Tenía 68 años.
Hoy su hijo lo enterró en Rosario.
Y por primera vez en mucho tiempo resulta absolutamente irrelevante cuántos Balones de Oro tiene Lionel Messi.
Porque hoy no es el mejor futbolista que hemos visto.
Hoy es simplemente un hijo.
Un hijo de 39 años despidiendo a su padre.
Y eso nos iguala a todos.
Con frecuencia recuerdo al mío.
Lo extraño.
Y algunas veces me dan ganas de llorar.
Pero he descubierto algo extraño con los años: no lloro porque me haga falta.
Mi vida siguió.
Aprendí a caminar sin él. A tomar decisiones sin preguntarle. A celebrar cosas que ya no pude contarle. A sentarme en lugares donde alguna vez estuvo y aceptar lentamente que su silla permanecería vacía.
No lloro porque me haga falta.
Lloro porque merecía vivir más vida.
Más domingos.
Más comidas.
Más conversaciones insignificantes.
Más partidos.
Más tiempo.
Eso es lo verdaderamente doloroso de perder a un padre.
No solamente todo lo que nosotros dejamos de vivir con ellos.
También todo lo que ellos dejaron de vivir.
Los padres pasan buena parte de nuestra infancia caminando delante de nosotros.
Nos enseñan por dónde.
Después, casi sin darnos cuenta, comenzamos a caminar a su lado.
Y un día ocurre lo inevitable:
tenemos que seguir caminando solos.
Messi ha vencido defensas imposibles.
Ha encontrado espacios donde no existían.
Ha engañado porteros, centrales y hasta al tiempo durante más de veinte años.
Pero existen partidos que ni siquiera Messi puede ganar.
Porque al tiempo no se le puede tirar un caño.
A la enfermedad no se la puede gambetear.
Y contra la muerte no existe tiempo añadido.
Por eso hoy importan tan poco las estadísticas.
Hoy no hay GOAT.
No hay Argentina.
No hay Barcelona.
No hay Inter Miami.
No hay Mundial.
Hay un cementerio en Rosario.
Hay una familia.
Y hay un hombre de 39 años despidiendo al hombre que alguna vez tomó de la mano a un niño y decidió creer que aquel pequeño podía llegar hasta donde nadie había llegado. Él era el único que ya creía en él.
El mundo seguirá discutiendo sobre Messi.
Mañana algun imbecil volverá a inventar una conspiración.
Alguien tonto discutirá un penalti.
Otro contará sus goles.
Otro dirá que Maradona.
Otro idiota dirá que Cristiano.
Qué pequeña puede ser a veces nuestra conversación sobre el futbol.
Porque mientras nosotros discutíamos quién era el mejor jugador de la historia, Messi estaba aprendiendo algo que millones de hijos hemos aprendido antes:
que llega un día en que cambiaríamos cualquier victoria por una tarde más.
Una comida más.
Una llamada más.
Un partido cualquiera sentado junto a papá.
Y entonces uno comprende que quizá la vida nunca consistió en ganar todos los partidos.
Consistía en saber quién estaba en la tribuna mientras los jugábamos.
Yo todavía pienso en mi padre.
Y sí, algunas veces lloro.
No porque me haga falta.
Lloro porque merecía vivir más vida.








