sociedad de arriba a abajo y por los cuatro costados. Trabaja con datos reales, palpables, asumibles por todos. El humor no miente, da información confiable, siempre (…) Como dijo Casimiro Casipienso, filósofo amigo: «El humor es el sentido común en plan de joda». Y Mordillo [el famoso caricaturista argentino] agrega: «El humor es el oxígeno de la democracia»”.
Los dictadores y, en general, los políticos autoritarios, tienen la piel muy delgada frente al humor. Le temen y los desquicia porque, enfermos de poder, quisieran que todos asumieran que lo que hacen (por “la patria”, supuestamente) es “demasiado serio”. Entonces la crítica más ácida, la del humor, los perturba y hace que asome de inmediato la bestia autoritaria que llevan en su interior.
Muchos políticos confían en las estadísticas de su popularidad, pero una buena caricatura siempre los confronta con la realidad que menciona Palomo, con ese sentido común que es capaz de desnudar al poder con carcajadas. Y el verdadero humor, cuando se ocupa de la vida política, no puede tampoco ser forzado, porque eso lo hace maniqueo, falso; el caricaturista por encargo siempre se delata, su mediocridad se antepone y sólo hace reír, si acaso, a los partidarios de a quienes sirve.
Palomo hacía reír a todos porque la inteligencia de su humor estaba por encima de partidismos y no conocía la propaganda (que siempre es solemne y ridícula cuando intenta ser graciosa). No digo que no tuviera preferencias ideológicas, pero no las convirtió en un corset para su trabajo.
Desde luego, Palomo reivindicaba para el caricaturista una suerte de responsabilidad (algo que quizás otros de su oficio creen, torpemente, innecesario). En la entrevista citada lo dice con toda claridad:
“Pienso que hay que leer mucho, informarse, sobre todo para el dibujo de opinión, el que va en las páginas editoriales, ese tipo de dibujo debe ser irreprochable. Un profesor una vez nos dijo en la academia que nosotros no estábamos allí para aprender a dibujar sino para aprender a ver. Eso lo uno a Samuel Beckett cuando dijo «Mal visto, mal dicho»”.
Pero hay también un Palomo que disfruta de las letras. Es el caricaturista-escritor que mejor ha penetrado en el mundillo, las preocupaciones, la farsa (que también la hay) y todo cuanto rodea a la creación literaria. Lo constata plenamente su obra “Literatos”, un volumen para reír, pensar y problematizar (no sé si en ese orden) sobre el arte de la escritura.
Este libro es una mezcla deliciosa de cartones y citas, muchas citas, que dan cuenta de la enorme inquietud –y gratitud– que tenía Palomo hacia los grandes libros y sus autores. No hay asunto que no esté presente en sus divertidas páginas, lo mismo la envidia que la inspiración, la brevedad o la superficialidad, el fracaso o el éxito, pero siempre poniendo en el centro el humor, aunque sea negro, que es el más cáustico.
Seguiremos viendo y leyendo al gran Palomo mientras podamos. Porque, como decía Casimiro Casipienso, su alter ego filosófico, “tomarse la vida en serio es… no tomársela”.
@ArielGonzlez FB: Ariel González Jiménez





