Rodrigo Fernández Rojas, estudiante de Ingeniería de Software de la Universidad Autónoma de Querétaro y líder del equipo Troyan Robotics, comparte lo que significa preparar el corazón y la mente para competir en robótica autónoma a nivel mundial.
Estábamos en el Centro de Exposiciones EXCO, en Daegu, Corea del Sur. A nuestro alrededor, equipos de diferentes partes del mundo ajustaban sus sistemas. En nuestra mesa de trabajo, nosotros hacíamos exactamente lo mismo. El aire se sentía pesado; era esa tensión única que te abraza cuando sabes que meses de desvelos y sacrificios están a punto de someterse a un veredicto que no acepta excusas.
Ser parte de Troyan Robotics significa tomar una decisión que pesa y recompensa cada semana: elegir el laboratorio en lugar del descanso, elegir el esfuerzo constante por encima de la comodidad, elegir lo que nos hace fuertes juntos en lugar del aplauso para uno solo. No somos solo un club universitario. Somos un pacto de trabajo duro que nosotros mismos decidimos crear, porque teníamos claro que nadie más lo iba a hacer por nosotros.
Llegar a ese escenario en Corea no fue un salto de suerte; fue una suma de pequeñas victorias y tropiezos diarios. Todo empezó semanas antes, en decisiones silenciosas que nadie retrata y que ningún trofeo muestra: qué camino de software tomar, qué prueba dejar atrás cuando el tiempo nos asfixiaba, o cómo abrazar la presión para mantener unido a un equipo sin perder la cabeza.
Lo que pasa en los meses antes de cruzar el mundo para competir casi nunca se ve. No hay un momento mágico ni una solución brillante que cae del cielo. Hay realidad pura: decisiones que tomamos, probamos y desechamos. Diseños que se veían perfectos en papel y se rompen al tocar la pista. Algoritmos que hacen locuras cuando cambian las condiciones. Pero cada uno de esos errores no fue un paso atrás. Fue una lección invaluable. Aprender a ver el error no como una derrota que te quiebra, sino como una brújula que te guía, es quizás la prueba más humana y difícil que superamos como ingenieros.
Construir un vehículo que se maneja solo es como armar un efecto dominó. Si una pieza mecánica tiembla, el sensor lee mal y el software termina tomando la decisión equivocada. Por eso, el verdadero reto no es solo conectar cables, es alinear el esfuerzo de todos. La tranquilidad de saber que tu compañero fue tan riguroso con su parte como tú con la tuya, no nace de un día para otro. Se forja repitiendo la prueba una vez más y teniendo la humildad de aceptar cuando nuestro propio trabajo necesita correcciones.
Todo este proceso dio resultados concretos en la FIRA RoboWorld Cup 2025. Ganamos el Teleop United Challenge, una prueba que nos exigió coordinar sistemas de distintas naturalezas en una misión conjunta bajo presión real. No ganamos por tener más recursos. Ganamos porque meses de disciplina colectiva nos dieron la capacidad de adaptarnos rápido justo cuando más se necesitaba.
En Troyan Robotics no competimos solo por ganar una medalla o buscar reflectores. Competimos para ser un grito de certeza: la prueba viva de que, desde nuestra universidad y con lo que tenemos a la mano, somos capaces de crear tecnología que mire a los ojos al resto del mundo. El camino hacia nuestro próximo reto ya empezó. Cada línea de código, cada nuevo esfuerzo y cada decisión que tomamos hoy nos recuerda que los torneos terminan, pero nosotros seguimos construyendo.
Rodrigo Fernández Rojas, estudiante de Ingeniería de Software de la Facultad de Informática (FIF) de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ).





